
Hace años que esa palabra, “bilingüe” es de uso cotidiano, adjetivo habitual unido a todo colegio o centro de enseñanza. “Bilingüe, es bilingüe”, se indica. Ya se entiende prácticamente como sinónimo del que ofrece un servicio básico e indispensable.
La obsesión por “los idiomas”, en un panorama educativo cada vez más carente de contenidos, no deja de ser curiosa. ¿No deberíamos empezar por tener algo que decir, por conocer algo? ¿Y luego, en segundo lugar, si acaso, el saber decirlo en otros idiomas?
Pero vayamos por partes. Conocer bien otros idiomas es una cosa y ser bilingüe es otra. En realidad, ser bilingüe es infrecuentísimo, y no se entiende muy bien por qué tal cosa ha de considerarse el ideal supremo. Como tantos otros “principios rectores contemporáneos”, se imponen sin más, sin debate alguno; sólo se habla cómo lograrlo, pero jamás se ha cuestionado lo principal: si es deseable o no, ni por qué.
Pero en fin, unas décadas más tarde de tal imposición (enseñanza “bilingüe” en español en inglés), absurda o no, lo cierto es que no sólo el propósito NO se ha conseguido, sino que ha producido un daño terrible a la lengua castellana.
Nos invade el fenómeno de textos escritos originalmente en español que parecen traducciones automáticas e imperfectas del inglés. ¿Pero cómo es posible? Pues de tanto leer esas traducciones automáticas, ya se produce un funesto contagio.
La lengua inglesa es anglosajona, por así decir, pero posee un acervo de palabras derivadas del latín enorme y riquísimo. Pero dichas palabras, de origen latino, han ido adquiriendo unos matices propios – y en castellano, la misma palabra latina ha evolucionado hacia otros. Esa es la riqueza grandiosa del estudio de los idiomas, su valor ampliador del horizonte… lo que hoy se ha anulado totalmente.
Hablando de anular: en español, un acto legal se puede considerar “nulo”. Es un barbarismo, por efecto de malas traducciones, decir “es inválido”.
En español podemos solicitar una beca, o solicitar la admisión en una Universidad. ¿Por qué se empieza a decir, se ha difundido ya, el bárbaro “aplicar”, “he aplicado para el año que viene”? Por copiar lo que en inglés significa “to apply”. Al exterminio de la propia lengua le llaman ser bilingüe, ¡pero si no son ni unilingües! Señores, aplíquense al estudio del castellano.
En un experimento químico, podemos eliminar una sustancia. O en una empresa, se puede cesar a un empleado, o en una academia cesar o despedir a un profesor. Eliminar, quitar, cesar, despedir, expulsar… todo eso se puede decir, correctamente, para indicar que “se echa fuera” a alguien o algo. Todo menos “remover”; en español, remover es darle vueltas a la sopa. No es “to remove”. Así pues… nos creemos listos y “bilingües” cuando lo que hacemos es destrozar el sentido de nuestras palabras.
En español podemos hablar de la altura intelectual de alguien. La “estatura” es otra cosa. Pero hay que copiar, servilmente, lo que en inglés entienden por “stature”.
Una tarea exigente se diría en inglés “a demanding task”. Pues bien, ya se empieza a oír el barbarismo “son unas condiciones demandantes”. ¡Demandantes! ¿qué les ha hecho, a estos sabihondos, la palabra española “exigente” para despreciarla de esa manera?
En una novela o en una película aparecen diversos personajes. Personajes. Vale que inglés se dice “characters”, pero en español el “carácter” significa otra cosa.
En español la palabra condición significa varias cosas: desde “te pongo una condición” hasta “esto está en muy malas condiciones”. Lo que desde luego no significa es una afección médica. “He has a heart condition” se dice en español “Tiene una afección al corazón”. Pero, serviles que somos, y a fuerza de creernos listos por imitar traducciones automáticas, ya empezamos a decir “Los pasajeros que tengan una condición médica, pasen por aquí”, ¿cómo condición?, ¿qué es eso? Mejor dirían, puestos a empeñarse en usar ese vocablo, “pasen por aquí los pasajeros que se hallen en malas condiciones”…
Por supuesto, cada vez se emplean más palabras directamente en inglés teniendo las españolas propias (hasta en los toros, ¡en los toros!, tenían apuntado los camareros en una cajita “tips”, por delante de “propinas”… Bueno, al menos “propina” figuraba también). Y los niños con el timetable y la classroom, cuyo equivalente en español ignoran… todo eso constituye una barbarie, pero todavía, siendo gravísima, es menos grave que la que aquí tratamos: la del empleo de vocablos españoles (condición, estatura, inválido, aplicar, remover, carácter, demandante) quitándoles su significado y atribuyéndoles los que esas palabras poseen en otro idioma.
Día del Libro, día de Cervantes, homenajes, premios, medallas, actos… ferias del libro, Premios Cervantes. Pues muy bien.
El mejor homenaje a la lengua castellana podía ser el desempolvar cualquier novela antigua (escrita antes de la revolución tecnológica, las traducciones automáticas y la obsesión por el bilingüismo-barbarismo) y leerla atentamente a placer. Una novela española, o incluso una traducida del inglés – cuando se sabía traducir. Para recordar y practicar la que Luis Astrana Marín, el gran traductor de Shakespeare, llamaba “la lengua más hermosa del mundo”, que por ende es la nuestra.





