Nuestra época y lugar no son los más tremendos ni crueles de la historia…, pero diríase que sí es donde suceden cosas más “raras”.
Un detalle que parece pequeño, pero que al afectar a toda nuestra vida cotidiana tal vez no lo sea tanto: En una sociedad “normal”, el lenguaje empleado en ocasiones formales, dirigido al público de manera impersonal, con mensajes puramente informativos, sea por escrito o por megafonía, pues diríase que ese lenguaje debe ser formal. Y en cambio, en el trato cara a cara, ya es más lógico que aparezca la informalidad. Por ejemplo, en un centro público, o que casi parece público por su envergadura (bancos, aviones, grandes almacenes) se esperaría que por defecto en los avisos genéricos se empleara la forma del usted, aunque luego en el cara a cara de cliente con empleado o de ciudadano con funcionario, pues en muchos casos espontáneamente se pasara al tú.
Pues en la vida real está sucediendo lo contrario. El letrero, la megafonía, habla de tú; y luego el empleado, cara a cara, utiliza instintivamente el usted.
En los ámbitos públicos, incluidos aquellos a los que se les presupone una tradición de elegancia, se habla de “Hombres” y “Mujeres”. En los grandes almacenes clásicos y distinguidos, los letreros y la megafonía hablan de “abrigo de mujer”, “bufandas de hombre”. Pero el pueblo llano, instintivamente, es más habitual que siga preguntando: “¿Cuál es la planta de caballeros?”. Sólo las tiendas que podríamos llamar más humildes, las de barrio, se atreven a seguir empleando oficialmente los términos señora y caballero. Y sólo en los bares más modestos, los que podríamos llamar “cutres”, sólo allí subsisten las palabras “Señoras” y “Caballeros”, y hasta “Damas”, en ciertas zonas. Sólo ahí no ha llegado la corrección política. Y tiene gracia: lo lógico sería lo contrario, que lo correcto fuera lo formal, y lo popular, lo informal. Pues es al revés.
Aparte de esa informalidad impuesta, también influye algo, como siempre, la imitación del inglés mal traducido. En esta obsesión que hay por la educación bilingüe, se olvida algo básico: que en el idioma inglés no hay diferencia entre “tú” ni “usted”, ni entre “tú” y “vosotros”. Se entiende a qué se refiere por el contexto; pero el pronombre y el verbo son exatamente iguales, hablemos a una persona o a varias, hablemos en plan informal o de cortesía. Es de toda obviedad que la expresión “Fasten your belts” hay que traducirla como el “Abróchense los cinturones” de toda la vida. Sentados en el avión, oír por megafonía “Abróchate el cinturón” queda tan raro que casi ni se entiende; parece que se ha escapado una conversación privada entre dos empleados.
Pero tal vez aún más alarmante (dado que el mundo de los aeropuertos ya es un conglomerado de despropósitos del que no se puede esperar mucho), sea la lenta incursión de estos barbarismos en la radio.
La radio española es bastante buena. Las llamadas radios generalistas, que hablan de todo, con comentaristas que despiertan pasiones, a favor y en contra, con una audiencia numerosísima y fiel y muy opinadora, esto es algo muy característico de nuestro país, y para bien. Parece que en este ámbito se puede afirmar que la calidad en general es alta.
Pues en la radio el tradicional “Buenas tardes, señoras y señores” va siendo sustituido por “Hola, vengo a acompañarte esta mañana” “Tengo que contarte que…”. Al margen ya de las preferencias personales (unos somos más clásicos, otros menos), este lenguaje en la radio resulta hasta ininteligible. Una persona que está por ejemplo sola en su casa haciendo alguna tarea pone la radio para acompañarse, para conectarse con el mundo. El solitario, gracias a la radio deja de serlo; pasa a formar parte de una comunidad. Miles, a veces hasta millones de personas están escuchando en esos momentos lo mismo. Es una escapada de dos males de nuestra época: el individualismo (con la radio entramos a formar parte de un grupo de cierta opinión y gustos) y el borreguismo (la radio se pone por voluntad propia, se tiene la emisora preferida; precisamente molesta mucho cuando nos la imponen, por ejemplo en un taxi).
Así pues, pertenecemos a un grupo. Y de repente, al oír: “Tengo que contarte las noticias de hoy” se siente algo extraño. La oyente puede pensar “Estoy tan sola y tan colgada que tiene que venir una asistenta social a hacerme compañía”. En vez de ensanchar el horizonte, de incorporarnos a una comunidad más amplia, la radio entonces parece que proporciona más soledad.





