¿Por qué hablar de Boris Johnson? ¿No tenemos en España, y aquí en esta ciudad, e incluso probablemente sin salir de nuestra vecindad más inmediata, asuntos más cruciales que tratar…?
Pues sí. Pero a veces la distancia proporciona algo de perspectiva. Y también un poco de descanso emocional. A veces es necesario fijarse en asuntos algo más lejanos, que no nos afecten tantísimo, en estos tiempos en los que cada noticia parece atentar a lo más íntimo de nuestras vidas, algo en lo que no tendrían que inmiscuirse los gobernantes (cómo hablamos con un esposo, qué comprarle a un niño, cuándo vamos a ver a la abuela… Ni Hitler, ni Stalin, ni Atila rey de los hunos, ni Asurnasirpal el cruel rey asirio, hurgaron en tales cosas…).
Pero volvamos a Boris Johnson. Saltó hace días la noticia de que había estado de alegres francachelas durante la Navidad pasada, justo cuando el país que él regía se hallaba bajo ese régimen inaudito de encarcelamiento sin juicio previo que hemos asumido con tanta naturalidad bajo el nombre de “confinamiento” (luego nos extrañará que las luchas de gladiadores, los mercados con puestos de esclavos junto a los de fruta, etc, se aceptaran con tanta normalidad hace dos mil años). Y recientemente ha saltado otra noticia idéntica, de Johnson en alegres piscolabis esta vez en primavera de este año, cuando las reuniones (da risa decir esto, ¡y la naturalidad con que nos lo tomamos) estaban limitadas a… ¡dos personas!
Hay precedentes, sí, de gobernantes saltándose las normas que ellos mismos imponen. Pero intento afirmar que este caso, el de hacer fiestas cuando se ha obligado a la población a aislarse pertenece a una categoría totalmente diferente; que este tipo de infracción no sólo demuestra la “poca moralidad” de un gobernante, algo que nos extraña poco, sino que desmonta total y absolutamente el sentido de la política que han implantado.
Pensemos en un ejemplo recurrente: el ministro o el alcalde al que sorprenden al volante de un coche con algunas copas de más. A veces se da el caso de que es justo el político que más influyó en legislar de modo que la tasa de alcohol permitida fuera de cero absoluto (acaeció una vez, sí, en Gran Bretaña; hay que decir que al ministro en cuestión le tendieron una especie de trampa –acuerdo entre taxistas para cuadruplicarle el precio convenido- en la cual cayó, y luego –cosas del Reino Unido- dimitió de su cargo…). En fin, sin entrar en casuística, es un caso que se repite a menudo. En estos casos, podemos fundadamente criticar al político infractor por su grave irresponsabilidad, por incumplir unas normas que todos aceptamos como necesarias, y ya hasta por chulería y abuso de la idea que tienen de su superioridad e inmunidad… en fin, podríamos hablar muchísimo de lo repugnantes que son estas infracciones por parte de los mismos que legislan, y criticaríamos con toda la razón.
Pero una vez dicho esto, debemos reconocer que dichas infracciones, si bien demuestran la poca valía moral de ciertas personas, no dañan el principio de la ley en sí. Es decir: seguimos convencidos de que no debemos conducir habiendo bebido. Tal o cual ministro ha hecho algo peligroso e irresponsable, sí; pero a nadie se le ocurre que la reacción adecuada sea imitarlo.
La prohibición de alcohol al volante, prácticamente todo el mundo acepta su conveniencia. Y también es cierto que muchísimas personas pueden verse en situación de incumplirla, siquiera sea levemente. No hay contradicción, sino el carácter de la vida misma. Prácticamente todos los bebedores ocasionales dirán, con sinceridad, que la norma les parece bien; y casi ninguno podrá jurar, en la complejidad de situaciones vitales, que no la va a incumplir nunca (falla el conductor acordado; no hay modo de encontrar taxi, a alguien le entra una urgencia de regresar a casa a toda prisa… mil cosas). La infracción ocasional de un gobernante irrita especialmente, pero no daña el fundamento de esta ley. Seguimos convencidos de que conducir un vehículo habiendo consumido alcohol o drogas es algo peligrosísimo que debe evitarse, y ser sancionado.
Radicalmente distinto es el caso de los festines de Boris Johnson (y de tantos otros). Resulta que, con la excusa de una pandemia gravísima y tremenda que amenaza con destruir a la Humanidad, pues en la vieja y democrática Europa, en esta Europa tan rebosante de libertades y de garantías que el mayor de los asesinos encuentra a mil letrados y togados para defender gratuitamente sus grandes Derechos, se impone de repente una ley que no le entró en la cabeza a ningún tirano de la Historia: que nadie salga de casa. Prohibido ver a los abuelos, a los padres. No se sale de casa. No puedes juntarte con familiares; no, ni en Navidad. Máximo de cinco; no, de dos (?).
La inhumanidad de esta ley es tan grave (las palabras se quedan cortas ciertamente) que sólo puede justificarse ante una situación de epidemia similar a la Peste Negra.
(Algunos creemos que ni aun así. Si toca morirse, pues muramos con humanidad al menos. Pero claro, a una sociedad que no acepta la muerte se le asusta fácil…).
Reunirse las personas no es malo en sí. Al contrario, es lo más natural y humano que pensarse pueda. Si se prohíbe algo tan natural y humano y necesario, tiene que ser (repito que algunos no podemos justificarlo nunca, pero en fin) bajo una amenaza de caracteres extraordinarios, alarmantísimos, inéditos.
Si los propios gobernantes que imponen esas medidas inhumanas de crueldad inaudita (¡prohibir visitar a la abuela nonagenaria! ¡Prohibir ver a un amigo! Que nos esquilmen a impuestos, eso se ha hecho desde el principio de los grandes imperios, pero ¿prohibir ver a una hermana, a un amigo…?) con la excusa de evitar el contagio de una enfermedad gravísima, si esos mismos gobernantes se reúnen con amigos y familiares en fiestas… pues… la cosa es totalmente distinta a cuando les pillan “al volante y bebidos”. Beber y conducir es malo. Reunirse, no (es incluso intrínsecamente bueno)
Quiere decir que… ellos mismos no se creen que haya razones para no reunirse.
Si pensáramos bien esto, se vendría abajo un castillo de naipes gigantesco.
Y hablamos de Boris Johnson por no hablar de lo más cercano; no sea que lo hirviente de la indignación, cuando nos toca de cerca, arruine la mínima serenidad de la que tanto hemos menester…





