Mentir en seis idiomas es lo mismo que mentir en uno solo, porque lo importante no es la forma ni el número, sino la categoría misma: la mentira.
Otra cosa serán las consecuencias limitadas de mentir por lo bajito o tirando la piedra y escondiendo el gañote, que es la versión rastrera y cobarde de practicarla, pero en nada afecta a la categoría misma del embuste, que, al igual que la realidad, no se inmuta aunque le vuelques encima mil discursos o renombres las cosas para aparentar que hablas de otro asunto. Al menos no por tiempo indefinido y para todo el mundo.
A menudo la mentira es la táctica más lela de los bribones, poniendo a salvo la ingeniosa impostura de aquel personaje cinematográfico acosado por sus rivales que, disimulado en una sala de teatro abarrotada, a punto de ser atrapado por quienes le persiguen, se levanta y grita: ¡fuego!, mientras aprovecha la escandalera para salvar el pellejo y esconderse en el tumulto.
Joe Biden, por ejemplo, es un mentiroso a lo grande, descarado, con plumas y traducido a cientos o miles de lenguas en simultáneo. Un indecoroso consciente de sus fullerías electorales que se permite el lujo de acusar de «terrorismo interno» a su predecesor en el cargo y a la vez citar a Dios diecisiete veces en su investidura.
Más grave resulta que reclame por tres veces «unidad» cuando se refiere a que desista todo el mundo de oponerse a su intención de eliminar de facto la primera enmienda de la Constitución, la que se refiere al derecho a la libertad de expresión, columna vertebral no sólo de la democracia, sino, en realidad, de la Historia misma de Occidente, aunque más bien deberíamos decir de la Cristiandad, porque no es la ubicación geográfica de los países la que definió en el tiempo la necesidad de proteger ese derecho esencial, sino la evolución misma de un contexto cultural, moral y filosófico, la que contribuyó decisivamente, en un camino de piedras calientes y de escollos lacerantes, a asumirlo.
Hasta ahora (y así figura aún en los países avanzados, no se sabe bien por cuánto tiempo), sólo un juez, en las condiciones también asumidas en un estado de derecho, podía sancionar un posible abuso de la libertad de expresión. Pero las cosas han cambiado, o al menos eso es lo que pretenden quienes hasta llevan el apellido de Demócrata en el nombre del partido, aunque quizá de tales sólo tengan eso.
Están tan cercanos los hechos que, hasta hace apenas unos meses, aún algunos se tomaban la molestia de presentar denuncias ante los tribunales, porque así, de ese modo, es como lo estipulan nuestras normas.
La intención de regular un presunto delito de «incitación al odio» y descender a prohibir el uso del velo islámico de manera específica en lugar de someterlo al conjunto previo de normas civilizadas ya existentes, han sido un cáncer y un pavoroso estrés para nuestras democracias, que en lugar de defenderse redoblando esfuerzos, sucumbió ante el ataque de la barbarie a los caricaturistas de Charlie-Hebdo y buena parte de la sociedad, incluido el Papa, mostró su comprensión para aquellos cobardes.
Hemos visto en poco tiempo que no sólo las grandes empresas tecnológicas censuran, bloquean, coartan o manipulan de raíz la libre expresión de los ciudadanos sin reparo (incluso de un emperador), sino que cada día es más fácil toparse con gente como la periodista Nativel Preciado a favor de la censura previa sin necesidad de que medie la Justicia, sólo por el hecho de que cierta gente puede cometer abuso.
Lo que parecen reclamar en nombre de otros muchos no es tanto la prevención del presunto abuso cuanto de alinear los postulados de otros a los suyos y en nada les molesta que algo así sucediera siempre que los censurados sean los otros y les obliguen a coincidir con lo que ellos piensan.
La tiranía de esta gente es la del niño caprichoso, incapaz de ver el daño del conjunto si satisface sus deseos; o sea, un infantilismo más en esta época de niñatos malcriados y audaces pero ignaros, que a veces ni siquiera por edad les corresponde.
Sabemos que a esta tropa impostora, que disimula ser de izquierdas cuando expresan en toda regla lo que ellos denominan ideas fascistas, la objetividad, los derechos y la realidad no les preocupa lo más mínimo y también por esto yo los llamo fasciocomunistas.
Un «antifa» en realidad es todo esto, un apócope sin significado que se puede rellenar de contenido con un simulacro o una ocurrencia de cualquier signo y que dice defenderse cuando ataca o que está a favor de la paz repartiendo mamporros y destrozando el mobiliario urbano. Y así es como se explica que a Trump, sin haber emprendido una sola guerra, Biden le acuse gratuitamente de empujar a una «guerra incivil», mientras Obama se escondía de los ataúdes que llegaban a Bethesda o a West Point y le otorgaban un Premio Nobel de la Paz habiendo incendiado el mundo.
Para que se entienda mejor lo que les digo, mentiras abruptas y colosales las pronuncian a diario quienes no deberían ni sugerirlas, aunque a veces, sólo a veces, cabe pensar que no son mentiras sino mera incompetencia o ignorancia, como cuando la ministra Yolanda Díaz proclamó anteayer que «el sistema público de pensiones en España es sostenible y no presenta problemas de gasto, sino de ingresos…» Es difícil ser más embustera, por no pensar que es tonta. Ella sabrá lo que prefiere.
Y es que, sinceramente, era muy difícil mejorar lo de Ábalos, el del palillo en las muelas, cuando dijo que ahora hay más gente apuntada en el INEM porque ven más perspectiva de encontrar trabajo; o cuando Errejón sin gafas y mirada de búho asustado resumió la hecatombe de desabastecimiento en Venezuela por causa del ansia de consumir de los venezolanos ante la bonanza económica que disfrutaban. Y esto, ya digo, no tiene disyuntiva, como en el caso de la Yoli, porque eso es mentir a conciencia, con las dos manos y empujando.
Aun así, es bien conocido que se coge antes a un mentiroso que a un cojo. Los hay que lo reúnen todo y además son tozudos, torpes y mendaces como ellos solos. Pero si de mentir hablamos, sin el derecho a la libertad de expresión garantizado, Pedro Sánchez o Simón merecerían la pena a perpetuidad no revisable.
He dicho.





