Hay unas “sevillanas” de Ecos de las Marismas, que dicen “Cómo me duele Sevilla con su manera de ser”. Yo me permito modificar la letra de “Sevilla” por “Andalucía”. Y en este panorama me gustaría hacer mi particular narración de la situación de este sur peninsular.
A veces las comparaciones son odiosas, pero en otras son obligatorias para medir cual es nuestra posición en el medio que te rodea. Y como parece ser, que estamos en un colectivo enmarcados por fronteras, que debe o debería regularse por unas normas comunes, vamos a desgranar las variopintas formas que desarrollamos en nuestras formas de ser y nuestras formas de reaccionar, en cuanto a exigencias, ambiciones, sentimientos, costumbres, etc.
Partiendo de que la pureza no existe, por mucho que se empeñen los puristas, los llamados españoles provenimos de una mezcla de etnias que nos visitaron, nos dominaron y nos conformaron, sin preocupación de unificarnos en denominación, por la sencilla razón de que la península se repartía en reinos, comarcas, etc. Con ello queremos hacer recalcar, porque muchos no lo saben o no quieren saberlo, que la Nación, después llamado Estado, es un hecho artificial, provocado por la violencia y los matrimonios de conveniencia, sin que a nadie del pueblo dispusiera de otorgar su aprobación. Por supuesto el titulo de Católico, Apostólico, Romano fue impuesto por los conquistadores de almas con armas.
Pero la unificación en el poder no se reflejó en las poblaciones cercanas y comunes, sino que cada una de ellas reflejó una idiosincrasia acorde, bien con la climatología, la riqueza natural, las costumbres, las artes y las técnicas que los nuevos ciudadanos dejaran depositadas.
Son siglos lo que han pasado en nuestra historia, y ni el espacio ni mis conocimientos pueden competir con maestros en la materia. El empeño en este trabajo es el por qué del desequilibrio existente, no ya entre las distintas clases sociales, sino, más principalmente, la que nos distancia entre regiones o comunidades.
Cuando los señores conquistadores comenzaron sus andanzas, contó con colaboradores otorgándoseles ducados, marquesados y condados, una clasificación en supongo en proporción a sus cacerías. Y se fundó, de hecho y no de derecho, el club de los señoritos que se asentó en Andalucía por lo atractivo de su clima y la escasa posibilidad de que el pueblo los molestara.
Tras el Descubrimiento tuvimos una época de esplendor, no solamente por el intercambio cielo por oro, y se instalaron industrias de todas las clases, comenzando por la Fábrica de Tabaco, primera industria en aquel entonces, astilleros, textiles, altos hornos, fundiciones fábrica de vidrios, la famosa cerámica trianera y toda clase de maquinaria, herramientas y utensilios propias del momento. Todo quedó aquilosado por la falta de adaptaciones técnicas, de empresarios valientes, y porque la habilidad de foráneos dirigieron sus recursos en beneficio propio.
Pero todo el emporio fabril y comercial se fue diluyendo entre el acaparamiento de Cádiz, la desamortización de Mendizábal, con su revolución liberal, y otras cuitas, con lo que Sevilla, y Andalucía fue perdiendo poder económico convirtiéndose en una colonia dentro del país, dedicada a recordar su pasado y convertirse en folklore barato (no el de Demófilo), lugares de diversión para olvidar, y exigirles a los demás, mientras esos demás luchaban por sus intereses, una lucha a la que nosotros renunciábamos por puros intereses de nuestros dirigentes. Eso sí, rellenamos nuestras aspiraciones con procesiones y fiestas, a veces, de las más majaderas.
Son ya bastantes voces autorizadas las que no han dudado en culpar de nuestra situación económica y social a los propios andaluces. Somos nosotros los únicos que podemos levantar a nuestro pueblo, y cuando algún “papafrita” habla de la ayuda del actual Gobierno a Cataluña, esos que yo le llamo de memoria sectorial, se le olvida las preferencias económicas a aquella región, ha sido santo y seña de todos los gobernantes españoles (incluso en la Dictadura) es porque han luchado, han exigido, lo suyo y lo ajeno para mejorar sus niveles de vida, mientras que nuestro tiempo lo hemos dedicado a pedir que lo hagan otros. ¡Y así nos luce el pelo, incluido a los calvos.
En la actualidad gozamos (¿) de un Presidente de la Junta cuya obsesión es su provincia, el turismo, casi en exclusiva el de esa zona, muchas firmas de acuerdo, muchas promesas y muchas sonrisas. Me recuerda a aquel Solís Ruiz, Ministro de varias carteras y que en círculos populares se le llamó “la sonrisa del Régimen” que cometió cuantas tropelías quiso, como el de las cooperativas de Jaén con su hermano Domingo.
Sólo un apunte por si sirve de algo: por mi situación física los servicios sanitarios me atienden en mi domicilio. En cada ocasión una enfermera me visitaba para las curas y el control. Esta persona, eficaz como ella sola, se jubiló y desde entonces cada vez la sanitaria que me atiende es distinta, con lo cual desconoce, por falta de experiencia, los casos concretos a pesar de su buena voluntad. Al preguntarles el motivo de las variaciones en estas asistencias, me dicen que sólo le hacen contratos por un mes. Y mientras tanto el Señor Moreno con su perpetua sonrisa utiliza su Canal Sur para presumir de su heroicidad y lo que estamos avanzando en su mandato, pero que yo, probablemente por deficiencia óptica, sigo viendo a nuestra Región entre las últimas del escalafón europeo.
Quizás fuera recomendable insertar en los periódicos catalanes un anuncio que dijera: “Se cambia político con sonrisa y promesas, por dirigentes que sepan defender los intereses de a quienes representan”.
¿Está claro el por qué los catalanes están donde están y los andaluces estamos donde estamos?





