Aunque se habla mucho del creciente “analfabetismo funcional” (que por desgracia, dada nuestra cultura de fotos y vídeos sustituyendo al lenguaje escrito, no lleva visos sino de aumentar), pues el analfabetismo real, el puro no saber leer, no parece que exista apenas en España en nuestros días.
Y ahora resulta que, ¡ironías de la vida!, a veces desearíamos eso mismo: el ser literalmente analfabetos. Hasta ese punto llega la mortificación causada por los innumerables letreros, muchos de ellos institucionales, que se ríen de nosotros, que a veces directamente hasta nos insultan (como aquel de la Diputación que rezaba “Hay quien no sabe que se recicla, será porque se cree que la Tierra es plana”), en cualquier caso no cesan de adoctrinar, adoctrinar, adoctrinar… a tiempo y a destiempo, en toda ocasión. Andar por la calle es estar siendo adoctrinados, adoctrinados… otra vez… otra… otra más…
¡Pero es que ya llega al tanatorio! Bueno, los muertos ya estarán, esperemos, descansando en paz. Pero quedan los familiares y amigos, los “parientes y afectos” (en hermosa expresión que conservarse debiera). A ellos aún se les puede adoctrinar, sí, aun en medio del luto, aun al que acaba de perder a su madre, ese hecho terrible que sucede una vez en la vida, pues a ese, que aún está bajo el shock, ¡duro con él!
En el tanatorio se puede salir a un pequeño espacio que hay al aire libre (generalmente considerado “el espacio para fumar”, aunque no tiene que ser la única motivación para desear escapar allí unos minutos. La necesidad de unos instantes al aire libre, y más en ciertas ocasiones, es algo que puede acometerle a cualquiera. Este sería otro tema por cierto: durante largos años, en los lugares de trabajo, todo el mundo comprendía la ineludible necesidad del fumador de salir fuera unos minutos a fumarse un cigarrillo. Pero el no fumador que, tras unas horas de ambiente opresivo, necesitara salir un momento a mirar el cielo, ese era reprendido… “El fumar está demonizado”, se dice mucho. Pues sí; pero aún más demonizado está el mirar al cielo sin un cigarrillo en la mano, que al parecer es lo único que excusa una salida).
Pues en fin, en ese espacio en el que los que están de duelo pueden salir o a fumar o a respirar más libremente unos minutos, he aquí que hiere la vista un letrero: “Estimados familiares y acompañantes: las plantas son seres vivos. Hagan el favor de respetarlas. No tiren colillas, etc…”
Aunque otras veces lo lamentamos, en esta ocasión hay que alegrarse de que la mayoría de las personas tengan ya la sensibilidad un poco embotada, y, acostumbradas a este continuo bombardeo moralizante, no vean en el letrero nada de particular… Sí, nos alegramos, porque, en el caso de los familiares sensibles el mensaje de este letrero es no sólo absurdo, sino de pésimo gusto e incluso cruel. Y ya bastante tienen las familias en duelo (a las que el Estado multiplica el dolor con la carga burocrática y con leyes específicamente redactadas para criminalizar a los hijos de todo difunto y provocar la discordia entre ellos) para percibir encima el insulto implícito en ese letrero importuno. Ojalá no le presten atención; no es momento de sufrir más. Porque si un hijo de duelo que cree estar pasando el peor momento de su vida resulta ser perceptivo y se fija en eso… verá que siempre se puede estar peor.
“Las plantas son seres vivos”, ¿a qué viene eso? Primero: ¿A qué viene el tono didáctico de leccioncita ñoña? Pero es que además del tonillo moralizante fuera de lugar, el contenido de lo que dice es absurdo. Se prohíbe tirar colillas o basura por un básico principio de higiene y decoro. Esa prohibición vale para todos los lugares. El suelo del tanatorio no es un ser vivo, y tampoco ahí se permite tirar colillas, ¿a qué viene lo de “seres vivos”? En el mundo civilizado no se debe arrojar basura salvo en los lugares habilitados para ello: papeleras, ceniceros. Ya lo sabemos. Pero si lo quieren recordar, en algún lugar que parezca más proclive que otros al incivismo, pues digan sencillamente “Se prohíbe…” o “Se ruega no tirar colillas”.
En la sociedad moralizante que vivimos hay que estar dando sermones continuamente. No les basta con anunciar escuetamente: “No damos bolsas de plástico” o “No pensamos cambiarle la toalla” sino que tienen que soltar el discursito educativo moralizante de marras. Ya casi nos acostumbramos, pero esto del tanatorio va más allá.
“Las plantas son seres vivos”. ¿Nadie cae en lo macabro, en lo terrible, de decirle esto justo a la persona que justo en ese momento y lugar, a dos metros de distancia, está velando el cadáver de su madre? Si nos ponemos así, pues la difunta madre, estrictamente hablando, no es ya un ser vivo. La planta sí lo es. Así pues, respeta a la planta. Así pues, ve a echarle la ceniza a…
Es terrible decir estas monstruosidades. Pero no hacemos sino descifrar la confusa angustia que en el alma de una persona sensible se forma cuando se topa, en esas circunstancias, con ese letrero.
“Las plantas son seres vivos”, ¿qué quiere decir eso? ¿No son seres vivos todos los insectos que exterminamos, y hasta las bacterias y los virus…? Digan “Se prohíbe tal cosa”, y todos conformes. No arrojar basuras es una norma contra la que nadie jamás va a objetar (incluso el que no la cumpla considerará que es lógico que exista).
Mal sabor de boca deja el ocuparse de estas cosas. Pero, ¿qué hacer? ¿Aceptar ya lo terrible, conformarse, dejarlo estar?
La moralina en la que estamos sumergidos, no es ya que resulte ñoña; es que es inhumana. No diré “nos mata”, pero desde luego mata el respeto a nuestros difuntos, que últimamente es lo único verdaderamente humano que hay.
Descansen en paz. Dejen de adoctrinar en unos cuantos metros a la redonda.





