Por Javier Hernández García
Llegaron a la capital con tan poco ajuar que no les quedó más remedio que hacer una chabola, vendieron una yunta de burros matalones, un arado y un ubio para levantar, vinar, melgar y sembrar y poco más consiguieron. Dejaron la hoz, pechera la manga y la dedila para segar colgados de un clavo en el corral que heredaron una tía Enedina. Poco más que un borrico y unas amugas para barcinar. El trillo lo han vendido sus nietos a algún chamarilero con el que se han pagado una farra en una discoteca de moda. De unos burros para trillar fueron los últimos duros que pudieron conseguir para marcharse,
Finalmente, horca y viento para limpiar, acabaron en la vieja casa del pueblo. Son la generación de migas con torreznos para el almuerzo, puchero al medio día y gazpacho para cenar, un puñado de aceitunas a media tarde, y unos higos secos en la vieja chaqueta con la que atendían las cabras que le daban algo de leche. Los zorros acabaron con las pocas gallinas del gallinero.
La España de la postguerra fue la España del Torvisco, del labiérnago, de las encinas y la retama para encender en invierno, fue una España de coscoja, de lantisca, de jara, de alcornoque descorchado para hacer un tajo con el que sentarse a la mesa. Es la España que se colocó de guarda en un parque o en un mercado, fin de semana de acomodador de algún cine, y su mujer limpiaba casas, adecentaba una portería, o cosía sábanas para algún cuartel o alguna señora de bien. Son la España del sacrificio, que no distinguió entre la vida en el barranco del pueblo, y la de Carabanchel o el Pozo de Tío Raimundo, Palomeras, La Alegría, El Rabal, el campo de la mina, el Guinardó en Barcelona, Monte Banderas, Monte Cabras, Uretamendi, la Peña, que eran el cinturón de hojalata del Bilbao de la España que poco podía echar de menos que no fueran sus padres y el afecto de sus hijos y familia que quedó en el pueblo.
Fue la España de hombres sin dientes, de mujeres con pañuelo negro en la cabeza guardando el luto, por alguna tía que quedó en el pueblo.
¡Manda estos treinta reales para padre y que vaya al médico! una caja con chorizos de la matanza para sacar adelante a los churumbeles, que se han adaptado bien a la escuela. Silla a la puerta de la chabola con la mujer de Fulgencio que también se vino del pueblo, y se ha colocado de bedel en el ministerio, porque tiene un primo sargento en el Cuartel de Caballería, ¡Niño, a las 10 en casa, te doy una peseta, pero si puedes traes dos, que tenemos echados los papeles para un piso en Aluche! Misa los domingos, ¡¡¡ Merceditas, guarda la ropa de los muchachos, que cuando vayamos a las fiestas del pueblo, se las llevas a tu hermana para que las aprovechen los suyos!! ¡¡ Luisa, cuidado con los hombres, tu hazte respetar hija!!, ¡¡ Manuel, no te dejes, mojar la oreja por nadie!!
– ¿José, qué hago con la camisa, la tiro?
– ¡No mujer, haz unos trapos, que siempre vienen bien, para cualquier cosa!
¡¡Tu madre te ha enviado, un ganchillo para que lo pongamos en los asientos del seiscientos!! ¡¡El muchacho se ha sacado el carnet y se ha colocado de repartidor con un camión de la campsa , díselo a tus padres que se van a poner bien contentos!!, la España de la mili en regulares, las clases de corte y confección, porque tienes que ser una mujer que sepa administrar su casa. tarde de corrida en blanco y negro en televisión, la de potaje de cuaresma y patatas escabechadas, ¡Apúntate en alguna academia de mecanografía, Manoli, a ver si te puedes colocar en alguna oficina! Son la generación de mirar al frente sin llorar, la de un hombre vale lo que vale su palabra, la de la Vendimia a Francia, y arrancar las patatas a Zamora, que huyó de los campos en los que ya sobraban, sin victimismo, sin queja, sin más lagrimas que la de por los padres que se fueron y los hijos que se casaron, con la devolución de la sonrisa por los nietos. La generación que también dio esos hijos que hoy conocemos, y que Juan Marsé llamó “pijoaparte” que aspiraba a pasar la vida sentado en El Tibet fumando un Marlboro.
Hoy, esa generación se va, ante una sociedad indolente, a la que le estorba ni tan siquiera pensar que la España que conocen, la construyeron ellos. Se van en silencio, solos, sin entierro y casi sin responso y sin el respeto, que merecen. Dios nos perdone por ello.





