Se lee estos días en la prensa que el Ayuntamiento suprimirá este año la “ley seca” que se impuso el año pasado en una serie de establecimientos cercanos a la feria, prohibiéndoles vender alcohol aun contando con todos sus permisos y licencias. Esto se debe, leemos, a que dicha medida (que calificaríamos de inconcebible si no es por lo habitual que se ha vuelto) pues “no ha impedido las botellonas y en cambio ha perjudicado tanto a los establecimientos legales como a los vecinos”. En fin, rectificar es de sabios… aunque bueno, es curioso que los gobernantes manifiesten sistemáticamente un nivel de inteligencia tan inferior a la media, es decir, que necesiten una serie de años para ver lo que cualquier ciudadano de a pie comprende desde el principio.
Habrá que alegrarse de la rectificación. Y mucho más, siguiendo con la noticia, ante las nuevas medidas que piensan implantarse. El Ayuntamiento de Sevilla, señores, ha descubierto la pólvora. He aquí la novedad, tal como la vemos redactada en un periódico: “El Gobierno local apuesta por perseguir a los infractores”.
¡Albricias! Ciertamente, es algo que estaba inventado. El Código de Hammurabi y las leyes de Moisés, y sin duda todas las anteriores de las que no tenemos ni noticia, especificaban los delitos, y se perseguía a los infractores, considerados éstos como seres humanos, provistos de libre albedrío y responsables por lo tanto de sus actos. Así ha sido durante milenios, hasta época reciente, en la que se trata a los delitos como si fueran incendios o inundaciones: fenómenos naturales, que hay que intentar prevenir o bien mitigar sus efectos con una serie de medidas más o menos estrafalarias, pero jamás considerando que están perpetrados por seres humanos libres, y que son éstos los que deben ser sancionados.
La curiosa mentalidad actual se aplica incluso en los delitos más graves. Pero en fin, ciñéndonos a lo inmediato, a este tipo de infracción más bien leve (beber en la vía pública): bienvenida sea la “nueva” actitud (siempre ganará en cultura quien se entere en 2024 de que existe el Mar Mediterráneo – no le reprochemos el que no lo supiera antes).
Dada la prohibición de beber en la vía pública, se trata de frenar, y si procede, sancionar, al que vean incumpliendo esta norma. Es más laborioso, claro, para la policía local; es más molesto, supone un cierto riesgo (¿y si tienen que enfrentarse a un borracho agresivo? ¿Y si alguien les contesta mal…?) Siempre es mucho más seguro y rentable para ellos, el seguir acribillando a los establecimientos legales, ahogados a base de normas y regulaciones. En fin – no nos consolamos de la pérdida de inocencia, de aquella confianza infantil que bien hubiera podido ser vitalicia de asimilar la palabra “policía” a algo justo y bueno, a guardián de la ley y el orden… ¡cuánto daríamos por seguir teniendo esa confianza! ¡Y qué dolor, tener que extraer la conclusión contraria, ya de obviedad innegable, y vernos obligados a darles la razón a los que nos desagradaban por cínicos! Bueno, Dios nos libre de caer en el cinismo. Pero cuando una pared la vemos negra, pues no podemos decir que sea blanca.
“Perseguirán a los infractores”. Esperemos que sea cierto.
¿Y qué tal si se extendiera esta actitud a todos los delitos? En estos días empezamos a ver, con espanto, anuncios de aseguradoras “contra los okupas”. Y nadie parece advertir lo peligrosísimo, lo perverso de semejantes “seguros”. Es renunciar a perseguir al delito, y hacer recaer sobre la carga del ciudadano honrado otra responsabilidad más (¡tener que asegurarse contra eso!). Si no reaccionamos, pronto ese terrible delito vendrá a ser como ya, por desgracia, lo es el habitual y cotidiano de daños al escaparate de un negocio, o robo en el mismo. El dueño debe pagar a una aseguradora que, cada vez que le destrozan el cristal, lo repone con uno nuevo. De perseguir al delincuente ni se habla, ni está en la mente de nadie. Como si el autor hubiera sido el viento.
Antaño podíamos considerar con una sonrisa de superioridad algunas leyes del Código de Hammurabi por lo primitivas, por lo ingenuas. Pues que se sonría quien quiera. Si Hammurabi levantara la cabeza, más bien sería él quien tendría la impresión de hallarse entre una especie de seres mentalmente inferiores.





