Qué difícil nos resulta a todos admitir nuestros errores, reconocer ante el otro que nos hemos equivocado, que debimos haber cogido por otro camino en su momento, pero qué grande nos hace ese signo ante los demás, porque nos eleva en dignidad y nos vuelve más humanos ante sus ojos, y también ante los nuestros, y qué fácil es el caer en los brazos de la soberbia, que nos invita a creernos infalibles, que son los otros los que yerran, y que nos aporta siempre un catálogo de justificaciones a las que acudir para racionalizar nuestros actos y hacernos creer que nuestras decisiones fueron las correctas.
Viene al caso esta reflexión tras la celebración de las últimas elecciones europeas, que ya van quedando atrás, pero cuyas consecuencias tras el resultado de los comicios empezaremos pronto a sentir. En mi opinión, nos equivocamos y mucho, al pensar que en una democracia los votantes son un baluarte seguro contra quienes rompen las reglas del juego y amenazan con volar la santabárbara de nuestra nave, en este caso europea.
Ha acudido a las urnas sólo la mitad de la población con derecho a voto a pesar de que la situación de la Unión Europea adquiere visos muy preocupantes (una guerra a las puertas, auge de partidos euroescépticos, dependencia energética de Rusia, cambios estructurales en la agricultura, la ganadería y la pesca, tendencia a la desaparición del dinero físico, la implantación a las bravas de la agenda 2030, …) y vemos como lo que debería ser radicalmente impensable empieza a no serlo.
En buena parte de la sociedad europea se ha torpedeado la autoridad familiar y dañado la célula básica de la sociedad. Se niega la existencia de un Derecho Natural (materia desaparecida de los planes de estudio en la carrera de Derecho) imprescindible para mantener un orden social, se nos trata como productores y consumidores, cuando no como meros objetos, se ha hecho mofa de lo sagrado para un cristiano, pensando que todo ello no tiene consecuencias, pero vamos viendo cómo las tiene, y muchas.
Buena parte de los europeos han intentado con su voto hacer llegar el mensaje de que Bruselas no puede ser una burocracia desentendida de sus problemas cotidianos, dedicada a fastidiarles la vida con ocurrencias nimias como la de pegar el tapón al envase de la botella. La Agenda 2030 se impone con prisas y falta de sensibilidad y transparencia a quienes no se les ha explicado y sufren sus inconveniencias y molestias.
El reparto de sillones en el Parlamento, el Consejo y la Comisión, lo van a decidir las mismas fuerzas políticas que lo han hecho en el último quinquenio porque la matemática parlamentaria se lo permite, y al parecer van a seguir haciendo oídos sordos a las quejas que han aupado en algunos países a fuerzas que están en contra, con una actitud de superioridad moral que, a medio plazo, en nada les va a favorecer.
Me gustaría ser optimista, pero no veo intención de definir un paradigma industrial que haga a Europa menos dependiente de terceros países, ni un giro en la política agraria, ni un cambio en la política migratoria que impide la creación de nuevos guetos urbanos, ni que el cambio al coche eléctrico no es cuestión de una década. Cuando la situación adquiere visos muy graves, el corazón nos pide un desenlace ejemplar y catártico.
Gran parte de los que se han abstenido lo han hecho por hartazgo, desengañados de tantas promesas incumplidas, y muchos de los que han votado han asumido el relato distópico que presenta a los demás como la ultraderecha (no pasarán, derecha extrema y extrema derecha) o bien creyendo que es una forma de manifestar el descontento con su actual presidente del gobierno, como si fuera una primera vuelta de las generales.
En el territorio comanche de la posverdad, la información queda relegada ante el empuje de las consignas que repiten como papagayos los de la misma cuerda, y parece que sólo acudimos a los medios que nos confirman en nuestras ideas (sesgo de confirmación): si votas PSOE, escuchas la SER, lees El País y ves la Sexta. Si eres del PP, escuchas la COPE, lees ABC y ves Antena tres, ¿o no? Siempre habrá un Alvise de turno con su “Se acabó la fiesta” para canalizar el voto de los antisistemas, como lo hubo con Ruíz Mateos en su momento o Beppe Grillo, el payaso que quería gobernar Italia, pero esa película sabemos cómo termina siempre.
Les recomiendo para este verano la lectura de “El rinoceronte”, obra de teatro de Eugène Ionesco, el maestro del llamado teatro del absurdo, una aguda y demoledora sátira sobre el conformismo de las masas, dispuestas a someterse a cualquier directriz sistémica y acatar cualquier imposición absurda, a negar la realidad con tal de asegurarse una comodidad gregaria, y repitiendo como muchos en estos momentos: “Esto no tiene solución”, “En otros sitios están mucho peor” y “En el fondo tenemos suerte”, dejando la autocrítica para los otros. Total, si nadie la hace.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com






2 Comments
Me ha gustado mucho tu artículo de hoy, Alberto. Tienes un depósito de ideas interesantes y con muchos valores. Gracias por compartirlos.
Magnífico artículo Alberto. Claramente descriptivo de la triste realidad de la sociedad que nos rodea. Como en todo, la clave está en la masa, en nosotros mismos ( incluyámonos todos ) que nos repetimos esos mismos mantras que mencionas y otros peores y también en la «des-educación» y la » no formación» que da lugar a esa pérdida de valores in las que es imposible que el individuo tenga un mínimo de conciencia, opinión y autocrítica. Lo de la autocrítica es como pedir peras al olmo.