
¡Buenos días! Venían a caer ayer los pies del Cachorro sobre la Virgen del Rocío que en Semana Santa va en la calle del palio de Patrocinio, la señorita de Triana. Se podían ver juntos el dolor y el gozo de la vida, mientras las hermandades de la Macarena y Triana se despedían del Dios imponente de la calle Castilla, antes de emprender definitivamente sus caminos hacia el Aljarafe con los más grandes sueños y las mayores esperanzas puestos en llegar a la aldea y encontrarse con Ella. Los pies ensangrentados del Cachorro tras la amable imagen de la Blanca Paloma parecían todo un tratado de la vida y cuanto la compone, de su cara y de su cruz, de sus alegrías y de sus penas. Mientras toda Triana era júbilo en adioses despidiendo a las carretas, que en la mañana luminosa de mayo se iban esta vez, al contrario que en las sevillanas, por el camino de ida y no de vuelta, mientras tanto, sobre el mismísimo altar donde Dios expira, parecía quedar abierto un evangelio apócrifo y sabio de Triana por la página y los versículos donde entender tantos y profundos anhelos del Rocío. Entre los pies crucificados del Cachorro y el breve sagrario de su Madre con el pastorcito divino, estaba escrito todo lo que somos y todo lo que esperamos ser. Todo lo difícil de vivir, pero también toda la grandeza y la fe que vivir conlleva. Palabra de Dios en Triana. ¡Feliz jueves!





