¡Buenos días! «La gente fría se pierde muchas cosas», me dijo una vez Cayetana, Cayetana de Alba y de Sevilla, no hubo otra y nunca habrá confusión posible para una personalidad incomparable. Yo estuve de acuerdo, completamente de acuerdo, porque la gente fría me ha parecido siempre la que lleva en sus bolsillos la más inútil calderilla de la vida, la que no se entera de nada grande y por lo que merece la pena vivir y hasta morir. Vivir es un arte como otro cualquiera y la Duquesa supo sentirlo como pocos saben dejarlo correr por sus venas. Ella se erigió imbatible para los asombros y maledicencias ajenas y, cómo no, para el amor. Yo y mi mujer (la cito con frecuencia porque afortunadamente mi vida es en plural) procuramos tener cerca el menor tiempo posible a la gente fría, que es como reunirnos con chinos sin entender su idioma y tampoco ellos el nuestro. La gente fría quizás no tenga culpa ni de serlo, lo llevan en su naturaleza, es una manera más de nacer con malformaciones. Sin embargo, es conveniente tenerla lejos, pues es como los tubos de escape: aunque te pillen de paso, contaminan. ¡Feliz domingo!





