¡Ah, la vista, el más bello de los sentidos! Parece que el del oído es incluso más útil – en mil momentos de la vida social, los sordos se aíslan más que los ciegos – pero el de la vista es el más hermoso…
Tantas cosas se dicen en estos días de aislamiento, cómicas, animadoras, indignadas… Una idea que se repite es que “nada volverá a ser como antes”. Se dice que seremos distintos; se dice que “mejores”. A su vez, contra ese idealismo contrarreplican otros… En verdad, no sabemos qué sucederá. En principio, (y esto siempre dejando de lado la horrible crisis económica y social que se avecina, y que traerá tanta miseria. Quedémonos en el campo de lo psicológico, lo emocional…), parece tal vez “bueno” que muchos, niños y adultos, frenen aunque sea a la fuerza la escala de inmoderado consumismo e hiper estimulación en que estábamos inmersos. Muchos niños a los que nunca les han dicho “No”, ahora, por fuerza mayor, están aprendiendo tan útil palabra. Pero la cuestión es: ¿Qué ocurrirá después? ¿Pasaremos a un estilo de vida más sobrio y espiritual? ¿O bien, tan pronto como sea posible, volveremos a concentrarnos a en qué isla del Pacífico nos vamos a pasar la Nochevieja?
No lo sabemos. Pero por aventurar un deseo seguramente demasiado idealista, pongamos un ejemplo concreto, un ejemplo muy local. La próxima Semana Santa en Sevilla, ¿aprenderemos el deleite indescriptible de mirarla a través de los OJOS, sin intervención de cámaras?
Para una amante de la Semana Santa, es curioso que su insólita supresión no haya sido, íntimamente, tan, tan, tan super dolorosa como podría esperarse. ¿Por qué? Porque ya… (¿suena excesivo decir “porque ya se había perdido”? Bueno, tanto no, pero…).
En el recuerdo yacen escenas inolvidables de desolación, en esquinas que años antes fueron de deleite. Calle bulliciosa, multitud, noche, belleza, incienso, pasa el Cristo. Más allá de todo, esto era, decenios atrás, una vivencia de emoción colectiva. Pero en años recientes, no. La persona de al lado y la del otro lado y la de enfrente, cada una con su móvil, graba la escena, la “cuelga”, lee los comentarios de sus teleamigos. Todos los que me rodean están cada uno en una reunión diferente. La sensación de soledad de quien no usa en ese momento el móvil es indescriptible. Si fuera soledad física no importaría; estamos el Cristo y yo, sería una experiencia casi celestial. Pero no es tampoco eso. Es el ser una extraña, alguien que no participa de la vivencia. Es una rara sensación de exclusión… indefinible pero palpable, que le quita al momento casi toda su fuerza.
En fin; inútil alargarse tratando de explicar sensaciones que son de por sí indescriptibles.
Pero volviendo al tema inicial: no sabemos lo que sucederá después de este encierro de pantalla y pantalla. Es de temer que cree todavía más pantallismo del que antes había, que, aun retirado el estado de alarma, el enganche a la pantalla y a la telecompra y a la telecharla nos abogue a un estilo de vida virtual, aun cuando ya no sea necesario.
Pero, ¡cuánto desearía que fuera lo contrario! ¡Cuánto desearía que la gente aprendiera a mirar con los ojos, para que, al mirar con ellos, todos los que estamos en un recinto físico, o en una plaza, sintiéramos la experiencia de una vivencia colectiva y auténtica! Que luego después la pudiéramos narrar a otros, vale, pero que el MOMENTO fuera sólo para los que, juntos, miramos algo.
¡Qué privilegio es mirar con los OJOS! Un paisaje modesto de diario, como un cielo con unas nubes, con lo hermosas que suelen ser las nubes, cualquiera de ellas, vale más que mil puestas de sol espectaculares a través de pantallas. Y no vale decir: “Bueno, nadie te obliga a sacar el móvil, los demás que hagan lo que quieran”. Es que si los demás lo hacen, y se mete cada uno en su reunión, eso afecta a la percepción de la belleza del momento.
Bendita sea la vista, ojalá aprendamos a mirar…





