Hojear periódicos extranjeros resulta divertido, y en épocas como la presente (en la que oímos cosas como “la ley no es un corsé” de boca de nuestros mandatarios), seguramente sea más adecuado para la salud mental que el leer uno español, siquiera sea para descansar unos minutos…
“The Times” tiene unas connotaciones tan románticas y literarias que, si se ofrece a la vista es difícil resistirlo, aunque su apariencia e incluso grosor actual no difiera mucho del “20 minutos”. Del ansia de modernizarse y adaptarse, aun a costa de perder su esencia, no escapa aquí nadie. Pero en fin, vamos a entretenernos…
Un artículo-informe en las últimas páginas habla del presente auge de los “viajes de aventura”. Antes de leerlo, se comprende que esto sea así, porque es ya inevitable en la actual sociedad de ocio y consumo. El turismo cultural está muy visto, el de sol y playa no digamos, el de parques temáticos y cosas así también, ¿qué queda? Pues la aventura, ríos salvajes, volcanes, riesgos, las emociones fuertes… Lo que nadie discute es que “hay que viajar”, sea como sea.
No obstante, comenzamos a leerlo… y curiosamente sí depara sorpresas. Habla del enorme aumento de ese tipo de viajes, de cómo la “generación selfie” ha influido sin duda en la demanda de experiencias exóticas que se puedan grabar y volcar de inmediato en redes sociales… El asombro viene ante el tono del autor del artículo, serio y analítico, como describiendo una realidad de sumo interés, casi como un “progreso” de la sociedad moderna. No hay ni el menor atisbo de ironía, ni asomo del aire de recogijo que rodeó, en la prensa española hace unos meses, la grotesca foto de una cola como la del supermercado y que era “para hacerse el selfie en lo alto del Everest”.
Es más: en un momento dado declara incluso que “Most thinking adults” (o sea, la mayoría de los adultos que piensan) prefieren hacer viajes que no haga su vecino, y se elaboran un itinerario personalizado, y eso es lo que demandan a los tour operadores.
La verdad es que “The Times”, que tantas películas y novelas ha ornado, que tantas veces acarició las manos del decimonónico Phileas Fogg y de tantos otros, pues nunca defrauda, ni aun en su formato moderno tipo “20 minutos”. ¡Qué suerte que hoy haya caído en nuestras manos! Por poco seguimos viviendo sin saber lo que hacen “los adultos que piensan”.
Por lo pronto, preocuparse de lo que hace el vecino, y tratar de ser “mejor” que él. Pero, ¿estas comparaciones no son una vulgaridad, algo que más bien debe evitarse…? Pues no; al parecer son típicas de los “adultos que piensan”.
El hacer cosas para contárselo a los demás (en versión moderna, para colgarlo en redes) nunca fue considerado de inteligentes, ni siquiera por parte de los que se confesaban víctimas de esa debilidad. Es ancestral el chiste ibérico de uno que rechazaba los favores de una señora porque ésta le había puesto como condición el “no contarlo”, y entonces no tenía gracia. Pero si no llega a ver todo el mundo que semejante motivación es absurda, no habría chiste. La condición humana se ríe de sí misma. Siempre se han hecho cosas sólo para contarlo, pero siempre se ha comprendido que eso es absurdo y necio, e indica falta de personalidad. Se ha caído mucho en eso, como caemos en tantos vicios, pero considerándolo tal.
Pero ahora resulta que el embarcarse rumbo a peligrosas islas volcánicas situadas en las antípodas, con el fin de colgar selfies distintos a los del vecino, eso es algo característico de los adultos que piensan.
En Diciembre de 2004, cuando la noticia del trágico tsunami asiático sacudió al mundo, muchos nos asombramos del gran número de víctimas de la Europa nórdica. “¿Pero qué hace una familia sueca en Indonesia en plena Navidad?”, nos preguntamos inocentemente. Hoy esto a nadie sorprende, en estos quince años las costumbres españolas han evolucionado (¿”progresado”?) y resulta normalísimo irse a pasar las Navidades en tierras exóticas. Hoy día hay más españoles que piensan que los que había hace quince años, ¡qué bien!
El que se queda en casa leyendo a San Agustín será el que decide no pensar.





