Es lo que hoy predomina o, por emplear su jerga, “subtítulos por defecto”, imposibles de quitar, en multitud de audiovisuales, en películas, entrevistas y hasta en retransmisiones de ceremonias.
Esta modalidad existía, sí, pero en los últimos… días (¡los cambios van tan veloces!) parece haberse impuesto de manera abrumadora, extensiva; de manera irritante, innecesaria, quitándole a lo retransmitido toda armonía.
¿Por qué resultan tan exasperantes? Si encima protestamos precisamente los que preferimos mil veces el lenguaje escrito al audiovisual, esto podría sonar contradictorio. ¿Cómo nos quejamos ahora justo de ver lo que siempre hemos preferido, la palabra escrita?
Pues no es contradictorio. Cada manera de expresarse tiene su fuerza, su “lenguaje” propio. El superponerlas simultáneamente, aparte de producir estrés, le quita la fuerza de una y de otra.
Muchos seguimos prefiriendo el lenguaje escrito. Para miles y miles de mensajes, especialmente de orden práctico, la ventaja del texto escrito sin más es descomunal, gigantesca… pero de puro obvia se ignora. Si un niño se va de campamento de verano, los organizadores no envían a los padres un folio, real o virtual, con la lista de objetos que debe llevar; sino que los obliga a visualizar una serie interminable de vídeos “amenos y cercanos” para indicarles eso mismo, con lo que la pérdida de tiempo se une a la dispersión de la información y confusión general… así se crea una sensación de indefinición, de tener que estar constantemente “conectados” para continuos avisos… Compárese todo esto a los cinco minutos que se hubieran empleado, décadas atrás, en leer un folio e ir poniendo una crucecita en cada objeto. El “avance tecnológico” empleado cuando no hace falta ha supuesto una verdadera esclavitud, una tiranía de lo mezquino y prosaico.
Pero hablábamos de subtítulos. Sí, preferimos el lenguaje escrito. Pero si empleamos el audiovisual, entonces seamos coherentes. Se trata de ver a una persona hablando, de dejarnos impactar por ella. En ese caso, la aparición del letrerito, que resalta muchísimo, rompe la imagen, trastorna la armonía… O una cosa u otra: o se da el mensaje por escrito, o si se da en modo audiovisual (como en una imitación de la vida real antes de la escritura) pues dejen que se transmita de modo audiovisual.
Acaso alguien lo defienda diciendo que eso es “para los sordos” (como si no pudiera instalarse de manera opcional). El típico argumento de chantaje emocional ante el que no cabe levantar la voz, con el terror bajo el que vivimos de que nos acusen de esto y lo otro, de “odios y discriminaciones” por decir lo obvio… Con el argumento de que “eso es para las sillas de ruedas” se han creado situaciones de enorme peligro: en muchos lugares, un escaloncito se ha sustituido por una mal llamada “rampa”, es decir una pendiente de 45 grados donde no se la espera, que inevitablemente provocará muchas caídas.
El subtítulo por defecto, en un audiovisual dirigido al público que habla la misma lengua, es injustificable. Rompe la fuerza del mensaje, distrae, crea confusión.
Una vez, un profesor de escultura criticaba la obra de un alumno que, en medio de su labor realizando un busto de barro había irrumpido con unos extraños cortes cubistas… “¡O se emplea un lenguaje o se emplea otro!”. Pues se podía sospechar que el súbito cambio de estilo no era un genuino modo de expresarse sino algo aleatorio para ahorrarse el trabajo de terminar una obra que se pretendía figurativa. Mirándolo, la mayoría de personas con sensibilidad artística le hubieran dado la razón al profesor. Podía haber realizado algo abstracto, muy bien; pero aquella mezcla hecha al tuntún parecía algo forzado…
Y todavía el ejemplo anterior se refiere a un campo más específico, más sofisticado y minoritario; es decir, por mucha importancia que le demos al arte, que la tiene gigantesca, pues todavía es muchísimo mayor, por básica, la del lenguaje que empleamos constantemente, mil veces al día, para comunicarnos.
Si se da una información por escrito, se da por escrito. Es un modo de expresarse conciso, con la enorme ventaja de que cada persona lo leerá de una manera, poniendo mayor o menor atención, dando un vistazo rápido o recreándose… Es lo más humano y civilizado y creativo, una prueba de fuego contra las insensateces.
Pero hoy prevalece lo audiovisual. Es otro modo de expresarse distinto, más subjetivo, más básico; el elemento personal de la simpatía y la emoción prevalece sobre el contenido puro y duro del mensaje. Dejémoslo estar así. Si acaso se nos escapa una palabra mal pronunciada, pues hagamos como sucede en la vida misma: no tiene tanta importancia.
El empeño en poner las letras, en poner por escrito una frase que ya estamos oyendo y viendo a la persona que la pronuncia… es algo peor que inútil: es dañino. Va idiotizando al que lo mira, quitándole facultades… Al tiempo.
Los subtítulos podían tener su justificación en películas realizadas en otro idioma, útiles para el que quiere aprender; o en la representación de una ópera, para disfrutar más siguiendo el texto. Y aun en estos casos resultan molestos; los buenos profesionales deben procurar que esos letreros se faciliten de manera discreta, hiriendo lo menos posible la vista (que un poco es inevitable).
Pero cuando son totalmente innecesarios… entonces no son inocuos. Resultan dañinos. Acaban con la concisión, elegancia y concreción del mensaje escrito; y rompen el elemento de lo personal, espontáneo y directo que tiene la imagen de una persona hablándote. Anulan lo uno y lo otro.
Tanto hablar de cosas como la calidad de vida… ¡oh!, ¡recuperemos los verdaderos placeres (mucho es llamar placer a leer un letrero, pero ya lo va siendo, sí, el ver un letrero en vez de un QR en la puerta de una iglesia o de un museo… que esto es otro tema a su vez. El placer de leer un texto, o el de ver un audiovisual, dos cosas muy distintas)! ¡No dejemos que nos idioticen!





