¡Buenas tardes! El Pregón de José Antonio Rodríguez ha sido el testimonio evangélico de que de la abundancia del corazón habla la boca. Así se ha proclamado el Pregón de esta mañana ya ocurrida en los gozos de las vísperas de Sevilla ante la llegada de una nueva Semana Santa. Pero es un Pregón que se echará a andar por el futuro, que tomará los caminos íntimos (ya sin el amplio espacio teatral del Maestranza) hacia la habitación reducida de nuestros mejores silencios y tranquilidades, las recoletas plazas y los rincones pacíficos ajenos a lo triunfal, allá lejos de los continuos aplausos de hoy, ya desembocados en el extrarradio de la magnificencia. De la abundancia del corazón habla la boca y José Antonio se ha dejado la sangre entre latidos de una sinceridad llena de hermosura humana. Este día no basta para haberlo seguido y escuchado con atención. No es suficiente de una sola vez. Nadie es perfecto, pero si la perfección no es más que una larga intención de la existencia, al menos sí está en nuestras manos la posibilidad de lo auténtico, la generosidad de una dación verdadera, sin rodeos, de frente, trayendo los ojos mirando a los nuestros, sin esquivarnos la mirada, eso que sólo puede hacer quien no miente. Mañana, José Antonio, mañana y muchos años más, seguirás pronunciando este Pregón superando los límites del escenario, ya a media luz, oculto y privado por las secretas rutas de nuestro aprendizaje sobre esta grandeza inconmensurable llamada Sevilla. Gracias, Pregonero. Lo tuyo no se ha acabado. Ahora empieza el tiempo de eso que llamamos mucha pana que cortar.





