¡Buenas tardes! A propósito y con toda mi intención he querido darles hoy el cambiazo a mis deseos mañaneros por estos vespertinos. Ha sido premeditado esperando hacerlo a estas horas en las que ya tengo en mis manos la carta que me faltaba, la de una tarde de vientos y lluvias, para enviarle mi enhorabuena al Ateneo. Por trasladar de un día a otro la salida de la Cabalgata, del 5 al 4, ha tenido que aguantar el chaparrón del Sanedrín siempre al acecho e implacable de esta ciudad, que lo es de la gracia, pero también de la guasa. ¡Anda que no tiene guasa Sevilla, disimulada tantas veces gracias a las páginas amorosas de los líricos y románticos que la contamos! Enhorabuena al Ateneo (y seguramente también al Ayuntamiento) por haber entendido ante los pronósticos de una infalible inclemencia del tiempo, que la mejor tradición es proteger a la infancia. Enhorabuena al Ateneo porque los Reyes Magos no le han traído carbón, como dictó quien se piensa que distribuye la justicia, que es creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible de Sevilla. También se supone dirigiendo una de las tribunas venida a menos, que ya no es lo que fue, que no genera opinión ni decisión. Y por lo visto, tampoco tradición. La voz del «caballero» de la triste figura quedó ayer ahogada e ignorada entre el clamor de niños y mayores al paso de una Cabalgata multitudinaria como pocas y feliz al paso de las carrozas. ¡Ah! Le recomiendo manejar con exactitud el significado de las palabras, porque el Ateneo ayer no rompió una tradición de más de cien años, simplemente la suspendió. Y tampoco defina como la lluvia que hubiera deseado, los chuzos que no cayeron, lo que sólo fue una mínima llovizna. Todo salió como un maravilloso Mar Rojo separando sus aguas para salvar esa época irrepetible e inaplazable de la niñez.
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