Cuando los nazarenos de Sevilla salen de la catedral, ya de noche, hallan un público (que “público” no es la palabra, ni el ser vistos es el objetivo de la salida procesional, pero dicho sea informalmente) mucho más gratificante que el anterior. Sin desdeñar a este último, el de “las sillas” –es lógico que su actitud, ahí sentados durante horas, a menudo con niños, sea mucho más casual-, al pasar, tras las naves catedralicias, por la estrechez por ejemplo de la calle Placentines, luego Francos, Villegas…, se encuentran con una muchedumbre de compostura impecable, quieta y callada, todos mirando la procesión con el mayor respeto. Hasta la obsesión fotográfica parece haber disminuido (¿estaremos empezando a redescubrir el placer de contemplar a través de los ojos?); sin duda es menor que la de la semana precedente de las mal llamadas “veneraciones” (más bien “fotosesiones”).
Ese público nocturno de la calle Francos es en su mayoría de jóvenes –joven hay que ser, pues, por efecto de las vallas y prohibiciones, hay que soportar unos plantones mucho más largos que antaño, cuando, aunque hubiera mucha más gente, se podía circular con más libertad- jóvenes respetuosos y arreglados. Con una salvedad: las señoras, desde ancianas a jovencitas, con atuendo impecable por arriba, aterrizaban en las ubicuas gigantescas zapatillas deportivas blancas. Y si no en las blancas, en ese modelo mitad plástico mitad tela áspera de saco de patatas, hiriente a la vista.
Un verdadero fenómeno este, con mil implicaciones.
Y no se dé la fácil, y falsa, explicación de que “es por la comodidad”. (Quien siempre ha buscado calzado cómodo y huído de los tacones altos no protestará porque otras hagan lo mismo. Viva la comodidad, eso por supuesto; de otro modo es totalmente imposible vivir la Semana Santa). En el peor de los casos, igual que se fabrica una zapatilla deportiva blanca, se puede fabricar una negra. ¿Por qué no se hace así?
Aparte ya de la Semana Santa, el fenómeno de la zapatilla deportiva como atuendo universal en todos los ámbitos se había extendido. Un fenómeno lamentable por mil cosas (dejando aparte la estética, ya es la ecología, esas toneladas de plástico, luego metidas en lavadoras; se habla incluso de la falta de contacto con el suelo, y de sus perniciosos efectos; la falta de desarrollo de músculos y huesos del pie, para esos niños que jamás los han ejercitado, siempre acolchonados en plástico a todas horas… mil daños).
Pero centrémonos en la estética – y quien lo crea asunto banal, que lo piense dos veces. Omitiendo todo lo anterior, olvidando por un momento los múltiples inconvenientes de las zapatillas deportivas, pongamos que aceptamos que “son más cómodas” y que eso, especialmente para nosotros los andarines, las hace más deseables. Admitamos esto.
¿Acaso no se puede fabricar un calzado con la comodidad de una zapatilla deportiva, pero con apariencia elegante? ¿En la era atómica y de los smartphones, la técnica no da para eso? Claro que es posible. En el peor de los casos, igual da el producir una zapatilla oscura que una blanca. Pero se fabrican blancas. Desde hace años es imposible encontrarlas sin la esperpéntica línea blanca a ras del suelo.
¿De qué sirve la multitud de tiendas, la inmensidad de ellas, las gigantescas cadenas rebosando mercancía a toneladas? No hay variedad: no existen sin la horrenda línea blanca.
Esto no es comodidad; es chulería. Es el alarde de fealdad, es la bofetada, el descaro. El turista decoroso no puede, aunque quisiera, visitar una ciudad disimulando un poco su condición de turista, visitando catedrales con una apariencia de respeto; podría, si simplemente fabricaran un calzado cómodo, pero oscuro. Pero no se hace.
Hace años, una amante tanto del decoro como de la comodidad, podía calcular: “Bueno, llevo estas botas super cómodas, que total casi no se ven, y como son oscuras, bajo el pantalón, dan apariencia de unos zapatos medio normales”. Hoy es distinto (no por “culpa” de las personas, sino inducido por esta misteriosas fuerzas –mezcla de lo peor de comunismo y capitalismo- que rigen nuestras vidas). Ya se viste la zapatilla deportiva hiriente a la vista, no disimulando su condición (puesto que van a lucirse en un evento que pide atuendo elegante), sino chuleando de ella, alardeando de su chillonismo y fealdad, proclamando a gritos su carácter antiestético y destructor de la armonía.
Llevamos años con ese calzado ubicuo, ya en todas las edades; el horroroso montón de plástico blanco bajo el pie iguala a nonagenarias (arregladas por arriba) y a desarrapados colegiales. La pregunta que nos intrigaba a algunos era, ¿qué sucederá en Semana Santa? ¿Qué va a pasar este Domingo de Ramos?
Pues ya tuvimos la respuesta. Aceptando el dictado de lo que “se lleva” (lo que hacen miles de personas, pues bien está), pues las ancianas y jovencitas que gustan de arreglarse tal día, lo hicieron, sí, por arriba, pero se calzaron con la zapatilla blanca chillona. “Es que se lleva así”.
Por una vez, los hombres fueron “más arreglados”. En ellos predominaba el zapato clásico, oscuro de cuero. Era curioso verlo. Bueno – tomado a la ligera, puede ser “un desquite histórico”, para la mujer tradicionalmente arreglada y con sus tacones, y a su lado el hombre más bien desaliñado.
Mil implicaciones tiene esto, de destrucción de la armonía, de tiranía de las marcas… esto no es banal, podría llevarnos muy lejos.
Pero acabemos con algo positivo. En efecto, hubo muchas, notoriamente muchas jovencitas (una minoría ciertamente, pero por eso mismo mucho más estimable- especialmente en la edad en la que más meritorio resulta el diferenciarse de su grupo) que no aceptaron dicha tiranía. Se las veía con sandalias de esparto, o con zapatitos planos que no desentonaban mucho con la vestimenta.
Claro, iban menos “a la moda”. Quedaban mucho más opacadas frente al protagonismo chillón de las de la zapatilla blanca. Puede incluso que quedaran como “atrasadas”, como las que no se han puesto al día. Pero pudo en ellas más el respeto, un decoro, un mínimo criterio propio, un sentido de la armonía, que la tiranía de “lo que se lleva”.
Miremos con esperanza a esa minoría, pero no tan diminuta, de jovencitas.
Hay mucho en juego.





