La Agenda 2030 (tan cacareada por nuestra clase política en general) es la mayor operación propagandística de nuestra era, ya que mediante loables fines encubre siniestros medios de coacción que van en la línea de destruir hasta el último resquicio de libertad, pues como dice mi admirada Meloni en su libro “Io sono Giorgia” (Yo soy Giorgia), el globalismo es legatario del comunismo, ya que busca destruir nuestra fe, nuestra Patria y la familia, mientras que los conservadores (al querer conservar tan imperecederas instituciones) somos los únicos diques de contención frente a esta moderna amenaza.
La citada Agenda señala como objetivos acabar con el hambre, la pobreza y alcanzar el agua asequible para todo el mundo, entre otros objetivos, pero tras una mera declaración de intenciones encubre programas políticos muy claros, tratando de imponer un igualitarismo en el que se borre que todos somos diferentes, con una ciudadanía global sobre la que se decide incluso qué se debe comer y cómo se debe viajar, para lo que se pretende de manera cada vez menos disimulada implantar un gobierno mundial, que no es elegido democráticamente y que cada vez tiene mayor poder de decisión sobre nuestras vidas, algo que incluso un fatalista como Rajoy reconoce en su insípido libro “Política para adultos” cuando dice que el día de mañana el mundo entero será una única nación.
Como ha recopilado muy acertadamente Javier Torres, por medio de la Agenda 2030, la ONU (a la sazón de punta de lanza del globalismo) señala que en el mundo hay mujeres que mueren por el parto, por lo que consideran que se debe dar un acceso libre y gratuito a nivel mundial al aborto, algo que presenta de manera eufemística al decir que se debe aumentar el acceso a la planificación familiar por medio de los métodos modernos, es decir, a través de las aspiradoras intrauterinas que despedazan al feto.
Pese a que el capitalismo ha reducido la pobreza en 500 millones de personas en el mundo en los últimos treinta años, la citada Agenda pretende igualar por abajo siguiendo el camino inverso al del sistema que ha conseguido semejante proeza, del mismo modo que asocian la educación de calidad a que ésta sea digital y transformadora, y, por supuesto (según sus propias palabras), que se enseñe la ciudadanía global, la igualdad de género, el desarrollo y el estilo de vida sostenibles y la diversidad cultural, lo que, hablando en plata, significa fomentar el adoctrinamiento en la ideología de género y el fomento del aborto para alcanzar la citada sostenibilidad, algo que choca contra la libertad de educación consagrada en los artículos 18 y 26 de la Declaración Universal de Derechos Humanos.
Pretende imponer las cuotas de género y fomentar un estilo de vida hedonista en el que quitar la vida a los niños por nacer esté supeditado a unos instantes de placer, por lo que, para imponer las citadas cuotas, alegan que la igualdad no existen porque el aborto no es legal en todos los casos, debiendo universalizarse el acceso a los métodos anticonceptivos (algunos de los cuales son realmente abortivos) y se propugna la igualdad de derechos en el acceso a la propiedad y el control de la tierra, igualando por abajo al más puro estilo del socialismo.
Basándose en la contaminación del agua, pretenden arrogarse el control de la gestión de la misma, y pese a que la propia ONU reconoce que el acceso a la electricidad en el mundo ha aumentado del 73 al 90 % entre 1998-2020 y las energías limpias lo han hecho del 64 al 71 % entre 2015-2021, evidencian que realmente no les preocupa el acceso a la electricidad sino que no genere contaminación, aunque sin intervenir sobre los países más contaminantes como la India y China, por lo que buscan penetrar en las cocinas y usos eléctricos particulares.
Se pretende combatir el cambio climático por medio de mayores impuestos, gasto público e intervencionismo gubernamental, siendo éste la excusa esgrimida por Greta Thunberg para culpar al “patriarcado”, de hecho, se señala desde la UNESCO que se debe cambiar la mentalidad frente a los que alientan las teorías conspirativas, tratando de imponer una única visión que estigmatiza al disidente de manera antiliberal sin admitir el debate, obviando algo tan básico como que hay no pocas teorías de la conspiración que resultaron ser ciertas.
Los plutócratas impulsores de esta agenda que da la puntilla final a nuestras libertades pretenden imponer el modelo chino por la puerta de atrás, ya que mientras en el régimen comunista existe un único partido, Occidente es multipartidista y necesitan hacer creer que hay una multiplicidad de opiniones, cuando todos, desde el PP a Podemos (con la sola excepción de VOX) asumen la Agenda 2030. Lo único que cambia es la velocidad de implantación: mientras que con el PP es más lenta, con el PSOE es más rápida, algo que se debe a que el partido de Feijóo encuentra más reticencia entre sus votantes e incluso entre alguno de sus antiguos dirigentes (como Esperanza Aguirre y Mayor Oreja). En este sentido, fue Rajoy quien adhirió España a este instrumento y es Sánchez quien ha acelerado su aplicación.
Esta peligrosa arma de dominación nace del informe Kissinger, que partía de tesis neomalthusianas de reducción de la población y es legataria de aquella frase de Ortega y Gasset de “Europa como solución y España como problema”, motivo por el que a la Unión Europea no le importa que España se rompa porque sus trozos acabarán dentro de ella.
Una arrogante y reducida élite se quiere situar por encima de todos, considerando que el resto de la sociedad no piensa y no va a solucionar nada porque la población es un cáncer para el planeta, tratando de imponer las fronteras abiertas en beneficio de las multinacionales (que van de la mano de la extrema-izquierda que promueve estas tesis) y acabar con la soberanía nacional al extirpar los recursos naturales que garantizan la independencia de los países y da lugar a que se compre una energía más cara en perjuicio de los más humildes, y lo que es peor, nos imponen una Agenda aprobada sin votación y que nos presentan como un consenso unánime cuando no se ha consensuado en ningún momento cómo se aplicaría, y mucho menos en esta totalitaria forma.





