Hay quien todavía cree que veranear consiste en meter media casa en el coche, hacer cola en la A-49, buscar aparcamiento como quien busca petróleo y acabar pagando por una sombrilla lo que antes costaba una escritura de compraventa. Eso no es descanso. Eso es una romería con chanclas.
El verdadero lujo, el exclusivo de verdad, está en quedarse en Sevilla en agosto. No lo digan muy alto, que luego se apunta gente y lo echamos a perder. Sevilla, en agosto, es una ciudad con aire de reservado. Una capital puesta a disposición de cuatro elegidos, tres gatos y un camarero que te recibe como si fueras accionista del local. Entras en un bar y no hay lista de espera, ni codazos, ni esa familia de quince que siempre pide arroz cuando tú sólo quieres una pavía. Te sientas donde te da la gana. A la sombra, junto al aire, con vistas al botellero. Como un marqués, pero sin tener que aguantar primos.
Aparcar, que durante el año es una modalidad de penitencia, se convierte en agosto en una experiencia mística. Hay huecos. Huecos de verdad. Aparcas cerca. Aparcas bien. Aparcas sin rezarle a San Cristóbal ni discutir con un patinete. Hasta parece que el coche te mira agradecido.
Y luego están los paseos. Sevilla, vacía, se entiende mejor. Sin riadas de turistas siguiendo paraguas, sin despedidas de soltero disfrazadas de castigo bíblico, sin carritos atravesados en mitad de una calle estrecha. La ciudad se queda en los huesos buenos: una esquina, una persiana echada, una fuente, un azahar ya remoto, una señora cruzando con dignidad bajo cuarenta grados como si viniera de comprar el pan en Palm Beach.
Porque lo de veranear en la playa, no nos engañemos, se ha puesto muy de pobres. Pobres de espíritu, digo. Todos apretados, todos quemados, todos comiendo ensaladilla con arena y diciendo que “se está de lujo” mientras el niño pierde una chancla y el padre pierde la paciencia.
Quedarse en casa en agosto es lo último. Lo selecto. Lo minoritario. El beach club definitivo es tu salón con el ventilador puesto, la nevera cerca y Sevilla entera esperando abajo, vacía, dócil y abrasadora. Eso sí que es exclusividad. No ni ná.





