
Fue una tarde de finales del mes de septiembre. Los cielos perdidos de la ciudad lucían encapotados, con un gris plomo que amenazaba tormentas venidas de Huelva. Andaba el albero húmedo, con un color más muerto y apagado que de costumbre. Otro cartel de “no hay billetes”. Otro cartel de lujo para echar el cerrojo a un abono en Sevilla.
Zulueta, que de casta torera le viene al toricantano, de blanco y oro, ya había tomado la alternativa y hasta había brindado su primer toro, chamelo y montera en el redondel. Lo nunca visto. Ya había paseado Roca el capote y la muleta por el albero. Aún no se había firmado “la paz del tercio”, no se había fumado, despacito, el puro de la paz.
Y salió el cuarto de la tarde. Colorao ojo de perdiz. Ganador de nombre. De la ganadería de Núñez del Cuvillo. Un toro que no hizo honor a su divisa, como los otros cinco de un encierro decepcionante. Falto de casta, como los demás. Ahíto de bravura, como todos. Sin nada dentro. Una escalera de media docena de peldaños. Vacío, hueco y ruinoso. Sin atisbo alguno de raza, de bravura, ni de nobleza.
Por los tendidos corría un runrún de momento grande, que lo recibía con el capote, en el burladero de matadores, José Antonio Morante, el de la Puebla del Río. Los vencejos volaban y piaban huyendo de la lluvia, veloces y raudos, rompiendo el aire. Una tijerilla de rodillas, recordando a la casa de Los Gallo, acordándose de la placita de tientas de la Huerta de El Algarrobo, en Gelves, “que viene el río teñío con sangre de los Ortega”. Verónicas y chicuelinas de brazos altos, como un baile de Pastora Imperio. Y una media recordadita y arrebujada. Los oles atronaron el espacio.
Pero el toro no quería pelea. Como los otros cinco de la tarde. Las miradas por encima de los trastos, entrar en el embroque sin querer y salirse del mismo en la misma actitud, buscando terrenos de tablas, donde si apretaban cuando intuían que la presa podía ser fácil.
Y llegó el momento. Tanto tiempo de espera para esperar un natural eterno. Morante con su terno negro y oro, de estreno, y la muleta manchá de sangre. El estaquillador cogido con las yemas de los dedos. Y llegó el trueno de un natural aprovechando la mansa querencia del burel. Morante empezó el pase con la izquierda a una hora y lo remató, muy detrás de la cintura, cuando las agujas de los relojes habían avanzado lo que nunca. Podríamos decir que el muletazo empezó en la Puerta del Príncipe y terminó en el Puente de Triana. Enorme. Larguísimo. Eterno. Con los flecos de la muleta haciendo surcos en el albero. Para recordar todas las mañanas para que nos alegre el día., que dice un amigo mío.
Como aquella verónica de Curro Romero —“el desiderátum”, dijo Fernández Román—, como el cartucho de pescao de Pepe Luís, como la media del Paula en Aranjuez, como la estocada de Paquirri a un Domecq en Sevilla, como aquellos derechazos de Julio Aparicio en los madriles, como el cite a pies juntos de Manolo Vázquez, como la salida de un par de banderillas de Montoliu.
Esta será la feria de San Miguel de “aquel natural de Morante”. El que empezó aquí y terminó allí, le dirán a sus nietos los que lo tuvieron la suerte de pulsearlo con la mirada.







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¿Ahíto de bravura, como todos?
¿Ahítos o ayunos, Eduardo? Disfruto con sus textos..