“El trabajo os hará libres” era el famoso letrero, de horripilante cinismo, que lucía a las puertas de Auschwitz. La tortura no era bastante, hay que añadir la burla infame además… Así se hizo tristemente célebre esa máxima, “Arbeit macht frei”…
¿No empieza a pasar algo parecido – sé que la comparación suena excesiva, sí; en trabajos forzados y golpes no estamos todavía – con eso de “Qué a gusto se está en casa”? ¿O con el orgulloso y omnipresente lema de “Yo me quedo en casa”, como diciendo “Así soy de lista, de original, de solidaria, de responsable”? ¿Y cómo no vamos a estar en casa, si Policía Nacional, Policía Local, Guardia Civil y Ejército nos obligan físicamente a ello? ¿De qué presumen? ¿Qué opción tenemos?
Es indudable que muchos disfrutan esta situación. No que se adapten, resignadamente (humano y necesario es aceptarlo todo), sino que positivamente, por lo que se ve en muchos mensajes y pomposos artículos de “firmas” en los periódicos, parece que lo saborean.
Es desagradable escudriñar el por qué, porque sólo puede deberse a razones turbias… Acaso los que gozan de ajardinadas mansiones encuentran un oscuro placer ahora que constatan que NADIE puede estar pasándoselo mejor que ellos. Antes, acaso sí: otros podían estar de viaje en islas paradisíacas, o asistiendo a eventos lúdicos, o recibiendo encopetados premios… en fin, divirtiéndose de mil maneras, o simplemente disfrutando con su trabajo. Ahora que todos están recluidos, el que vive en mansión ajardinada está tranquilo y seguro de que nadie puede estar disfrutando más que él… Los vericuetos de la envidia, esa fea inquietud ante el posible bien ajeno, tienen bastante que ver con lo contentos que están algunos.
Los que, de ese grupo privilegiado, poseen además tribunas de opinión, pues encima dan lecciones. Una “firma” de un gran diario explicaba el otro día lo satisfactorios que son para él estos días, que los pasa impartiendo clases online a sus alumnos (sin duda alumnos admiradores y devotos), y que a las ocho sale al balcón a cantar Resistiré. Pues qué bien se “resiste” así, con una ocupación gratificante, y nómina que no peligra, y sin sensibilidad alguna para los que tanto sufren, por enfermedad o por ruina. Una matización: Que en privado procuremos divertirnos, y hasta cantar y bailar si nos da la gana, y agitar cócteles si podemos, me parece maravilloso; estaría bueno que hasta de puertas adentro nos siguieran prohibiendo. Pero que desde la tribuna pública uno alardee de lo que disfruta, y presuma de ello…, bueno, no veo peor cinismo inconsciente.
En periódicos y redes sociales se multiplican los testimonios de personas, todas dándoselas de originales, narrando que “gracias a esta situación” han descubierto el gran placer de leer, o el de jugar a las cartas con sus hijos – oh, y dan lecciones de que “no nos hacían falta tantas cosas, tanto consumismo”.
A los que solíamos pasar, por puro gusto, infinidad de horas en casa, incluyendo fines de semana, leyendo o dibujando, o sin hacer nada de particular (lo que se llamaba “perder el tiempo” y que luego evitaba muchas sesiones de yoga o de reiki o de psicólogo) nos chirrían bastante esos descubridores del Mediterráneo. Señores: que muchos conocíamos ya el placer de leer, y el de resolver un pasatiempo. Pero no necesitamos para ellos el arresto domiciliario. Y repito el matiz: estupendo el que descubra la lectura, pero que no pontifique ni pretenda que los demás, que la conocíamos cuando había libertad, nos alegremos de nuestro arresto.
“Ahora mi casa huele a hogar”, rezaba ayer otro titular de un diario, de otro disfrutador de esta “experiencia”. Pues mi casa ha olido a hogar siempre, y se saborea mejor cuando hay libertad.
“No necesitábamos tanto consumismo”. Pues eso retrata a quien lo dice.
Y sobre el gozo ante “el aire, que ahora está más limpio” (¿Quién lo dice? ¿El privilegiado que lo respira él solo con la ciudad vacía?) hablaremos después…





