Un par de semanas antes que Diana dejara a su hermano Ricardito la mañana del día de Reyes un tarro de mermelada junto al árbol de Navidad, ocurrió algo feo, pero también algo hermoso. Y me dispongo a contároslo.
Faltaban solo tres días para las vacaciones de Navidad. En la casa ya se respiraba hacía semanas ambiente festivo, toda ella adornada con el primor y el cariño que siempre ponía la madre a todo lo que hacía en el hogar.
A la señorita Julia la familia le había concedido un par de días libres para hacer compras y preparar su casa para las fiestas (también para descansar un poco del bullicio y trajín de aquella casa tan loca y, digámoslo así, peculiar.
Los niños, deseosos de vacaciones, intentaban acortar esas horas restantes de colegio mientras, en las aulas, los profesores ponían en eso de su parte programando actividades relacionadas con las cercanas fiestas, salidas por los barrios a visitar belenes, hacer felicitaciones navideñas ingeniosas en las clases de Plástica, dibujar árboles de navidad o adornos, pequeñas representaciones teatrales alusivas al nacimiento del Niño o a la adoración de los Reyes Magos….Así que el ambiente era de alegría y fiesta, olvidados por unos días los exámenes, los libros de matemáticas y lengua, los «cates» y los aprobados raspadillos….
Para Diana también, sobre todo para ella, eran días felices. Aunque de la misma edad que Álvaro y el pequeño Ricardito, que ya para siempre tendría doce años, la mentalidad de Diana era mucho más infantil que la de su hermano Álvaro. Vinieron al mundo juntos, pero cada uno nació distinto…
Para la pequeña, aquellos días eran los más felices del año y los vivía, desde mucho antes, con ilusión desbordada La profusión de pequeños acontecimientos fuera de la rutina habitual, los teatrillos, las funciones escolares, los chocolates con churros y dulces navideños, los calendarios de Adviento, el anuncio de que pronto habría de escribir la carta a los Reyes…. todo ello la emocionaba de tal manera que su estado era de excitación constante. Podría decirse de ella que, en aquellos días, era la más pura e inocente ilusión que imaginarse pueda.
Pero aquel día, el penúltimo de clase antes de las vacaciones, al regresar del colegio, la madre percibió un gesto más triste de lo habitual en la niña y le preguntó, como hacía siempre, sobre el día en la escuela, ¿que había hecho?, ¿qué asignaturas había tenido?, ¿con quién había estado en el recreo? …normalmente la niña contestaba con desgana, impaciente por acabar con el diario interrogatorio…pero ese día, al llegar a la pregunta del recreo quedo callada y la madre hubo de insistir en ella, ¿con quién has estado en el recreo? Normalmente la respuesta era «he estado sola tomándome el desayuno», o, a lo sumo, «estaban sentadas a mi lado la seño esta o la otra», a veces era «estuve andando con el andador un ratito».
Las malditas últimas intervenciones quirúrgicas habían dañado su movilidad y su estabilidad, y ella, que antes de aquello andaba sola con bastante seguridad, ahora necesitaba un andador para conservarla…. Aquel día no decía nada, así que la madre cambió la pregunta: ¿has andado por el patio con el andador? La niña, dubitativa y renqueante dijo que sí. La madre insistió: ¿pero había alguien contigo?, ¿te acercaste a algún grupito de niñas?…
– Sí, mamá, me acerque a un grupito de niñas.
– ¿Y te presentaste?
– Sí, les dije que me llamaba Diana….
– ¿Y hablaron contigo?
Un silencio espeso fue la respuesta.
– ¿Te dijeron algo, Diana?
-Una niña me dijo que me fuera….
La madre, que había intuido que algo había ocurrido, continuo…
– ¿Y te fuiste?, ¿Qué te dijo la niña exactamente?
– Sí… es que… me dijo «vete, niña sin cerebro”.
No era la primera vez que ocurría, ya antes habían pasado episodios similares. En aquellas ocasiones la madre había hablado con las profesoras. También lo haría esta vez.
En el camino a casa, como muchos otros días, se encontraron con Álvaro, que también salía del colegio. Como la conversación de madre e hija seguía girando sobre el mismo asunto, el niño se enteró de todo lo sucedido.
