¡Buenos días! Hoy hago «una pará en el camino, una guitarra y un cante» por los recuerdos del íntimo amigo al que en esa intimidad me lo arrebató su fama. Nos conocimos cuando él ni siquiera imaginaba ser cantante, pero cantaba. Lo único que perseguía en aquellos principios de los ochenta era ser profesor de Educación Física. Y estando yo por entonces viviendo en Madrid más que en Sevilla, me pidió que le mirase las notas de su examen en la INEF. Lo habían suspendido. Creo que desde aquel día empezó a buscar más que nunca los caminos de su corazón de artista, a exiliarse de los territorios y costumbres sin aire de la gente normal (algo que siempre nos unió), y a explorar un extraño destino de poeta solitario en el que te entienden muy pocos. Mil veces nos reunimos en mi casa y me cantaba sevillanas sin pretensiones de estrellato, como si fuera la cosa más natural del mundo, como si cantar fuese lo mismo que hablar. Yo siempre he sabido ver de lejos que llegaba un artista… o que no llegaba por más que me lo celebraran. Y le decía: «Tienes una voz de esas que si escuchara el público sabría identificarla. Y si yo tuviera el dinero necesario, te metería en un estudio y me haría una cinta tuya». Se llamaba -y se llama- José Manuel Soto, ha compuesto algunas de las cosas más hermosas sobre el Rocío, y cuando sacó su primer disco le llamé por teléfono para felicitarlo, y le dije: «Me he salido con la mía sin poner un duro». ¡Feliz Viernes!





