Ahora que hemos comprobado cómo un rey se baja al barro, da la cara y mira a los ojos al que sufre y al que necesita ayuda, nos tenemos que dar cuenta de que las instituciones, algunas veces, valen para algo. No podemos aceptar ya los discursos radicales que nos venden de que o no valen para nada o son el centro de todo. Seguramente no sea ni tanto ni tan poco, que en el punto medio dicen que se encuentra la virtud. Pero por lo que hemos podido ver una y mil veces por televisión, tenemos la certeza de que la responsabilidad, la seriedad y la sensibilidad no están reñidas con el hacer las cosas por derecho. No quiero que crean que estas palabras son un alegato de la monarquía, ni mucho menos. Lo que pasó el aquel día ocurrió, pero ya pasó. Como también pasaron los mil y un tejemanejes en el seno de esta institución a lo largo de la historia. Por eso les digo que ni tanto ni tan calvo. Y a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César.
Y me refiero como aspecto negativo, ya que he resaltado uno muy positivo, a los jaleos que los reyes se han traído y llevado siempre no solo con sus súbditos, sino con los suyos mismos, luchas entre sangres azules. Por eso les traigo un chisme de asuntos reales.
Fue la historia que el vallisoletano Sancho IV de Castilla, conocido por El Bravo, quedó desheredado del trono por su sabio padre, Alfonso X de Castilla. Estaba don Alfonso, mes de noviembre de 1282, paseando por los jardines del Alcázar de Sevilla, entre las jacarandas y los jazmines, con el sonido del agua de las fuentes de fondo —como en un poema de Joaquín Romero Murube—, cuando tomó la decisión de dejar a su hijo en la cuneta para que, tras él, reinara en el trono don Alfonso, hijo mayor de Fernando de la Cerda, ya fallecido, y de la princesa Blanca de Francia.
Desde siempre, si moría el primogénito —y Fernando de la Cerda, hijo mayor de Alfonso X, murió— el derecho de sucesión pasaba al segundogénito, que era Sancho, con sus gustos árabes y judíos. Pero El Sabio, con sus Siete Partidas, cambió las reglas del juego en medio de la partida y dijo que nada de eso, que el derecho pasaba a los hijos del primogénito. Y claro, Sancho se revolvió como una vaca de miura contra su padre y le quiso poner los puntos sobre las íes. Pero el padre nada, erre que erre, y de ahí vinieron revueltas y guerras y, al final de los finales, Sancho se salió con la suya, le usurpó a su padre todos los poderes, menos el cargo de rey en funciones sin funciones —cosas de lo que llaman ahora cogobernanza—, y reinó desde 1284 hasta el año 1295, donde lo sorprendió la muerte en Toledo, que fue donde se nombró rey a sí mismo sin el permiso ni el beneplácito del padre.
Solo la muy Leal ciudad de Sevilla; Murcia, a la que cantaba La Parranda, y Badajoz, la que fundó Ibn Marwán, apostaron por el viejo y sabio rey, que murió en la ciudad de María Santísima en paz con Dios pero en guerra con su hijo.
Cosas de familias, que hasta en las más nobles nacen y crecen los rencores y los odios, que las vaciladas y vulgaridades no son propiedad única de nosotros, lo del pueblo llano. Los jurdeles, el poder, el ser son las barrancas de este mundo lleno de trampas y tramposos. Las cosas de la vida.
Y así terminó la cosa. Alfonso X criando malvas entre la Capilla Mayor de la Catedral de Murcia y la Capilla Real de la de Sevilla; los hijos de Julián de la Cerda, tanto el Infante Alfonso —alias El de España, El Desheredado— como el Infante Fernando, con cuatro palmos de narices y con los títulos de Alba, Béjar, Gibraleón y mayordomos reales del rey; y Sancho endiosado y todo para que se rematara rotulando una calle de Sevilla con el nombre “don Alfonso El Sabio” —que cualquiera comete un error, oiga—, antes llamada Burro. Algo que se ganó, entre tanta ansia por el poder… que de burro a sabio va un salto, y no chico.





