Por Luis Antequera.
A la que tantos apelan sin saber muy bien, a veces, ni qué es lo que quieren, ni para qué sirve.
Lo primero que cabe preguntarse es “qué” es derecha, o mejor dicho, “quién es derecha”, porque ¿se puede considerar derecha a un partido que, como el PP, sube impuestos (Rajoy el IVA del 18 al 21%), sube la deuda (Rajoy del 69 al 100% del PIB), aumenta en consecuencia el tamaño del estado (en niveles que superan el 40% del PIB), permite un referéndum ilegal de secesión en Cataluña (Rajoy en 2014), comulga con el aborto aborto-derecho, con el divorcio express, con el movimiento LGTBI (aunque éste no comulgue con él), con el feminismo radical (aunque éste tampoco lo haga), con las leyes y campañas discriminatorias del varón, con el cambio climático, con el adoctrinamiento en las aulas, con el lenguaje “inclusivo”, con la memoria histórica? ¿se puede considerar “derecha” a partido tal?
De Vox, la otra parte de la ecuación, poco podemos decir, por no tener todavía una historia de auténtica responsabilidad de gobierno, más allá de la de respaldar gabinetes del PP para desalojar al PSOE.
Cabe otro enfoque de la cuestión, que es el que parece hacer buena parte del electorado español, y quién sabe si muchos de los lectores de estas líneas: es derecha todo aquello que no es PSOE, algo a lo que parece que ha quedado reducido en España la propuesta de la autodenominada “derecha”, una especie de “quítate tú que me pongo yo”. Cabe entonces preguntarse: para derrotar a ese PSOE y sus adláteres a la izquierda, ¿realmente es necesaria la unidad de la derecha, es decir de Vox y del PP?
La experiencia acumulada en España desmiente de plano la propuesta. En Andalucía, tras cuarenta años de apabullante dominio del PSOE, que parecía pegado a la silla con cola araldit, se le vino finalmente a derrotar cuando “la supuesta derecha” (incluída en este caso incluso Ciudadanos) compareció dividida… ¡¡¡en tres!!! ¡¡¡No en dos, no, sino en tres!!! El PP está acostumbrado a obtener en Madrid sobradas mayorías absolutas, ahora bien, ninguna, absolutamente ninguna, de la entidad de la alcanzada en la última convocatoria electoral si se suman los escaños de PP y Vox. Más bien al contrario, cabe cuestionarse si habría obtenido tantos escaños de haber concurrido ambos partidos unidos.
Y está, por fin, la matemática electoral que impone en España la combinación de los dos factores que condicionan su sistema electoral: la división en circunscripciones y la ley d’Hont, que los periodistas españoles, parece mentira, todavía no parecen entender después de cuarenta y tres años de estar en vigor… (algo está pasando en las facultades españolas de periodismo, oiga).
La regla d’Hont es una regla absolutamente proporcional: tanto porcentaje tienes de votos, tanto porcentaje tienes de escaños. Por esa razón, una coalición entre dos partidos no sirve para obtener más escaños en las convocatorias electorales en la que no existen circunscripciones, por ejemplo las elecciones europeas, por ejemplo las elecciones madrileñas, las murcianas, las cántabras y tantas y tantas otras. Y sí podría servir, por el contrario, para conseguir menos votos, por un efecto en este caso diferente, si se quiere psicológico, como es el de aquellos votantes de Vox que se pudieran negar a votar una lista nutrida con candidatos del PP, o, probablemente más importante, el de aquellos votantes del PP que se pudieran negar a votar una lista nutrida con candidatos de Vox.
En el sistema electoral español, sólo puede ocurrir un efecto distorsionador de la proporción de votos respecto de la proporción de escaños que propicia la regla d’Hont en aquellas convocatorias electorales en las que SÍ hay circunscripciones, y ello sólo -ojo, esto es importante-, en aquellas circunscripciones electorales que aportan muy pocos escaños, y en las que el efecto proporcional de la regla d’Hont “no tiene tiempo”, digamos, de expresarse adecuadamente, porque cuando va a hacerlo, ya no le quedan escaños que “regalar”.
Con ejemplos: en un Madrid, en Barcelona, en Valencia, en Málaga, en Sevilla, en Alicante, en Murcia, en Cádiz, en Baleares, en La Coruña, en Las Palmas, en Vizcaya, en general en todas aquéllas provincias que aportan más de ocho escaños al Congreso, incluso siete si se quiere, concurrir unidos o separados debe tener un escaso o nulo efecto electoral para los partidos que tienen que tomar esa decisión.
Sí lo tiene, y mucho, en aquellas circunscripciones que envían pocos escaños al Congreso nacional (Ceuta, Melilla, Soria, Avila, Cuenca, Huesca, y tantas y tantas otras). Es la circunstancia, pongo por caso, de un Avila, donde se eligen tres escaños, en la que el partido ganador, por el sólo hecho de serlo, obtendrá fácilmente dos de ellos, y el segundo partido más votado, el tercero. Con lo cual, partidos con un porcentaje elevado de votos que pudieran alcanzar incluso un 25% de ellos, se quedarían fuera del escrutinio.
En el caso de estas circunscripciones sí puede ser conveniente alcanzar algún tipo de acuerdo, acuerdo que, primero, no tiene por qué extenderse necesariamente al ámbito nacional; y segundo, puede consistir en concurrir unidos a las elecciones, pero puede consistir también en que uno de los dos partidos no se presenta a la elección en esa circunscripción.
Parecida decisión podría ser aconsejable en aquellas provincias donde a pesar de otorgarse varios escaños, la esperanza electoral de los dos partidos cuya situación analizamos es muy exigua, caso por ejemplo de Vizcaya.
Y bien amigos, con este breve análisis nos despedimos por hoy, no sin desearles como siempre que hagan Vds. mucho bien y que no reciban menos.
LUIS ANTEQUERA






1 Comment
Excelente punto de vista del articulista.