El desbarajuste afectivo-sexual que la izquierda está perpetrando en nuestras aulas sobrepasa toda medida. El freudo-marxismo que inspiró los movimientos progres posteriores a Mayo del 68 ha triunfado definitivamente en nuestros colegios, y a medida que lo del marxismo va quedando como un mero residuo intelectual -pero dotado de una increíble capacidad de resistencia- la rama freudiana se ha hipertrofiado hasta unos límites grotescos. Reich, Marcuse, Althusser, Firestone son solo algunos nombres de ese camino hacia la locura.
En cualquier colegio de nuestros barrios encontramos cada vez menos Geografía, Física o Literatura y cada vez más feminismo hembrista, activismo trans, movimiento queer, disforias de género, acoso al varón, fomento de la precocidad en las relaciones sexuales... Todo ello, por supuesto, por encima del derecho de los padres a controlar lo que aprenden sus hijos. En consecuencia, la gente empieza a ver con normalidad que las niñas de 16 años no puedan tomarse una cerveza o ir de excursión a Itálica sin autorización parental, pero sí puedan abortar o cambiar de sexo por su propia decisión, sin encomendarse a Dios ni al diablo. Lo llaman progreso.
Hemos visto carteles publicitarios, inclusivos y tolerantes, en los que se alaba “el amor intergeneracional”, esto es, la pederastia entre personas adultas y niños a partir de los 10 años, en una conducta que cabría englobar en la descrita en el art. 183 del Código Penal. Determinados Profesores, Tutores y Orientadores, en vez de dedicarse a tareas más propias de su especialidad, se dedican a organizar actividades tales como “Talleres de deconstrucción de la masculinidad” y clases de verdadera “fontanería” sexual, como si eso del sexo fuera cuestión de tubos, mangueras y cavidades debidamente lubricadas que se acoplan de forma imaginativa y de manera mecánica. Todo lo que dé gustirrinín es bienvenido, aunque nunca olviden que “solo sí es sí”, inquietante tautología que deja al varón (siempre el varón, solo el varón) en situación de precariedad pre-delictiva, como sospechoso habitual.
Todos hemos sido adolescentes, aunque haga siglos de eso, y podemos sospechar sin mucho esfuerzo la empanada mental (y genital) que se le crea al menor cuando, desde la autoridad que confiere el ser un “educador”, se incentiva el despiporre hormonal, ya bastante revuelto a esas edades. Súmenle el sencillísimo acceso a la pornografía en internet y encontrarán algunas razones objetivas que explican los déficits de atención, las conductas adictivas, la escasa capacidad de sacrificio, la grosera falta de empatía ante el Otro (o la Otra) y otras muchas problemáticas recientes que aquejan de forma masiva a la actual juventud española. Si encima se añaden las malas circunstancias materiales que obstaculizan su emancipación, no nos deben extrañar algunos comportamientos sociológicos de los que todos somos testigos.
No hace mucho hemos oído al portavoz de Educación de Esquerra Republicana de Catalunya, D. Jordi Salvador i Duch, profesor de Lengua y Literatura, decir en la Comisión de Educación del Congreso que “es más importante aprender diversidad sexual que saber cuál es la capital de Italia o qué es el complemento directo de una oración”. Lo dice con toda sinceridad, demostrando sus obsesiones y el giro pansexualista de la izquierda, que tras la caída del Muro de Berlín creíamos acabada pero que está más vigoréxica que nunca.
Y no se crean que estas amenidades sexuales van dirigidas solo a alumnos de Bachillerato o de la ESO; también las percibimos en el nivel más básico de la enseñanza, en Primaria, e incluso (¡pásmense!) en el sector infantil de 0 a 3 años, es decir, los que siempre hemos llamados “parvulitos”, apenas unos bebés. De hecho, hemos tenido acceso al nuevo Real Decreto que desarrolla la escolarización de estos tiernos infantes muchos de los cuales no saben andar ni hablar, y ni siquiera controlan sus esfínteres porque son muy chiquititos. Pues bien, a esos dulces angelitos el Anexo II del R.D. 95/2022, de 1 de febrero, por el que se establece la Ordenación y las Enseñanzas Mínimas de la Educación Infantil, les dedica estas enrevesadas y malintencionadas palabras:
“Es la edad en la que se produce el descubrimiento de la sexualidad y se inicia la construcción de género. También en este aspecto, es el momento de acompañar a cada niño o niña en su propio desarrollo personal, respetando la diversidad afectivo-sexual y ayudándoles a identificar y eliminar toda discriminación. En este sentido, es importante recordar que la interacción con la persona adulta orienta y modela en gran medida al niño y a la niña, ya que tiende a imitar y reproducir sus estrategias relacionales; por ello es imprescindible identificar y erradicar, en su caso, los posibles mecanismos de discriminación oculta que puedan persistir en el entorno escolar”.
Tratemos de traducir este sinuoso lenguaje en palabras que sean inteligibles, siempre en el contexto de un “jardín de infancia”. Y, así, vemos a adultos que “acompañan” a nuestros niños, a quienes estos deben “imitar” y cuya tarea es “orientarlos” e “interactuar con ellos” (¡glup!) en la idea de que, en materia sexual, todo vale, y que el vicio más detestable del mundo es la “discriminación”. Planteamiento que es especialmente absurdo y corrosivo, pues a esa edad (y yo diría que a todas, con cada vez más matices) la base de la educación consiste precisamente en “discriminar” lo positivo de lo negativo, lo conveniente de lo inapropiado, lo saludable de lo morboso, lo civilizado frente a lo bárbaro, lo serio de lo cómico, las buenas compañías de las malas… Porque la cultura consiste en saber elegir con criterio unas opciones y desechar razonadamente otras.
En una sociedad cada vez más plural y con menores consensos, es necesario reforzar el derecho de los padres a exigir una educación fundada en la transmisión crítica del conocimiento, dejando los experimentos sexuales fuera de la escuela. Tenemos derecho a saber con antelación cuál es el contenido de lo que ellos llaman “educación sexual”, y a tomar la decisión final acerca de la participación de nuestros hijos en tales actividades. Si no le quieren llamar “pin parental” que le llamen “pon parental”. Pero con nuestros hijos, no se juega.






1 Comment
Que cantidad de disparates, creo que este «artículo» dice más sobre el que lo escribe que sobre la situación en nuestras aulas.