Ya sabemos que la historia difícilmente se repite nunca, ni como tragedia ni como farsa, a pesar de lo que creía Marx. Pero en el devenir de los tiempos es verdad que a menudo se suceden fenómenos que dejan la impresión de dejà vu. Por ejemplo, la Primera y la Segunda Guerra Mundial pudieron parecer en su momento la repetición de una jugada que no había salido conforme a los deseos de una parte de sus protagonistas, aunque las diferencias fueran también notables.
Del mismo modo, observamos cómo la situación política de la España de 2019 tiene muchos rasgos en común con la que se tenía durante los años 30. Cuando se hace notar esta circunstancia, muchos se escandalizan, y aluden a la gran cantidad de elementos discordantes que se dan entre lo que sucedía antes y la situación actual. Efectivamente, en aquellos años había hambre en España, se producían centenares de muertos en las calles y las ganas de repartirse bofetadas se veían por ambas partes, cosas que, gracias a Dios, hoy no se dan, al menos todavía. Y estamos de acuerdo con quienes piensan así, puesto que los acontecimientos históricos siempre tienen su propia individualidad irreductible. Pero hay inquietantes rasgos que demuestran una tendencia clara de la cabra de tender al monte. Sobre todo, por parte de una izquierda que se caracteriza por su mal perder y su tendencia a pretender ganar por medio de la algarada o de la barricada lo que pierde en las urnas. Todo muy democrático, como ven.
A despecho de lo que dicen nuestras inicuas leyes de Memoria Histórica, el conflicto que estalló en España entre 1936 y 1939 no fue una ocurrencia de un puñado de militares reacios a las libertades, sino el resultado final de unas tensiones sociales exacerbadas sobre todo por unas izquierdas mesiánicas, totalitarias y agresivas que hicieron imposible la convivencia y la alternancia democrática en el poder. A pesar de esta evidencia, ellos se las han arreglado para imponer, de forma desvergonzada, una delirante interpretación de los hechos según la cual organizaciones como las del PSOE, el PCE, la CNT y ERC, pese a su siniestra trayectoria homicida, fueron víctimas inocentes de la represión franquista. Mientras tanto, a otros partidos que no tienen más de cinco años, como VOX, se les acusa de pretender resucitar ideas periclitadas o de pretender volver al pasado. Y lo peor de todo es comprobar cómo esta burda manipulación de los hechos es sustentada por tantos centristas y moderaditos, muy realistas para negociar con la izquierda si hace falta, pero “puros e inmaculados” hasta el punto de no querer hablar siquiera con los de la derecha sin complejo, no les vaya a contagiar la peste. Incluso se han tragado la necesidad de las dañinas leyes que imponen como verdades de fe ciertas versiones del pasado, que esgrimen argumentos sentimentales referentes a esos abuelitos que aún yacen por las cunetas por culpa del Generalísimo. Como si hiciera falta una ley para dar digna sepultura a quienes perdieron su vida de forma dramática hace ya ochenta años.
Unos de los rasgos comunes es la tendencia de los extremistas de izquierda a tildar de “fascistas” a sus adversarios políticos, como si el pensamiento de Mussolini tuviera hoy fervientes seguidores, y como si la derecha tuviera también su banda de la porra con la que amedrentar a sus adversarios. Incluso tienen la poca vergüenza de emplear consignas belicistas, que proceden de aquellos tristes años, como esa que decía “no pasarán”, para oponerse a la toma de posesión de los nuevos cargos democráticamente elegidos. Si tuvieran un mínimo de cultura y supieran a ciencia cierta la escasa eficacia que tuvo aquel eslogan, tal vez se avergonzarían de usarlo.
Son demasiadas las analogías: protagonismo de un separatismo catalán desmadrado, unas instituciones cada vez más degradadas, por golpistas, una Europa en la que cada uno va a su avío y una sensación cada vez mayor de que las viejas recetas de los políticos al uso tienen sus días contados. Los que crean que la situación de nuestros días no tiene nada que ver con el pasado, que reflexionen lo que ha ocurrido hace bien poco en Venezuela, un país rico que tenía una pujante clase media y al que no hace tanto los españoles emigraban con una mano delante y otra atrás. Allí también creían que a ellos no les podía pasar lo que hoy está pasando.





