Buenas noches. Permitidme que por hoy sean mis deseos los de unas buenas noches para todos, ahora que está al caer la hora de muchos descansos, de tantos quehaceres de cada uno, de muchas ansiedades, también las buenas noches de muchos enfermos, mis buenas noches para tantas circunstancias humanas. Quisiera empezar como en aquella lejana crónica de 1956 en la radio sevillana, cuando Manuel Barrios contaba el Pregón de la Semana del poeta de la Virgen, Antonio Rodríguez Buzón: «¡Hoy ha sido un día de gloria para Sevilla!». Mi madre solía reconocer cuánto valen las manos de los cirujanos, pidiendo a Dios que se las moviera. La recuerdo de manera muy especial, dándole toda la razón, porque todos hemos visto, en esta gozosa fiesta de la Inmaculada, que ha sido Dios el que ha conducido las manos del doctor Pedro Manzano por cada camino necesario e imprescindible para regresar al mejor lugar de origen de la Esperanza. Cuando él abandonaba esta mañana la Basílica, el aplauso de una multitud de personas ha sido de un atronador agradecimiento. Nos ha devuelto uno de los sagrarios de Dios en la Tierra, porque Ella guarda siempre el fruto bendito de su vientre, Jesús. Gracias, Pedro Manzano, por haber entendido a la perfección que a la Macarena la necesitamos para vivir y para morir.





