La primera vez que leí la palabra obsolescencia fue allá por los lejanos setenta del pasado siglo, no sé si en un texto de Contabilidad o de Economía de la Empresa, pues en ambas materias se nos hablaba de ella, a saber, fenómeno temporal por el que algo se vuelve vetusto, en desuso, pero no fue hasta la utilización del término “obsoleto” por nuestro insigne paisano Felipe González en el Congreso de los Diputados, cuando adquirió mayor popularidad.
Más tarde, allá por los noventa, otra expresión se hizo de uso corriente: “Obsolescencia programada”, para indicar la fijación predeterminada de la vida útil de un producto, con el fin de que se vuelva inútil en un período de tiempo establecido, si bien era una técnica ya aplicada por la industria del automóvil en EE.UU. en los años veinte. Ya no nos sorprendía que el técnico de la marca del electrodoméstico en cuestión nos recomendase comprar otro modelo nuevo antes de gastarnos el dinero en reponer la pieza estropeada, o que ese chaquetón tan atractivo no aguantara más de tres lavados.
Atrás habían quedado aquellos tiempos donde presumíamos de los años que llevábamos con el mismo coche (los seat 600 dejaron de fabricarse porque parecían eternos y había que vender más autos), y en los que nos parecía imposible que una familia hubiera tenido un solo televisor en blanco y negro antes de comprar el primer modelo en color. ¡Y qué decir de aquella ropa, que bien tratada y zurcida, en su caso, pasaba de hermano en hermano, como si cada vez que se lavara y planchara, fuera estrenada!
Entre las razones de la citada obsolescencia programada se argüía la necesidad de mantener o aumentar las ventas, con el consiguiente aumento de la renta y el empleo, así como la de facilitar una mayor inversión en I+D+i, para hacer productos que ofrezcan más y mejores prestaciones. Afortunadamente, hoy estamos en una época en la que hay una mayor sensibilidad por el medio ambiente y expresamos el rechazo a las toneladas de residuos de todo tipo que la citada práctica genera, sin olvidarnos de la insatisfacción permanente en los compradores, que se endeudan continuamente, o sufren estrés, con tal de conseguir los últimos modelos.
Según Eurostat, menos del 40 % de los residuos eléctricos y electrónicos se reciclan, cuando muchos equipos y dispositivos contienen componentes hechos de materiales escasos o críticos, cuya recuperación y reutilizacióin en las líneas de producción ayudan a reducir la necesidad de la minería primaria. En España, la empresa “La Hormiga verde” ubicada en Villafranca de los Barros (Badajoz) se dedica a la gestión de basura electrónica, dándole una segunda vida a estos residuos.
El primer avance para revertir esta situación se produjo cuando la Comisión Europea elaboró una directiva que invitaba a los estados miembros a legislar sobre este asunto. Con el Plan de acción para la Economía circular lanzado por la Unión Europea en 2015, se sentaban las bases para avanzar en esta dirección, y bajo el paraguas del Pacto Verde Europeo, la Comisión presentó en marzo de 2020 un Nuevo Plan de Acción que contemplaba el desarrollo de medidas para mejorar la durabilidad, reutilizabilidad, actualizabilidad y reparabilidad de los productos, que ha desembocado en la propuesta de nuevo Reglamento sobre diseño ecológico de productos sostenibles redactada en marzo de 2022.
La solución presentada pasa por la creación de un pasaporte digital para cada producto donde el consumidor pueda consultar todas las características técnicas del aparato y de que el coste de una reparación no supere el de adquirir uno nuevo con las mismas o parecidas prestaciones. A este respecto, todos los fabricantes que asuman esta nueva filosofía, deberán inscribirse antes del 30 de marzo de 2023 en una página web creada por la Unión Europea.
Afortunadamente, se están dando pasos en este sentido en el plano institucional. Así, la Oficina Europea del Medio Ambiente, en un informe publicado en 2019, estimaba que para compensar su huella ecológica, los teléfonos móviles tendrían que durar como mínimo veinticinco años, lejos de los tres años de media actuales. La Fundación Energía Sostenible sin Obsolescencia Programada (FENISS) defiende la necesidad de que haya una agenda para caminar progresivamente hacia un modelo en el que exista un equilibrio entre lo que el planeta genera en términos de materias primas y lo que consume.
Ha llegado el momento de castigar, si no prohibir, que los fabricantes diseñen productos para que se estropeen pasado un tiempo, de apostar por la rehabilitación de edificios muebles u otros enseres, que permitan darles una segunda o tercera vida. Ha llegado el momento de hacer ropa más resistente, que no se estropee al tercer lavado, de que, en definitiva, cada uno pongamos nuestro granito de arena para dejar un mundo mejor del que nos hemos encontrado.
En España el Ministerio de Consumo ha implementado un índice de reparabilidad, vigente desde el uno de enero de 2022, para ser incorporado a las etiquetas de productos eléctricos y electrónicos, pero con carácter voluntario. En Francia es obligatorio desde enero de 2021. No podemos perder este tren. Nos va mucho en ello.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com






2 Comments
Cárcel debería de tener todo aquel que emplea la Obsolescencia Programada.
Yo la he sufrido hace poco. Cometimos la estupidez de comprarnos un TV LG de casi 3.000€. A los 2 años y 2 meses se le fue la imagen, su reparación ascendía a 1.900€, que con la devaluación del tiempo era casi lo que costaba le TV nueva.
¿Cómo podíamos demostrar que su vida había estado programada?, yo si estaba segura que había sido la Obsolescencia Programada pero por mucha queja que realicé no sirvió de nada.
Es indignante. En ese mismo año se ampliaron los años de garantías de los electrodomésticos. Mala suerte para mi.
Buen artículo!!!!
Siempre he pensado que ha sido un auténtico fraude permitido por los gobiernos. Y ahora nos vienen con que los residuos no se pueden reciclar… Mejor callarse para no cometer ningún delito.