Dejando aparte las implicaciones políticas, el pequeño discurso de despedida de Iván Espinosa de los Monteros puede analizarse como un emblema, un prototipo de las conferencias, simposios, charlas y hasta de ciertas ceremonias religiosas de nuestro tiempo.
Vaya por delante la nula intención de criticar a este personaje, y por supuesto que su actitud es mil veces preferible a la cargada de rencor y de victimismo que muestran, al despedirse, otros políticos y otras personalidades.
Ahí está el quid de la cuestión: ¿en qué época vivimos?
Por un lado, en nuestro siglo vemos un predominio del victimismo y del “qué malos han sido conmigo”, que se fomenta, además, desde todas las instancias sociales, desde el entramado de psicólogos que azuzan los traumas y le dan cuerpo a agravios remotos, hasta las leyes, que animan a retrotraerse en el tiempo, a escarbar y recordar al que “nos haya hecho daño hace tres décadas”, para debidamente denunciarlo, y en el caso de famosos, a enriquecerse publicando bestsellers victimistas… ¡Cómo se estila, el presumir de débiles y de frágiles y de rencorosos, en la patria de Cervantes que combatió en Lepanto, bueno, y en todo el mundo occidental!
Pero por otro lado… por otro lado navegamos en un mar de “agradeciditis” que a veces acaba siendo hasta opresivo. Una agradeciditis que además, por emplear una palabra que saltó a la moda hace unos años, es de lo más autorreferencial.
Es el locutor de radio que se va de vacaciones, y su hora de programa, que se supone es para distraer a millones de personas, se les va en agradecer a este técnico y a este otro, y a aquél, y a la maquilladora y al portero, a todo su mundo interno y privado, y vengan “gracias y gracias y gracias”…
Se da una charla para explicar la iconografía de una iglesia, un acto que parece modesto y entrañable, con algunas filas de sillitas de tijera, para las almas interesadas en un asunto algo recóndito; y con asombro, vemos que se van veinte minutos para presentar al conferenciante como al más excelso de los sabios, y subrayando el inmenso agradecimiento que hemos de sentir porque nos preste su sabiduría, y la suerte que tenemos de escucharle; y cuando el Sabio toma la palabra, pues se dedica a agradecer la presencia de éste y la de aquél y la del otro; y subraya la gran amistad que tiene con ésta y con aquella y con la otra, y la suerte que tiene de contar con tales amistades tan maravillosas y tan especiales… De repente, el humilde ciudadano anónimo que había asistido movido únicamente por el interés del tema, se siente excluído, fuera de lugar en aquella reunión de personas encopetadas, tan excelsas y tan afortunadísimas, y alabándose unas a otras…
Y esto sucede de continuo, incesantemente. Por modesto que sea el evento, siempre estará precedido de unos agradecimientos y unas alabanzas contra las que comprendemos que es poco simpático protestar (¿vamos a “quejarnos” porque alaben a alguien, o le den las gracias?), pero que a veces nos descoloca… No piensan, los organizadores, en que cuando un evento es público, ese tanto centrarse en agradecimientos autorreferenciales, hace sentirse solo al ciudadano que iba buscando un contenido del que le privan.
Esta actitud se extiende, por desgracia, incluso a algunas ceremonias religiosas. La solemnidad de la primera misa de un sacerdote, por ejemplo, algo que podría unirnos a una emoción milenaria, se difumina completamente con las incesantes alabanzas y agradecimientos personalísimos. ¿Han observado que ya no se puede decir “Conozco a Javier desde hace muchos años” –información que a su vez es irrelevante en una ceremonia solemne, pero bueno -; no, la fórmula a usar es “Tengo la suerte de conocer a Javier”… Todos tienen tanta suerte de conocerse unos a otros, y nos informan de ello, cuando íbamos buscando otra cosa mucho más trascendente.
Pero volvamos a la actualidad. La alocución, este martes, de Espinosa de los Monteros podía traer a la memoria al felizmente olvidado de muchos Pablo Iglesias, que en un debate político de hace años empezó su intervención (¡y con el tiempo tan tasado!) diciendo que al entrar en el Congreso “había saludado a las limpiadoras”. (¿El complejo aristocrático y clasista de los progres hace que este hecho le parezca magnánimo de su parte y por tanto debamos aplaudírselo…?). Pues también Iván, cuyo discurso se basó en los agradecimientos, indicó que “agradezco a los ujieres del Congreso, y a los camareros y a las limpiadoras…”.
Pero este agradecimiento, ¿no lo puede hacer en privado? ¿Es tan relevante para millones de españoles? Además –aunque pocos se atrevan a decir esta obviedad -… el que las personas hagan su trabajo – y más si este es rutinario y en condiciones laborales absolutamente privilegiadas como es el de los trabajadores del Congreso (aquello del “café a ochenta céntimos” de Zapatero dio lugar a que nos enteráramos de cómo funciona el bar de allí. Al parecer, el dueño no tiene que molestarse en pagar a los camareros, que reciben sueldo del Estado, ni por supuesto alquiler ni limpieza. ¡Menudas condiciones! Ese es el mundillo del Congreso), pues debe ser normal. No se entiende la nota especial de agradecimiento, y menos el interés que tiene para los españoles.
Pero en fin, lamentamos “criticar” a un personaje que indudablemente, se ha despedido como un caballero, y tampoco es el inventor de la “agradeciditis”, aunque el escucharlo haya sido como la gota que colma el vaso.
Se dirá: ¿no es mejor eso – el dar las gracias hasta el exceso- que el fenómeno contrario antes señalado, el victimismo?
Puede ser. Pero acaso se trate, empleando esa expresión, de dos caras de la misma moneda. Algo enfermizo, obsesivo… No hay que estar recordando al maestro que “te ridiculizó” una vez hace treinta años. Pero tampoco hay que emplear el tiempo preciosísimo de charlas, conferencias, debates, discursos y hasta homilías informándole al público expectante de que le das las gracias a la limpiadora. Hay algo insano, enfermizo, algo que no es natural.
Y sobre todo, así no nos centramos en el contenido de las cosas.





