Trato hecho
Doña Agustina Raimunda María Zaragoza y Doménech, más conocida como “Agustina de Aragón” hija de obrero y ama de casa leridanos, fue bautizada en la Basílica de Santa María del Mar de Barcelona el año del Señor de 1786. Vivió en la Ciudad Condal y con diecisiete años se casó con don Juan Roca Vilaseca, cabo del ejército español. Los avatares de la Guerra de la Independencia Española llevaron a los jóvenes esposos a Zaragoza. En el asedio a la Ciudad del Ebro acontecieron los hechos que dieran celebridad a nuestra insigne compatriota. Según citan las crónicas, Agustina solía llevar la comida a su marido destinado en la defensa de la Puerta del Portillo. Un día al llegar a este lugar comprobó que todos los españoles de la posición habían caído heridos o muertos tras su pieza de artillería; nuestra heroína con gran arrojo y desprecio de su vida tomó la mecha encendida y disparó el cañón sobre las tropas francesas que se batieron en retirada. Cuando lo demandó el honor Agustina estuvo al pie del cañón como buena artillera. Tan singular gesta de aguerrida valentía femenina acuñó la frase que da título al presente.
El mejor de los cronistas en lengua española, a la humilde opinión de quién estas líneas les escribe, es Don Benito Pérez Galdós. Bien se ocupó de glosar y ensalzar a nuestra anterior heroína en sus “Episodios Nacionales”. Colosal novelista y excepcional periodista. Académico de la Real Academia de la Lengua, escribió miles de artículos de prensa y publicó más de cien novelas. Un prodigio creativo de inmensa calidad literaria. No le sería otorgado el premio Nobel de Literatura. Sin embargo, fue justísimo merecedor tanto del Nobel como del premio al Mérito en el Trabajo por su tesón y constancia a lo largo de toda su vida. Pérez Galdós siempre estuvo al pie del cañón.
Millones de anónimos españoles, mujeres y hombres, estamos cotidianamente al pie del cañón que a cada cual nos ha tocado servir. Al igual que Pérez Galdós no obtendremos ni lo pretendemos premio alguno por los sacrificios realizados. Vivimos en una nación con larga tradición de abnegado esfuerzo laboral y donde además se trabaja bien. De nuestros padres y abuelos, a título de herencia, hemos recibido la cultura del trabajo; es responsabilidad nuestra legarla a nuestros hijos.
La evolución del Estado de Bienestar puede hacer pensar a los más jóvenes que todos los avances sociales existentes vienen dados “per se”, regalados por el Estado; cuando en realidad los sufragamos entre todos los contribuyentes. Las pensiones de jubilación, los servicios sociales y demás servicios públicos como la sanidad y la educación son costeados con la sufrida aportación económica que realizamos los españoles en el impuesto sobre la renta, el impuesto de sociedades y el resto de tributos (muchos). Hemos de inculcar a las generaciones venideras que la más noble de las pretensiones humanas es la de aspirar a vivir dignamente del fruto del trabajo. Para ello, hemos de desdeñar las tres corrientes más perniciosas a este fin: la cultura del subsidio personal, la cultura de la subvención empresarial y la cultura del pelotazo en general. El primero de mayo celebramos la Fiesta del Trabajo. Ojalá celebremos alguna vez la consecución del pleno empleo en España.
El día dos de mayo de 1.808 los jóvenes oficiales de Artillería don Luís Daoiz y don Pedro Velarde, sevillano y santanderino, junto a miles de paisanos madrileños escribieron con sangre una de las páginas más gloriosas de la historia de España. Al pie del cañón inmolaron sus vidas en defensa de la Patria y de la Libertad. En testimonio a tan memorable hazaña, los dos leones de bronce que presiden la entrada del Congreso de los Diputados, son nombrados como Daoiz y Velarde. Leones que debieran servir de ejemplo para todos y cada uno de los trescientos cincuenta diputados que dentro de ese hemiciclo deciden sobre nuestras vidas y haciendas: estar al pie del cañón.





