“En su fuero interno” era frase que de niños nos sonaba un poco extraña, hasta saber, más tarde, lo que significa “fuero”, esa hermosa palabra medieval, que aún subsiste, pero ya mancillada por el sempiterno añadido de la cansina palabra “derecho”, el “derecho foral”…
Los pueblos tienen sus fueros. Pero hay algo íntimo que no se toca ni se escribe ni se comenta: es el fuero interno. Nadie debe entrar en lo que cada uno siente ni piensa. Y hoy no es que haya caído en desuso la palabra, sino el hecho mismo. No tenemos fuero interno. No tenemos intimidad.
De entrada, ya todos hemos crecido sin esa parcela intimísima de lo que antes eran “relaciones íntimas”, es decir, se nos ha cercenado un misterio que antaño fue patrimonio de todos los niños que en el mundo han sido. Nosotros no tuvimos nunca ese misterio. Desde el siglo pasado se nos aleccionó, en los colegios se nos explicó con fotografías ilustradas y detalladas, y diapositivas, todo el proceso de la reproducción humana, mucho antes de que se despertara espontáneamente curiosidad alguna al respecto. Como a todo el mundo le parece fenomenal, magnífica y excelente esa claridad y “transparencia”, pues ole ahí, a callar y a aplaudir. A lo mejor dentro de algunos años alguien empieza a observar la brutal pérdida humana que eso ha supuesto. De lo que se habla continuamente ya no queda misterio ni intimidad.
Pero algunos la hallábamos en otras cosas. Una emoción, un algo, algo que intrínsecamente no se expresaba, quedaba para nosotros, pues esa era su esencia: el fuero interno.
A lo mejor en una procesión de Semana Santa, a lo mejor, para los católicos devotos, y que por ende, han estudiado Historia del Arte, en medio de una ceremonia en San Pedro del Vaticano, puede darse un temblor, una cuerda íntima que nos recuerde que somos algo distinto de un contribuyente. Pero en años recientes eso no ocurre. Algo profundo, arcano, lo único acaso que nos hacía humanos, ha sido destruido.
¿Cómo, por qué? ¿Ha sido objeto de desprecio, de persecución?
No, mucho peor. Mucho peor. El mundo exterior (radio, televisión, móvil, redes sociales – todos somos víctimas de esos elementos aun cuando individualmente no los empleemos. Nadie nos habla: nos enseñan una pantalla) se ha apropiado de esos elementos y los ha convertido en objeto de comentario continuo, y de este modo ha arruinado lo que tenían de valioso.
Ya no tenemos un fuero interno al que regresar, y luego, al salir de él, un mundo exterior. En el mundo exterior estaba el trabajo, la política, la economía, los sucesos del mundo, múltiples noticias y cosas de las que hablar. Ya no es así. No hay mundo exterior; éste, durante unos días, se dedica a comentar, hurgar, diseccionar, entrometerse en lo que era nuestro interior.
¿Qué ha pasado con la Semana Santa?
No es “que haya demasiada gente” (esa es la explicación fácil que se da). Es que antes alguien podía hallar un refugio existencial en ella, en medio del cinismo del mundo. Ahora eso no sucede. Algo que pertenecía a nuestro corazón, a un verdadero fuero interno, ahora es el único contenido de todo el mundo exterior durante esos días; todas las televisiones, todas las figuras destacadas de la política, el cine, el deporte, todos los carteles que vemos por la calle, todo habla de lo mismo, lo comenta hasta la exacerbación (sí, pudor da emplear estas palabras, “emoción, corazón” pues las han desgastado del abuso sistemático), lo disecciona, le abre las tripas de tanto ensalzarlo, lo destroza…
Alguien llama esto “morir de éxito”. Insuficiente expresión, aunque algo indica. Cuando lo que pertenece a la intimidad se pone en lo alto de un faro, de manera chillona y omnipresente en mil pantallas… ¿qué queda?
(¡Oh, los tiempos en que el mundo oficial despreciaba estas cosas y las ridiculizaba, y no les daba cobertura alguna!, ¡qué añoranza!)
Cuando el mundo exterior deja de existir, porque sólo funciona para diseccionar y explotar lo que nos era más íntimamente precioso… ¿dónde queda el fuero interno?
Y en otro orden de cosas, salimos a la calle y vemos carteles gigantescos, explicándonos quién tiene que planchar en nuestra casa, y quién debe cambiar los pañales. Otra puñalada a la privacidad. ¿Es que los ministros, los gobernantes, no tienen otra cosa en que ocuparse?
Las emociones dejan de ser emociones si de repente hay diez mil periodistas (¿y quién no es hoy periodista?) fotografiando y describiendo y diseccionando “las emociones”.
Hace veinte años por estas fechas, muchos ateíllos agnósticos se quejaban del excesivo tiempo que dedicaban los medios al fallecimiento de Juan Pablo II. Incluso ya entonces, les podía haber dicho que los que más “sufrían” por aquel exceso de comentarios no eran ellos, los pasotas, sino los que le eran más afectos. Porque la banalización, el tomarlo como ocasión de figurar y de parlotear, es una puñalada sólo para aquellos a quienes estos temas les llegaban al alma.
¿Qué diremos hoy? Para quien alguna vez ha encontrado una especie de hogar, un algo de increíblemente íntimo en lugar tan enorme como la basílica de San Pedro, pues esta obscena bacanal de sobre-dizque “información” amenaza con arrancarnos la identidad.
¿Qué hacer, los que teníamos en el fuero interno cosas que nos alimentaban y que ahora, manoseadas, hasta nos envenenan?
Es momento de leer una novela de aventuras del siglo XIX. Y en el mundo exterior, desear que vengan otros eventos – fútbol, olimpíadas, boxeo, hasta los molestísimos maratones… lo que menos nos interese del mundo, ¡por favor que se ponga de moda!, y así nos dejen saborear nuestra identidad, unos minutos de algo íntimo y auténtico: nuestro fuero interno.





