¡Buenas tardes! Llevo unos días como para llegar a tiempo a sus despertares… Y encima hablaré de noches. Sí, de noches. El comienzo del otoño va sirviendo las primeras sopas. Y el olor de las sopas es como el gran ambientador de los hogares, una especie de pulverizador de aromas y sabores de todo tipo que invitan al recogimiento y a la intimidad familiar en torno a las mesas. No hay nada de aquí en adelante como un buen caldo caliente de esos que te hacen sentir lo de que como en casa en ninguna parte. Dejo los restaurantes para los turistas y buscadores de buenas e interesantes compañías. Cuando en tu propio comedor ya lo tienes todo, la calle está de más. Pocas cosas habrá como el humo de las sopas para hacerme sentir confortable la vida. Las sopas dan paz. También me recuerdan siempre al soniquete amable con el que marcaron mi infancia desde los anuncios en blanco y negro del doble caldo Starlux, el de Gallina Blanca y las pastillas del Avecrem. Y fuera de las sopas diría que se quedan todas las noches las prisas del día, el estrés de las horas, la vorágine de las noticias, la agitación de la dura actualidad… ¡Feliz miércoles!





