Parece que la muerte lo vaya persiguiendo a uno. No es que las cosas estén tan mal para servidor, que la “mala salud de hierro” y la ilusión aún siguen pegadas a los huesos de servidor pase lo que pase (por el momento).
El trágico descarrilamiento y colisión de dos trenes de alta velocidad en las cercanías del pueblo cordobés de Adamuz me ha pillado con las manos en la masa. Estoy liado una cosita de los inviernos fríos y los veranos calurosos de aquellos montes cuando el frente de Andalucía se debatía entre dos colores, allá por el año 36, cuando lo de “la campaña de la aceituna”. No piensen ustedes mal, por favor. Es que uno está quitando el empolvado y viejo toldo a la memoria de las generaciones pasadas.
El entrar en el pueblo por la vieja carretera que une Pedro Abad con Adamuz te das de bruces con un lugar al que llaman “la piedra de los muertos”. Era la cosa que ese peñasco, de forma rectangular, se encontraba entre el pueblo y el cementerio y en los entierros de primera o de segunda, los portadores del féretro descansaban allí, dejando el ataúd sobre dicha piedra.
—Requiem aeternam dona eis, Domine, et lux perpetua luceat eis.
Tras el féretro, los dolientes, rotos de pena porque se les había ido al cielo uno de los suyos entre los himnos fúnebres y tétricos del “Dies irae” o el “Libera me, Domine”.
—Lo siento mucho… que descanse en paz… te acompaño en el sentimiento.
Adamuz ha sido siempre muy especial cuando de la muerte se trata. Así lo reconoce el historiador de la tierra Bernabé Galán: “Nuestro pueblo, en este tema (el de la muerte) ha sido siempre muy especial, distinto de otros que conozco. Recuerdo de pequeño, y posteriormente conforme he ido creciendo he ido confirmando, que en Adamuz se tomaba con bastante naturalidad el tema de la muerte”.
Por aquellas tierras, entre Sierra Morena y el cauce del Guadalquivir, corrió la sangre en épocas romanas, visigodas y moras. También cuando Adamuz era “Villa realenga dependiente de Córdoba”, que allí se celebró Juntas de Hermandad y los Reyes Católicos, Isabel y Fernando, durmieron en su caserío, cuando iban caminito de Graná, para que tomar la ciudad de la Alhambra a sangre y acero. Y en la guerra incivil, pues era pueblo estratégico de importancia en la larga, larguísima, batalla de Peñarroya y Valdesequillo.
Ahora, maldita sea la hora, ha corrido de nuevo la sangre. Siempre sangre de inocentes que no tuvieron ni siquiera tiempo a darse cuenta de la fugacidad de la vida, de lo endeble y frágil del cuerpo humano ante el acero retorcido. De que ahora es así y luego será pasado. Nos creemos poderosos, que somos sabios o que poseemos algo. Y ni somos ni sabemos ni poseemos. Ceniza fuimos y a la ceniza retornamos en cuando el destino lo quiera. 45 personas han perdido la vida, su futuro y en suspenso se lo han dejado a los suyos, en unas tierras que han demostrado la altura moral y de alma de sus habitantes.
Luego, a los andaluces nos volverán a pintar de vagos y festeros. Pero el servicio al prójimo y la solidaridad con el que necesita ayuda, no se puede negar. Ahí está el ejemplo de este pueblo cordobés. Un pueblo valiente. Un pueblo andaluz.





