Por mi avanzada edad, un servidor fue uno de los niños que en los años 50 y 60 del siglo pasado aún querían ser toreros de mayor y discutían con los que preferían ser futbolistas. No en balde, había sido bautizado en la pila bautismal de la parroquia de San Bernardo, que imprime carácter. Recuerdo que por mi calle pasaban las mulillas camino de la Maestranza los días que había corrida, y aún conservo la primera entrada que compró mi querido padre para llevarme a los toros cuando yo tenía cuatro o cinco años. MI afición a la fiesta nacional duró desde aquello años 50 hasta la noche que en Radio Nacional se retiró mi admirado Curro Romero, momento que yo también aproveché para cortarme la coleta.
Con mi afición taurina corrió pareja desde la infancia mi querencia cofrade, pues mi querido padre me apuntó en la hermandad de Los Panaderos antes de ir a registrarme en el juzgado, que entonces estaba cerca de la calle Orfila. No recuerdo haber rezado con más devoción que la que sentía cada Miércoles Santo para que no lloviera y pudiera lucirse mi cofradía. Y se puede decir que también me corté la coleta, o me quité el capirote, hace muchos años. Pues decidí ver a mi hermandad con “los gemelos invertidos”, como recomendaba mi amigo Silvio, hermano del Cachorro.
Por todo lo que acabo de comentar, cuando he sabido que el próximo 13 de octubre se celebrará en la Maestranza un festival taurino a beneficio de las bolsas de caridad de San Bernardo y el Amor, es lo más natural y necesario que me sume a esta iniciativa, pues si algo importante tienen en común el mundo taurino y el de las hermandades es precisamente su constante disposición benefactora, que desgraciadamente no es percibida por los muchos críticos que tienen estos dos mundos tan nuestros.

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