Ahora traten de imaginar un virus pandémico que se transmitiera por la ingesta de alimentos contaminados y que la única acción del Gobierno de Sánchez consistiera en que nadie coma nada. Sine die.
Ni revisar los alimentos, ni establecer un plan para las cadenas de producción y distribución de los mismos, ni garantizar lo necesario para la subsistencia. Sólo eso: no coman nada, hasta nueva orden. Y si come, le persigo.
Es la respuesta resumida para el coronavirus, «el plan Sánchez», que dijo el mismo día y a la misma hora que tenían y a la vez que iban a elaborar. Ni lo tenían ni lo han elaborado. Un fiasco monumental, de tintes penales, que nos mantiene a todos confinados por recomendación sanitaria, pero no por voluntad de obedecer a un poder político inepto y funesto que ha causado ya cerca de 20.000 muertos directos oficiales.
Se equivoca Sánchez si cree que seguimos encerrados porque él y su Gobierno plasmen la orden en un decreto y no por el riesgo cierto de contagio del que advierten los científicos y médicos de todo el mundo.
En este sentido, el Gobierno sólo es un confinado más que acata las órdenes del miedo y del riesgo objetivo que causa el virus. Y esa es su vergüenza, que lejos de seguir las recomendaciones sanitarias y plantarse de forma proactiva como punta de lanza de una lucha contra las redes de contagio y de tratar de ser un escudo protector para la población a la que representa, se ha limitado a encerrarse en la palabrería hueca e incansable.
Un confinado más que palabrea por las redes, pero que, a diferencia del resto, su ministro Marlaska amenaza a los demás con limitar el uso de la palabra a través del ordenador y los teléfonos móviles conectados a Internet… ¿Y qué más, ministro?.
La subversión y la incitación a posibles delitos de odio de la que habla Marlaska habría que buscarla antes en las filas del Consejo de Ministros que entre una población no tanto harta del confinamiento cuanto de la ineptitud, torpeza e ineficacia que han acreditado en estos meses. Es su actitud, su inoperancia y su dolosa culpa, además de muchas de sus sectarias y torcidas actuaciones, la que incita al odio.
Que el pretendido monitoreo de las redes sociales no provenga del ámbito académico para analizar comportamientos sociales en una situación límite, sino que surja de un ministro del Interior con la intención de buscar indicios de delitos individualizados, sólo puede concebirse en la persecución permanente contra sus ciudadanos que desataron dictaduras del estilo de la antigua RDA, la Rumania de Ceaucescu o el castrismo cubano.
El manejo del miedo es consustancial, lo ha sido siempre, al desempeño de las dictaduras más siniestras de la Historia. Pero no se olvide que el miedo, tan subjetivo, se retroalimenta y se multiplica exponencialmente.
Cuando las dictaduras son utilitarias o básicamente finalistas y pretenden solventar una crisis de un país, controlan la situación, reducen su miedo, dejan de aplicar la represión y pierden ese afán de control sobre los ciudadanos. Así ocurrió con el franquismo, ocurrió con Chile y sucede ahora en Ruanda.
Por el contrario, los jerarcas de las dictaduras que sólo persiguen perpetuar el personalismo y retener el poder a toda costa (para él y su grupo), se refugian en la política de las amenazas e implementan la restricción de derechos, elevando así la espiral de retroalimentación del miedo del pueblo a medida que multiplican su propio miedo a perderlo. Y eso es lo que vemos.
Como el Gobierno carece de plan ni de objetivos, más allá de aguardar confinado e inerte a que la tempestad escampe para conservar el poder, resultaba previsible que ensayara reclamar la unidad de quienes hasta hace apenas unas horas eran hordas de votantes de la ultraderecha y sus representantes en el Congreso una piña de fachas con los que no era necesario ni reunirse ni atender sus propuestas.
Ocurre que no se puede pedir la unidad ni declarar que «mientras dure la pandemia no me escucharán ni un reproche hacia la oposición» y cuando te apoyan un decreto a ciegas, al día siguiente le cuelas por la puerta de atrás con la mayor deslealtad cualquier cosa que se te ocurra.
Eso por no detenernos demasiado en que, mientras pides la unidad con una mano, no puedes con la otra azuzar a tu chichuahua o a tu caniche lanudo para que le muerda los tobillos al socio que pretendes.
No, no puedes hablar de planes grandilocuentes ni de un Plan Marshall que te salve el culo, como a Pepe Isbert en «Bienvenido Mr. Marshall», si luego pretendes celebrar que ha descendido el consumo de queroseno y que los niños se lavan ahora más las manos.
No, no puedes hablar de compra de bonos y pedir protección al BCE si lo que te preocupa electoreramente es que un marido insulte a su señora tras dos meses de confinamiento.
No, no puedes convencer a nadie de que unidos lo conseguiremos si luego eres incapaz de demostrar un luto en la corbata o te niegas a poner las banderas a media asta o un crespón negro en las pantallas que te mecen la cuna.
No, no puedes apelar a que la UE te conceda lo que quieres o te exima de contribuir al presupuesto como nos corresponde tras el Brexit si llamaste y desafiaste a incumplir el objetivo de déficit y el Consejo de Europa no te puede ver ni en pintura.
No, no puedes esperar que EE.UU. te conceda una rebaja en los aranceles y en las sanciones comerciales si tu ‘primo’ ZP y tu socio Iglesias siguen protegiendo los intereses de la narcodictadura de Maduro.
Mire a ver qué esconde Delcy en las maletas, sr. Sánchez. Lo mismo encuentra un buen montón de las mascarillas que los sanitarios y cuerpos de seguridad no han tenido durante la peor parte de la crisis.
Al menos le servirán para que, espero que muy pronto, por la calle la gente no le reconozca.
He dicho.





