Trato hecho
La fragancia que perfuma el cielo de Sevilla es el Agua de Azahar. Las abundantes lluvias han refrescado ese sutil y delicado aroma con el que la primavera adorna el ambiente para embaucar a quien la habita, la visita o la vive añorándola. Las blancas flores que brotan incesantes de los agrios naranjos se han humedecido para aromatizar toda la ciudad del Betis en sus recoletas plazuelas o concurridas calles; sus patios conventuales o bulliciosos jardines. A los pies de los naranjos, los níveos y humildes pétalos mojados de azahar se posan tras haber rendido su callado servicio a ésa belleza efímera del candor primaveral, convirtiéndose en intangible regalo sensorial para el caminante.
Regalo es también un azul purísima del cielo de la mañana tras el nocturno aguacero, o un refulgente brillo de sol que despereza y desentumece nuestras almas tras un largo invierno. Regalo sonoro es un repicar de herraduras sobre el pétreo pavimento y el broncíneo tañido de las campanas de nuestras devociones. Regalo visual es la cal con ocres y almagres sobre formas del barroco de casas, de torres y espadañas. El ladrillo visto, el azulejo vidriado, la forja artística y el artesonado de la madera. Regalo son los naranjos y La Giralda, compañeros silentes unos y epicentro y emblema universal ella.
“La Giralda” es la marca que registró la familia Luca de Tena para nombrar su producto más conocido, el «Agua de Azahar», que junto a perfumes, jabones y aceites, comercializaban en aquel establecimiento que mantuvieron en la Plaza de los Carros. Los inicios del siglo XX fueron gran época para los emprendedores sevillanos, fueron fundadas algunas de las instituciones básicas de nuestra sociedad: el Sevilla Fútbol Club, el Real Betis Balompié y Cervezas Cruzcampo S.A. Mientras don Torcuato Luca de Tena fundaba Prensa Española S.A., su primo, don Aníbal González revitalizaba y enaltecía la imagen de Sevilla.
Buena parte de la actual fisonomía urbana de esta ciudad se gestó durante el primer tercio del siglo XX. Principal artífice de ello fue el insigne arquitecto don Aníbal González y Álvarez-Ossorio, precursor del estilo regionalista sevillano y director de las obras de la Exposición Iberoamericana de 1929. Siendo numerosas sus magistrales creaciones, es cumbre artística la universal Plaza de España, una de las señas de identidad de Sevilla. Aunque fue corta su vida, su prolija actividad profesional le llevó en su faceta de arquitecto urbanista a introducir los naranjos como elemento natural decorativo. La natural belleza de los naranjos, hasta entonces reservada a los jardines de las casas señoriales, fue trasladada y extendida a todo el entramado urbano de la ciudad hispalense. Universalizó la belleza.
Para Machado, su infancia eran recuerdos de un patio de Sevilla y un huerto claro donde madura el limonero. Hoy día, aun inconscientemente, cada sevillano guarda entre sus afectos íntimos los verdes naranjos que albergaron su niñez. En todas las collaciones y barriadas estos árboles nos han regalado su color perenne y su fresca sombra. Los naranjos han sido compañeros de juegos infantiles y cómplices de amoríos adolescentes. Estuvieron cual testigos en las puertas de nuestros templos para acompañar la vistosidad de los casamientos, las alegrías en los bautizos y el luto en los funerales.
Pudimos cambiar de barrio e incluso mudar de pueblo. En cualquier rincón de nuestra geografía cercana, merced a esta tendencia decorativa arbórea impulsada por don Aníbal González, se yerguen acogedores y ufanos los amargos naranjos urbanos. Modestos, sufridos y generosos. Exhalando su embriagador perfume primaveral y halagando nuestra vista con su brillante belleza verdiblanca.