Un rato después llegó el padre al hogar. Nada más abrir la puerta, Álvaro le espetó:
– ¿Sabes lo que le ha pasado hoy en el cole a Diana?
No, no lo sabía, pero entre la madre y Álvaro lo pusieron rápidamente al día. Álvaro, muy enfadado, decía que si se encontraba con esa niña que había hablado así a su hermana se iba a arrepentir de haberlo hecho.
El resto de aquel día no volvieron a hablar del tema. Ninguno quería recordárselo a la niña. Más bien al contrario, intentaron hacerle la tarde lo más divertida posible. Incluso la hermana mayor, Diana, que con sus diecinueve años apenas paraba en casa más que para comer, ducharse y dormir, participó en ello. Entre todos, ultimaron los detalles postreros adornando la casa y el padre puso las canciones navideñas que más gustaban a la niña, Nat King Cole, Bing Crosby con las Andrew Sisters, la inevitable Mariah Carey… todos se asombraban del gusto musical de Diana cuando los padres o ella misma decían cuáles eran sus preferidos.
Y, para acabar la tarde, antes de cenar, vieron en la tele grande del salón una de las películas preferidas de sus padres para ver en Navidad, se llamaba “Las Campanas de Santa María”, había en ella un cura muy simpático y que cantaba como los ángeles, unas monjas, sobre todo una, muy guapa y sonriente, y niños y niñas en una escuela en que las monjitas daban las clases… a Álvaro le encantó pero a Diana le aburrió un poco, ella aún prefería los dibujos animados. Gloria, por su parte, la dejó a la mitad para irse a su habitación a chatear con alguna amiga, su afición favorita.
Así pasó la tarde y llegó la noche. Diana, aunque no lo dijo a nadie, tuvo pesadillas aquella noche, pero se pasó a la cama de su hermano Álvaro y se abrazó muy fuerte a él hasta quedarse dormida de nuevo.
Al día siguiente, la madre, como cada día, se dirigió, sobre las dos y media, al colegio de Diana para recogerla. Era el último día antes de las vacaciones navideñas.
En el trayecto, entre triste y enfurecida, rumiaba lo que les iba a decir a las profesoras y como se lo iba a decir. Como tantas otras veces, le oprimía el pecho esa dolorosa sensación mezcla de soledad e incomprensión, desdichadamente tan familiar.
Al comenzar a subir las escaleras que daban acceso al patio donde siempre le esperaban Diana y su profesora, le pareció oír una voz conocida… no, no podía ser, parecía la voz de…, sí, era él, era… Álvaro.
Allí estaba el niño, plantado ante la profesora y dando la mano a su hermana Diana, y le exponía con tranquilidad, pero con firmeza, a la tutora, que aquello no podía volver a suceder y que tenían que tomar medidas contra la niña protagonista del hecho para que no se le ocurriera repetir algo así con su hermana.
La madre, atónita, preguntó a la profesora, mirando a su hijo con extrañeza.
– ¿Qué le decía Álvaro? Qué sorpresa, Álvaro, ¿qué haces aquí? – alcanzó a decir, totalmente sorprendida como estaba.
-Ah, no se preocupe — respondió la tutora de la niña, a todas luces agradablemente sorprendida del comportamiento del niño- su hijo me decía lo que se preocupa de su hermana y lo mucho que la quiere- terminó, mirando sonriente a Álvaro.
Luego, ya en un aparte, hablaron la madre y la profesora y, finalmente, abandonaron el colegio para volver a casa.
Álvaro, durante el camino a casa, giraba alrededor de Diana dando saltos y Diana no podía dejar de reír, mientras contemplaba las piruetas de su loco hermano con una mirada mezcla de amor, alegría y felicidad.
La madre los miró a ambos con la suprema ternura con que solo puede mirar una madre a sus hijos y sintió como resbalaban un par de lágrimas por sus mejillas.
Y, precisamente en ese exacto segundo, en ese instante concreto, supo, con una seguridad que no emanaba de ella, sino de algo mucho más grande, que Diana nunca estaría sola.





