Multitud de personas razonables se horrorizan estos días ante el anuncio gubernamental de destrozar, ya oficial y legislativamente, la armonía de la lengua castellana. No insistiré pues en el espanto que producen esos arbitrarios cambios, pues ya lo están haciendo otros, y menos aún intentar explicar por qué esas medidas son grotescas, ya que resulta algo tan obvio que no necesita demostración.
Sólo expondré tres detalles de cómo esas medidas no es que no sean beneficiosas, sino que dañan mensurablemente la calidad de vida de una mujer sensible.
–Los chistes y expresiones graciosas repetidos mil veces resultan cansinos; a veces hasta deprimentes. Las ocurrencias feministoides progres no tendrían que afectar mucho la vida de una persona no demasiado pendiente de las noticias: pero la hilaridad y chistes que provocan no tiene más remedio que alcanzarle, y para mal. Un ejemplo: recordemos el invento, ya hace al menos diez años, de la palabreja “miembra”. Para mí lo malo no fue el hecho en sí (con ignorar las noticias estúpidas, solucionado). Lo malo que esa palabra invadió jocosamente todas las reuniones familiares, amistosas, profesionales, de todo tipo, durante años y años. Bajó la calidad de los encuentros entre amigos (escuchar el mismo chiste un millón de veces no alegra el espíritu). ¿Se puede hacer más daño profundo a una persona? Difícil.
–Más dañino aún: entre hombres conservadores (aceptemos, para entendernos, la simplista división entre conservadores y progres) se ha creado la idea, totalmente errónea, de que “la mujer” en general sale muy beneficiada de las absurdas medidas progres (como si en mi vida diaria me importara mucho que los ministros de un gobierno fueran hombres o mujeres). Si una corriente de misoginia, de rencor hacia la mujer, siempre por desgracia hay en algunos ámbitos (como otras tantas cosas desagradables del género humano, y que no se puede, ni conviene intentar, suprimir a base de leyes), diría que esa ingrata corriente se ve impulsada, fomentada, con las jocosas disposiciones de los gobiernos progres. En el trato con hombres conservadores (perdón por el simplismo de la expresión) se percibe un incrementado rencor. Me pregunto si algo puede ser más dañino para el bienestar de la mujer, y la salud de la sociedad en general.
-Y un último detalle, que sonará más distendido, aunque afecta bastante a los que amamos el lenguaje. El simpático cartel que había a la entrada de muchos pueblos diciendo, por ejemplo, “Bienvenidos a Castilleja”, se ha sustituido en muchos casos, imagino que por el efecto de las malas traducciones del inglés, por otro igual pero sin la ese; es decir “Bienvenido” (como lo que dice, al abrirse, el ordenador). Sin ser ni remotamente feminista ni progre, simplemente por tener sensibilidad hacia el lenguaje (el lenguaje es lo que nos hizo humanos, recordemos), ese “bienvenido” exclusivo en masculino me resulta chirriante. ¿Por qué le quitan la ese, que lo haría inclusivo a todos, respetando nuestra gramática – el plural masculino es inclusivo pero el singular no? Que esto se haga (cada vez se lee más “Bienvenido” en lugar de “Bienvenidos” en infinidad de lugares) simultáneamente a los intentos de lo que llaman, estúpidamente, feminizar el lenguaje, demuestra que la sensibilidad hacia la lengua y hacia la inclusión es nula.
Pero alegrémonos con la belleza de la vida. Señoras y señores (este es un encabezamiento tradicional, de cortesía, de toda la vida), bienvenidos a este portal.





