Como se me hace muy cuesta arriba escribir sobre la actualidad de los políticos españoles, hoy voy a hablar de lo mío, del mundo del arte, rama pintura, dibujo, grabado y cerámica. Esta última siguen sin meterla en la categoría de arte, siguen pensando en botijos y macetas y cacharritos varios. Pero bueno, voy al lio, al meollo de este asunto, que para qué me voy a engañar, me suele enfadar más de lo que me conviene.
Cada año, más o menos por estas fechas, y desde 2002, se concede el Premio Velázquez de Artes Plásticas. El primer año, como aún no estábamos rodeados por los montadores de stands de ferias de muestras, el premio se le concedió a un artista indiscutible, a Ramón Gaya. Hablar del pintor murciano da para un par de artículos, así que voy a seguir con lo de lo de estos premios, que desde 2002 y hasta 2007, se les han concedido a artistas serios, como Antoni Tapies, Pablo Palazuelo, el mejicano, Juan Soriano, Antonio López y a Luis Gordillo. El PP de 2002 y hasta el 2004, con Luis Alberto de Cuenca en el Ministerio de Cultura y el PSOE, con la inefable Carmencita Calvo, hasta 2007, no escogieron mal a los premiados. Desde 2008 y hasta 2018, los premios se los han dado a auténticos montajistas de stands de ferias de muestras, con los muebles viejos de su abuela, caso de la colombiana, Doris Salcedo, y a alguna que otra, copiona de obra ajena, como la chilena Cecilia Vicuña, que le gustaría ser Louise Bourgois pero no llega por exceso de imitación. Lo de la cubana Tania Bruguera, premiada en 2021, es de una poca vergüenza absoluta. Una tipa sentada en una mesa apuntándose en la sien con una pistola. La pena es que la pistola no estaba cargada. De todos estos despropósitos hay que salvar a Jaume Plensa, premio de 2013, a Soledad Sevilla, premiada en 2020 y al divertidísimo, Antoni Miralda, premio de 2018 y darle un punto, a la argentina, Elda Cerrato, premio de 2022.
Y así, año a año, premio a premio, impostura tras impostura, llegamos a este año de 2024, en el que el Ministerio de Ernest Urtasún, nombra un jurado para el Premio Velázquez que le concede el premio de 100.000€, como no, a el catalán, Frances Torres, según ellos un precursor del arte conceptual, cosa esta imposible en una persona que ha nacido en 1948, cuando el precursor del arte conceptual es Marcel Duchamp. Dice también el jurado que Frances Torres, su obra, reúne los meritos de : «utilizar la guerra del 36, la memoria histórica, el impacto de los medios de comunicación en la percepción del mundo. La exploración de las interacciones entre arte y política». Es decir, Torres es otro montajista, otro carterista de dineros públicos, con los que hace unos montajes absurdos, con aviones bombarderos republicanos de la guerra civil, colgados con el morro hacia abajo y los compara con San Pedro en la Cruz. El bodrio se lo cuelgan en junio de 2021, en el Museo Nacional de Arte de Cataluña, que tiene en su Patronato al Estado Español, y luego le dan el Premio Velázquez. Ya saben, la impostura se paga muy bien, en este caso a tutiplén, salas expositivas de lujo, por la cara y 100.000 euritos para seguir haciendo basuras y llenándole las cabezas de ídem a gente joven que quieren llegar a ser tan impostores como este y otros personajes. Ellos y sus mentores presumen de contribuir al desarrollo de generaciones de artistas del cuento chino. Francesc Torres, en 2017, explicó con esta contundente frase, su modus operandi: «A mí me interesa aquella poética que puede hacer el que es políticamente astuto».
Así las cosas, creo que las facultades de Bellas Artes deberían cerrar por haberse convertido en maquinas de estafar al alumnado, al que se le dice que arte es cualquier cosa. Interdisciplinar, multidisciplinar, pensamiento artístico, investigación. Estas palabras son las fundamentales en los programas de estudios de muchas de estas facultades y las cuatro encierran el concepto que se utiliza para conseguir el lavado de cerebro del alumno que, al salir con su titulo bajo el brazo, se va a encontrar con el desolador panorama de una elite política que le va a poner zancadilla, tras zancadilla, hasta conseguir convertirle en un obrero mal pagado de cualquier montajista de stands de basuras.





