
¡Buenos días! Gloria Fuertes se resistía a mi ilusión de que incorporase su voz a la grabación del poema «Oración», que yo cantaría a partir de su recitado como introducción. El problema, como tantas veces en esta vida, era el dinero. Estaba en desacuerdo con la cantidad que yo podía ofrecerle. No es que fuera una pesetera, ¡Dios me libre de tomarlo así! Es que ella era consciente de su propia relevancia como poetisa. Y tan consciente como ella, lo era yo, pues sabía con quien me la jugaba:
– «Es que yo no puedo hacer eso si me pagas tan poco», argumentaba la autora.
– «Pero es que no dispongo de un mayor importe», le respondía yo.
Después de unos cuantos más «yo quiero» y «yo no puedo» entre ambos, la conversación llegó a un punto tal como para ir asumiendo que mis deseos no se cumplirían por el mero camino de mis emociones. Sin embargo, de pronto y en medio de la contienda telefónica, Gloria me espetó una frase para la que tuve los reflejos dialécticos necesarios que lograron nuestro acuerdo:
-Pero es que yo soy Gloria Fuertes.
Y me lo puso en bandeja. Como un resorte saqué mi genio, ese que quizás se muera cuatro o cinco horas después de mí:
-¿Me vas a decir a mí que eres Gloria Fuertes? ¿A mí precisamente, con lo mucho que te admiro desde hace años? ¿A mí, que soy quien ha cantado tu poema en no sé ya cuántos sitios, teatros, iglesias, hasta delante del arzobispo de Sevilla?
Y en ese punto aceptó, al verme profundamente convencido de su categoría literaria, mucho más grande que mis humildes finanzas.
¡Feliz jueves!





