A diferencia de los diputados y cargos públicos del PSOE (aferrados a la poltrona y al sueldo público), cómplices con su pasividad de que Sánchez destruya la economía, la Nación y su propio partido, los diputados del Partido Conservador han forzado la marcha de Boris Johnson por sus continuos escándalos: las fiestas celebradas en Downing Street mientras se imponían duras restricciones al resto de la población y por las que el propio primer ministro ha sido multado, el premier obteniendo una tarjeta verde de residencia en Estados Unidos que se concede únicamente a quienes son residentes permanentes, su esposa sin pagar nada de impuestos pese a un milmillonario patrimonio, el desvío de donaciones al partido del gobierno para pagar la decoración de la residencia de Johnson y el subjefe de su partido implicado en un caso de acoso sexual a dos hombres, circunstancias sobre las que Johnson dijo no saber nada pese a estar perfectamente al corriente.
Ante un gobierno desacreditado por una sucesión interminable de escándalos, su propio partido ha decidido sacrificar a su líder al ser consciente de que mantenerle supondría la pérdida del gobierno en favor de un Partido Laborista más competitivo, con un rostro moderado tras la marcha del radical Corbyn.
Johnson se ha demostrado como el gobernante más irresponsable en muchas décadas, que ha dividido al país desde antes de acceder el gobierno a la sazón de principal impulsor del brexit, nacido de un referéndum consultivo que el Parlamento británico no tenía la obligación de llevar a la práctica, pero, de no hacerlo, habría supuesto un grave conflicto de legitimidad.
Un David Cameron eufórico tras la victoria del no en el referéndum sobre la independencia de Escocia, decidió repetir la misma táctica para neutralizar al ala euroescéptica de su partido y le salió mal la jugada, terminando de fraccionar a los conservadores y a la propia sociedad británica, ya que el brexit se impuso por un estrecho margen (con un apoyo del 52 %) conseguido a base de mentiras sistemáticamente repetidas por el propio Johnson, como cuando afirmó que de materializarse la salida de la Unión Europea, se podrían destinar cada semana 350 millones de libras adicionales al Sistema Nacional de Salud.
Con independencia de que el legado de Johnson sea positivo o negativo (en cualquier caso, muy discutible), los analistas coinciden en que será un primer ministro histórico porque ha logrado implementar el brexit, y además, en su versión dura, ya que una opción muy positiva habría sido abandonar la UE pero continuar en el Mercado Común (como pretendía Theresa May), a lo que Johnson se opuso, abogando por la vía de Australia, que no es en absoluto extrapolable a Reino Unido al ser sólo el 3 % de sus exportaciones las destinadas a la Unión.
El brexit ha condenado al Reino Unido a su ruptura, dando alas a los separatistas, ya que Escocia e Irlanda del Norte quieren permanecer en la Unión Europea y lo que es peor, lo ha arrastrado al desprestigio y al aislamiento internacional, abocado a una guerra comercial con la UE al cambiar unilateralmente el Protocolo de Irlanda del Norte, lo que supone una violación en toda regla del Derecho Internacional, algo que es especialmente grave habida cuenta de que dicho Protocolo permitía que Irlanda del Norte siguiese en el Mercado Común Europeo y aplicase el IVA, evitando de ese modo controles fronterizos con la República de Irlanda (que es Estado Miembro), una solución que era criticada por los unionistas porque suponía separar del resto a Irlanda del Norte mientras que las mercancías del Reino Unido hacia allí eran sometidas a controles aduaneros pese a encontrarse dentro del mismo país, aunque lograba aplacar las pulsiones secesionistas de los nacionalistas, que se sentían satisfechos con esa fórmula.
Otro de los puntos oscuros del mandato de Johnson fue su absurda gestión de la pandemia, ya que en un principio decidió no adoptar restricciones para contenerla apelando a una inmunidad (sin vacunas) que no tenía fundamento alguno y que se habría cobrado numerosas vidas humanas en aras de no deteriorar la economía dentro de la lógica de un darwinismo social en el que sobrevivan los más fuertes para gobernar en favor de los que queden en pie, una estrategia absurda que tuvo que rectificar y que acabó causando malos mayores.
Boris Johnson ha supuesto también un giro a la izquierda en las políticas económicas y sociales de su partido, algo que obedeció a una estrategia para capitalizar el voto obrero que apoyó el brexit y contrarrestar el fuerte programa social del laborista Corbyn (el Pablo Iglesias británico), motivo por el que aplicó una irresponsable subida del salario mínimo, del mismo modo que en plena crisis ha subido las cotizaciones sociales y ha llevado la presión fiscal a sus niveles más altos en 70 años.
El partido de estadistas como Churchill y Thatcher (que ocupan un lugar destacado en el libro de oro de la Historia) hoy se ha visto devaluado por semejante personaje: narcisista, oportunista y cínico hasta el extremo de ser expulsado del periódico The Times por publicar citas literales falsas, que ha antepuesto sucesivamente sus intereses personales a los de su partido y su país al agitar el brexit para tapar los escándalos de su gobierno.
Los conservadores británicos tienen la oportunidad (al deshacerse de semejante lastre) de volver al liberalismo económico, recuperar sus esencias ideológicas y recobrar la seriedad política e institucional.





