La primera vez fue de las manos de tus padres. Seguro que lo recuerdas. Era Domingo de Ramos y la procesión de las palmas del pueblo había terminado con aquella larga misa en la que se leía, de cabo a rabo, la pasión, muerte y resurrección de nuestro señor Jesucristo. Saliste de misa con los pantalones cortos y una ramita de olivo entre las manos. Ibas con ropa de estreno, que aquello tu madre lo llevaba a rajatabla. Parece que te estoy viendo, con tu camisa de rayas azules y tu rebeca azul marino, los calcetines calados y los zapatos brillantes y limpios, que hasta podías verte reflejados en ellos la punta de la nariz.
Llegaste a casa y dejaste la rama de olivo en el poyete, junto a la escalera de hierro de la piscina, donde sería quemada cuando se secara, para que el humo blanco subiera al cielo como una nube nueva, de estreno. Que la vareta de olivo estaba bendecida y no podía, ni debía, tirarse a ningún lado, y es que ceniza somos y en ceniza nos convertiremos.
Tu padre llegó del almacén, se duchó y se vistió. Tu madre y tú lo esperabais en el patio de los arcos y las macetas de aspidistras. Envueltos en el olor de colonia de tu padre salisteis a la calle, naranjos en flor, y marchasteis a Sevilla, “que el niño quiere ver las cofradías, que a este parece que le gustan las cosas de los santos y nos ha salido capillita”.
El trayecto a Sevilla se te hizo eterno. No veías la hora en la que llegaríais a la ciudad que estaba en fiesta, con tantas cofradías en la calle. Aquello era otro mundo para ti. Un sueño que se estaba haciendo realidad.
Caminasteis por las calles de la ciudad, buscando el centro. Tú llevabas un programa de mano que no parabas de mirar. Las páginas dobladas ya y sudadas, de los nervios que tenías por escuchar una marcha, por ver un paso en la calle. Luis Montoto, calle Águilas, Plaza de Pilatos, Alfalfa, Cuesta del Rosario y la Plaza del Salvador, donde no cabía un alfiler. Y eso que le dijiste a tu padre que aún quedaba una hora para que saliera la cofradía de los nazarenitos blancos, precedida por una cruz de guía y dos faroles portados por nazarenos de ruán.
La segunda vez ya la he contado alguna que otra vez y fue con la tita Rosarito. Con quién sino. Y fue en el Parque de María Luisa, bajo un azul cielo imposible, entre los verdes de las ramas de los árboles en primavera, por en medio de los globos de los niños. El primer paso de palio de tu vida en Sevilla. Blanco. Inmaculado. La Virgen de la Paz del barrio del Porvenir. Y, detrás, la banda de Soria a las órdenes de Abel Moreno, con aquella boina ladeada.
Han pasado los años. Muchos años. Y han pasado muchas cosas. Demasiadas. Pero tú sigues recordando aquellos domingos de ramos como los más bonitos del mundo, como lo que son: los más especiales de tu vida.





