A contracorriente de las protestas de los nuevos dictadores que en las redes sociales pretenden influir para que el mundo caiga bajo sus pies, Pablo Motos ha tenido como invitado a Santiago Abascal. El periodista conoce bien que en democracia los foros y las audiencias tienen por naturaleza ofrecer la opinión de todos, hasta la del líder de Vox. También Abascal habita en la democracia, por más que el PSOE y Podemos crean que ese territorio es sólo de ellos.
Abascal no será la perfección política -nadie es perfecto, como quedó clarísimo en “Con faldas y a lo loco”-, pero desde luego es congruente, un bien escaso del panorama político, y del que Pedro Sánchez padece una carencia total. Abascal siempre viene por derecho y recuerda aquello de las lentejas: o las tomas o las dejas.
Motos no le perdonó ni un tema. Ni siquiera el último de achacarle al PSOE una historia criminal. Y Abascal dio algunas respuestas excesivamente prudentes, como si le preocupasen mucho los votos, como si hubiera perdido aquella “virginidad política” con la que consiguió los 400.000 de Andalucía. Debería tener siempre en cuenta que ser radical es su éxito en un país de peligrosísimas ambigüedades. Debería llevar a los platós al mismo Abascal de los mítines, para que por el camino no se le perdieran parte de su energía y rotundidad. Con todo, fue una gran entrevista que hizo cercano al político, que no tuvo nada que ver con la idea de que da miedo. Lo que da miedo es cómo está España.





