No parece que haya de ser una experiencia triste el detenerse un momento en las estanterías de una librería infantil, en la parte dedicada a niños muy pequeños… Podía esperarse incluso que esto proporcionara unos instantes de enajenación feliz.
¡Ay, esto no sucede! Donde esperábamos ver un remanso de inocencia y de fantasía, lo que hallamos es la exaltación de lo más prosaico de la vida, lo molesto, lo enojoso (“María se lava las manos”, “¡Vamos al dentista!”…). Ir al dentista es una molesta necesidad, que no ha de ocuparnos mucho pensamiento; el ver esa anodina actividad elevada a la categoría de título de cuento infantil, un alma romántica puede hasta deprimirse. Ahora se entiende por qué los niños de ahora no le temen al médico; pues bien está, pero eso se ha conseguido a un alto precio.
Esos títulos (sobre el médico, sobre el baño…) no son excepciones. Es lo que hay. También, mirando bien, se tratan temas como visitar a los abuelos, celebrar el cumple del amigo, sacar a pasear al perro… Todo lo cotidiano, lo diario. En vano buscamos un rescoldo de fantasía. No hay reyes ni princesas; ni dragones, ni héroes; ni tres hermanos que salen en busca de aventuras; no hay hadas ni brujas, ni monstruos; no hay ningún relato con principio, desarrollo y final, con malos y buenos, con aventuras o algo de peligro o de intriga; no hay castillos ni cabañas ni cuevas misteriosas. Pepito se lava las manos, y Jennifer le da un beso al abuelo; Johnny tiene gafas nuevas y Martina se abrocha en cinturón de seguridad. No hay más.
Es de suponer que lo que hoy llaman “ser correctos” ha podido influir en este fenómeno, este panorama de desoladora sosería en un mundo que más bien tenía que ser de ensueños. En efecto, todo lo que sean castillos, princesas, aventuras y combates, reyes y sirvientes, puede resultar problemático en una civilización que abjura de lo que ella misma es, pero que no sabe ser otra cosa. Pero ese es otro tema… inabarcable por demás.
Nadie ve nada malo en estos libros de hoy. “Visitar al abuelo, abrocharse el cinturón”, ¿qué tiene de malo?, dirán. Hacer esas cosas, nada. Que sean el único tema a la hora de la fantasía produce un achicamiento del horizonte, una limitación del espíritu, como acaso no haya habido igual en la historia. Esto, unido a la falta de transmisión de toda noción sobrenatural, puede estar produciendo unos efectos tremendos…
La supresión de todo elemento de intriga, misterio, aventura, no se debe sólo a las presiones más actuales (evitar clasismo, racismo, sexismo y demás). Datan de mucho antes. Hace decenios que en los cuentos se intenta evitar que los niños pasen miedo; o que se entristezcan; o que vean violencia; o que el malo acabe mal, o incluso ni que haya buenos ni malos… El elemento religioso, por supuesto, totalmente suprimido (todo clásico adaptado recibe casi de oficio ese corte, la eliminación de toda alusión religiosa). El resultado es que los libros, que debían introducirnos en lo abstracto, lo que hacen es sellar y apuntalar lo prosaico y cotidiano.
¿Y esto produce “malos efectos”? Bueno…
En artículos especializados se comenta el enorme aumento de niños que padecen TDAH (trastorno de déficit de atención e hiperactividad). Una denominación un tanto eufemística, que en realidad describe a unos niños casi incapaces de imaginar lo abstracto, de seguir el hilo de una historia; pueden ser muy listos para todo lo material, palpable y cotidiano, pero nadie espere que se interesen por una leyenda o se emocionen ante el hallazgo de un misterio; nunca se enfrascan en un libro o una película, y tampoco, claro, en la explicación de un profesor. Y se multiplican las clases particulares de “lectura comprensiva” – un adjetivo que, como tantos otros de hoy día (padre biológico, familita tradicional) hubiera sido innecesario en otro tiempo. ¿Qué es la lectura comprensiva? Pues leer enterándose. Proliferan los que a domicilio imparten tan extraña ciencia.
¿A qué se debe el aumento? Se comenta que seguramente en otras épocas habría el mismo número de afectados por TDAH, pero que no se diagnosticaban (una teoría muy socorrida, imposible de refutar, para todo tipo de dolencias). Se dice también que puede deberse al tipo de alimentación moderna. Puede ser.
Pero cabe preguntarse:¿Y la alimentación del alma, no puede haber influido?
Porque los criticados dragones y princesas cautivas, y hadas y brujas, y tesoros ocultos daban alas a lo que en el espíritu humano hay de capacidad de emoción y de arrobo. Tal vez la niña que se quedó absorta con la historia de la Bella Durmiente sea capaz, años más tarde, de maravillarse ante el fenómeno de la cristalización de un mineral… pero esto no conmueve a la que, en años cruciales, sólo le hablaron de que “Perico va al dentista”.





