Los ecos de un Día de la Hispanidad que cada vez parece anunciarse con más alegría, sin absurdos remordimientos inducidos, podían animarnos a defender el que seguramente es nuestro patrimonio más importante, nuestra lengua.
¿El más importante? Sin entrar en diatribas, pues creemos que sí, seguramente sí. Una torre que se derrumba, un campanario que cae bombardeado, se pueden reconstruir, ¡y cuántas veces se ha hecho esto! Pero a la degradación de nuestra lengua, a la pérdida de sentido de nuestras palabras, no conseguimos verle remedio. Una vez perdidas, ¿cómo recuperarlas? Y así vamos cayendo en la peor de las miserias, la animalización (ya nos induce a ello el teléfono móvil, que a muchos niños, aunque no nos queramos dar ni cuenta, los lleva a prácticamente desconocer el uso del lenguaje. Muchos no saben ya decir dónde están, ni describir nada, simplemente “mandan la foto”).
Ningún traductor del siglo XX, de los muchísimos que había cuando la lectura era uno de los principales entretenimientos, ninguno hubiera jamás traducido el término inglés “evidence” (tan frecuente en las novelas policíacas) por “evidencia”. Tan torpe aprendiz de traductor no hubiera durado dos días en el oficio. Hasta los diccionarios indicaban que el equivalente español de semejante vocablo era y es “prueba” o “testimonio”, o a veces, “indicios”. La palabra castellana “evidencia” significa otra cosa bien distinta; o digamos, no tan distinta si recordamos su común origen (“videre”: ver), pero que ha adquirido un matiz muy diferente (“evidente” en español significa obvio, de cajón, algo que ni se discute). He ahí lo que estamos perdiendo: la riqueza de los matices, que es lo que va creando las distintas culturas.
Pues resulta que llegan las burdas traducciones automáticas, hechas por máquinas, absurdas, sin vida y ¡no sólo las aceptamos con los ojos cerrados, sino que empleamos esas mismas palabras – de inglés mal traducido- cuando no estamos ni traduciendo, sino hablando, hablando en lo que supuestamente es nuestra lengua materna!
Ahora le llega el turno a “honestidad”. En inglés, “To be honest” es ser sincero, o ser franco. En español, la honestidad es otra cosa muy distinta. A velocidad de vértigo se va extendiendo la barbarie de emplear una palabra por la otra, lo que a veces queda grotesco. No citamos los ejemplos por no servirles de eco. Pero animamos encarecidamente a ser sinceros, y a llamarlo con ese nombre, la sinceridad.
Los matices lo son todo. Vivimos bajo la obsesión de que “hay que saber idiomas”, pero ¿qué idiomas? Quien hable bien uno solo, el suyo propio, ya posee una herramienta más rica y útil para aprehender el mundo, que lo habitual hoy día de un falso bilingüismo que no es sino animalismo: un lenguaje tan pobre que se asemeja a los llamados “iconos” del teléfono.
¿Cómo pueden las personas abandonar las palabras que han empleado siempre y ponerse a usar otras sin connotaciones en su propio idioma?
“Priorizar”, ¿a qué viene el abuso de esa palabreja? Procede del latín, ciertamente, pero no la empleamos porque del latín haya evolucionado y madurado en nuestro suelo; sino como copia reciente y mala traducción del inglés “prioritise”. En castellano es más adecuado, más natural, el decir “anteponer” (“No anteponer nada a Cristo” era frase, aparte de cristiana, perfecto ejemplo de la lengua española).
A los anglosajones, la adopción de multitud de palabras latinas vino a enriquecerles su lengua. Ahora esas mismas palabras (del latín pasado a inglés) vienen a empobrecer la nuestra, por nuestro puro servilismo imitativo.
“Significativo”, ¿por qué lo repetimos ahora tanto y tanto? La palabra existía, sí, pero se usaba sólo en ocasiones. Suena más natural, para un hispanoparlante, el referirnos a “un evento importante” o a “una mejora notable”. Ahora, por pura imitación del inglés y de su adjetivo “significant”, no cesamos de leer, especialmente en entornos académicos o culturales (sí, esa es la paradoja. Este mal vino de los sabihondos, los “familiarizados con el inglés”), “significativo” a cada momento.
En español se habla de cosas “muy oportunas”. Ahora por imitación y mala traducción del inglés, se empieza a decir “conveniente”. Pero en español tenemos las dos palabras, cada una con su matiz bien definido (“a convenient illness” se debe traducir en español como “una enfermedad muy oportuna”). Ahora, al darle a “conveniente” el sentido que tenía “oportuno”, todo es confuso. Nos empobrecemos. Nos empobrecemos más que ante una muralla histórica que se caiga, pues ésta se puede reponer. Todavía una palabra olvidada que ha caído en desuso, pues en fin, siempre está ahí, se puede recuperar. Pero una palabra cuyo sentido hemos deformado, ¿para qué sirve ya?
¿Cómo transmitimos las ideas? ¿Cómo nos expresamos?
Si nos vamos a lo básico, a lo tangible y visible, un lenguaje se acaba en menos de cien palabras. “Día, noche, alto, bajo, caliente, frío, árbol, agua… fuego rojo, hierba verde, cielo azul, sol, luna, estrellas”. Se acaba pronto la lista. La riqueza de una lengua, hasta que se constituye en vehículo de las profundidades de toda inquietud humana, todo eso se va creando a base de matices, y evolucionando en una sociedad viva, que piensa, que actúa.
Por terminar con ejemplos de usos aún no deformados. “Cándido” en español y “candid” en inglés tienen el mismo origen: el latín candidus, -a, -um. Significa simplemente de color blanco. Pero las derivaciones son diferentes. En español “cándido” significa ingenuo, inocente, se habla de “un alma cándida” como de hasta un poco tonta de puro buena… Y en cambio en inglés “I’ll be candid” quiere decir: “Te voy a ser franco, te voy a decir una verdad desagradable”. “Candid” no transmite nada de ingenuidad ni timidez, sino casi lo contrario, un arrojo en el hablar. Es curiosa la diversidad de derivaciones. En ambos casos puede decirse que son fieles a su significado original, de blancura, tal como se ha solido entender, pero cada pueblo de una manera.
¿Vamos a perder las connotaciones, los matices del nuestro? Entonces acabaremos quedándonos con la lista de “alto, bajo, grande, chico…” y poco más.
Empleemos, cuando queramos subrayar el hecho de decir la verdad, la palabra sinceridad. La honestidad la perdimos hace ya mucho tiempo.






1 Comment
La riqueza del castellano ha sido desdibujada por la elementalidad del idioma anglo sajón. Muchos creen que es más apropiado para términos técnicos. Claramente sus connotaciones esenciales son esas en nuestro mundo actual… pero «para ser sinceros» y como el ser humano no tiene otra forma para pensar que «con palabras», los jóvenes han perdido la riqueza de la expresión y en consecuencia la refinada comunicación.
Comparto las observaciones de la autora.