La imparcialidad en los jueces es una utopía como la de la objetividad en los periodistas. La de cosas que nos hemos inventado sobre nosotros mismos, pero que no somos. Tres hombres pisan la luna y nos hacen creer que la hemos pisado todos; que nuestros pies, los de la Humanidad, estaban allí, sobre los cráteres blancos. No, no. Fueron tres, nada más que tres. Y sólo Fleming descubrió la penicilina. Pero de nuevo nos meten a todos en el saco de la Humanidad y se nos suben los humos de los investigadores que no somos. Quizás residan en esas apariencias parte de los encumbramientos de los grandes, porque gracias a ellos se calman las frustraciones de los comunes y corrientes.
La Justicia también se ha querido creer que es justa, pero hasta en el Evangelio se dejó a los hombres la advertencia de que no juzgaran, que fue decirles que juzgar bien es un imposible, por más que nos esmeremos. Si será imposible y dudoso, que hasta el sistema procesal tiene previstos los recursos como mecanismos que enmienden la plana de un disparate.
La sentencia del caso de La Manada es uno de ellos. Y España un clamor contra tres jueces. Pero España siempre esconde un truco, más vale saberlo y no olvidarlo. España es siempre una caja con doble fondo. Le ha pasado por las narices justo el tren donde subirse millones de personas que solas no podían hacer el trayecto: es el tren que conduce a decirle a todos los jueces, no sólo tres, que tengan cuidado. La judicatura española ha escuchado en el vocerío colectivo, en la rabia y la indignación de las masas, su correspondiente basta ya!!!
Han sido muchos años, demasiados, de pensar que la Justicia es un cachondeo. Y como llegó a afirmar y a firmar -las dos cosas- Antonio Burgos, no sólo un cachondeo, sino un peligro público. Eso lo dicen en privado hasta montones de profesionales del Derecho -jueces, fiscales, abogados y procuradores-, decepcionados con el ejercicio de su profesión, que nada tiene que ver ya con lo que soñaron que iba a ser impartir justicia.
La sentencia ha movilizado a millones de personas que se están amparando en su cantidad para plantar cara a los jueces, a los tres del caso y a todos los demás -también a los de las asociaciones judiciales-, para dejarles muy claro que la unión hace la fuerza e impide el atrevimiento de que alguno se querelle, molesto e intolerante con la libertad de expresión. La sociedad ha dicho que las sentencias se acatan, pero también que en democracia se discuten y hasta se está en desacuerdo con ellas. Y que la profesionalidad de la Justicia no es una patente de corso desde el momento en el que esa Justicia incorporó a los jurados populares, muchas veces en los casos criminales más graves.
Por si fuera poco, los políticos tampoco se han callado, de ningún partido, en contra de la sentencia. La sentencia ha caído, tras un 8 de marzo histórico para el feminismo, como una cerilla en una pirotecnia. Hasta los hombres hartos de feministas se han subido al tren con ellas. El estado caótico de la Justicia española ha quitado importancia a quien haga contigo el viaje. Sólo importa ya un destino común, independientemente de que una mujer sea esta vez la víctima: y es el destino de que con tres cabezas de turcos, para quienes se exige la inhabilitación, la Justicia en España deje de ser un abuso de tantos jueces.





