Tras la debacle que supuso la II Guerra Mundial, un grupo de intelectuales católicos acuñarían el término «humanismo cristiano» para definir, desde la Doctrina Social de la Iglesia, el humanismo basado en la dignidad que significa e implica ser hijos de Dios, así como sus consecuencias políticas y sociales. Paulatinamente, el uso del término se consolidaría llegando a adoptarse también por instituciones y hasta por partidos políticos, para diferenciar su identidad cristiana en el ámbito ético y moral de sus propuestas y modelos en relación con otras ideologías y cosmovisiones.
Mas con el paso de los años, el progresivo materialismo y descristianización de la civilización occidental, alcanzaría también a estos partidos que, a pesar de seguir mencionando en sus programas el humanismo cristiano, contribuían, por acción y omisión, a la acelerada y gravísima pérdida de valores cristianos esenciales en Occidente y, por ende, en el resto del planeta. Valores cristianos que sirvieron como fundamento, motor y guía de la muy laboriosa y ardua construcción durante siglos de la civilización cristiana, pero que han ido quedando reducidos prácticamente a la solidaridad, que vino a sustituir a la caridad; a una tolerancia que sirve lo mismo para un roto que para un descosido; y a un cierto buenismo bobalicón.
Pero ¿no suena a burla y ganas de confundir que, muchos de los que hoy ya asumen los elementos corrosivos que descristianizan nuestra sociedad, sigan detentando como signo de identidad, aunque sea por inercia, la etiqueta de «humanismo cristiano»?





