“Debajo de un olivo leí a Juan de Mairena
siendo yo aún muy joven
y sentí fraternal tu brazo por mis hombros”
Fernando Ortiz. Homenaje a Antonio Machado
Hoy se cumple un siglo y medio que Antonio Machado (Sevilla, 1875 – Colliure, Francia, 1939) nació en la ciudad de la Giralda. Y en la ciudad que sueña con los cielos que perdió, servidor aferra sus manos a la baranda del puente de Isabel II, vulgo de Triana, y otea el horizonte, que son “los días señalaítos de Santiago y Santa Ana”, que cantaba Manuel Torre. Desde las barandillas del puente que sustituyó al antiguo de barcas, el que se inspiró en la desaparecida pasarela del Corrousel de París, disfruta del espectáculo inigualable del ambiente, del aire… de Sevilla. Arriba, el cielo azul blanquecino, que sopla hoy el solano, y los pájaros dibujando garabatos con su vuelo. Abajo, las aguas del río chocan contra las zapatas del puente, que vibra cuando pasa algún autobús por la calzada. A la derecha las fachadas de colores de la calle Betis y el trasiego mañanero de la plaza del Altozano, puerta de entrada del arrabal Trianero. A la izquierda del viajero, Sevilla: las altas palmeras de paseo Colón, el blanco y ocre de la Plaza de la Maestranza… Al final, siguiendo el río, la mar, Sanlúcar de Barrameda, que “Desde Sevilla a Sanlúcar, / desde Sanlúcar a la mar, / en una barca de plata / con los remos de coral / donde vayas marinero, / contigo me has de llevar».
No es un espectáculo frecuente que lleguen a Sevilla, río Guadalquivir arriba, delfines. El poeta recuerda cuando sus padres se conocieron a orillas del Guadalquivir…
“…unos delfines, equivocando su camino, y a favor de la marea, se habían adentrado por el Guadalquivir, llegando hasta Sevilla. De toda la ciudad acudió mucha gente, atraída por el insólito espectáculo, a la orilla del río, damitas y galanes… entre ellos los que fueron mis padres, que allí se vieron por vez primera. Fue una tarde de sol que yo he creído o he soñado recordar alguna vez”
El rio, la mar, son una constante en la poesía de Antonio porque su vida lo canta: “¡Oh Guadalquivir! / Te vi en Cazorla nacer; / hoy, en Sanlúcar morir. / Un borbollón de agua clara, / debajo de un pino verde, / eras tú, ¡qué bien sonabas! / Como yo, cerca del mar, / río de barro salobre, / ¿sueñas con tu manantial?”.
Los padres de Antonio Machado se conocieron en la orilla trianera del río Guadalquivir una tarde que unos delfines dejaron atrás el mar abierto para explorar las aguas del río.
En la calle Betis, entre barcos veleros y loza trianera, se conocieron Antonio Machado Álvarez y Ana Ruiz Hernández. Abogado él. Hija de unos confiteros, ella. Traje oscuro, corbata de lazo y sombrero, el galán. Pelo moreno recogido en un moño y delantal, la dama. Antonio, entre bohemio y despistado, ilustrado conocedor del mundo universitario y político de Sevilla. Ana, trianera hasta los tuétanos. Su madre se honraba de no haber pisado nunca Sevilla:
– Para qué, si en Triana lo tengo todo.
No sabían los jóvenes, con sus miradas jóvenes, la importancia que iban a tener los dos en la historia de la literatura española. Tras casarse el 22 de mayo de 1873, boda por lo civil celebrada en la casa donde viviría el matrimonio en la calle San Pedro Mártir, traerían al mundo ocho hijos. Los dos mayores, poetas fundamentales de nuestro tiempo. Uno, el mayor, Manuel. El segundo vástago, Antonio.
El matrimonio se va a vivir a la calle San Pedro Mártir, en el barrio de la Magdalena de Sevilla, muy cerca de la plaza del Museo. En la casa número 20 vendrá al mundo, el 29 de agosto de 1874, Manuel Machado Ruiz, hermano mayor de Antonio.
Rainier Maria Rilke afirmó que la verdadera patria del hombre era la infancia. Para Antonio Machado Ruiz la infancia fue la patria, la memoria y el presente más cruel y rotundo a la hora de enfrentarse a la muerte en Collioure. La infancia del poeta tiene color –“Estos días azules y este sol de la infancia”-. La infancia de Antonio tiene olor —“un huerto claro donde madura el limonero”— y sonido –“su rumor de fuente”—. La infancia de Machado tiene nombre y apellidos, una geografía exacta: Sevilla.
Antonio nace en pleno verano, el 26 de julio de 1875, en el palacio de las Dueñas de Sevilla. El palacio, que toma su nombre del monasterio de Santa María de las Dueñas del que era vecino pared con pared, fue construido entre los siglos XV y XVI por los Pineda, señores de Casa Bermeja. Antonia Enríquez de Ribera, que heredaría el palacio de su padre, contrajo matrimonio con Fernando Álvarez de Toledo, que a la postre sería el VI duque de Alba. A partir de este momento, el Palacio de las Dueñas siempre ha pertenecido a la casa de Alba, que a finales del siglo XVIII alquilan la casa a familias cercanas y que de una forma u otra prestaban servicios a la casa.
Este es el caso de Antonio Machado Álvarez, padre del poeta, que al ser administrador de la casa de Alba pudo alquilar algunas estancias en el palacio. Palacio que fue compartimentado con tabiques para albergar a estas familias. Asimismo, los artesonados fueron tapados con techos rasos.
Nada más acceder al palacio nos topamos con el patio principal, desde el que nacen las dependencias principales. El patio está rodeado de columnas genovesas de mármol blando de Carrara y fuste liso. Sus capiteles, de los llamados de castañuelas, soportan la planta superior. En el centro del patio, como el poeta nos recuerda en varios poemas; una fuente. Losetas de cerámica vidriada en tonos azules y blancos, rumor de agua y la memoria de la infancia desbocada.
El jardín está custodiado por cuatro palmeras datileras y por rosales entremezclados entre geranios y gitanillas. Además de los parterres que circundan el patio, las macetas toman protagonismo en el ambiente fresco del patio, y por ende del resto de la casa. Variedades de marcado acento sevillano, muy de corral de vecinos, como las pilistras, los helechos y las yucas.
Es un paisaje idílico el que se nos presenta ante los ojos. Idílico para pensar, para leer, para escribir. Idílico como fue para que el poeta desarrollara sus primeros juegos, junto a su hermano Manuel y los demás niños de las familias que allí vivían. Idílico para recordar en sus versos, en sus escritos.
Muy cerca del palacio de las Dueñas, con entrada por la calle Feria y por la Plaza de San Juan de la Palma, se encuentra la parroquia de San Juan Bautista, conocida en Sevilla como la de San Juan de la Palma, que está asentada sobre una antigua mezquita y es de estilo gótico-mudéjar. En su pila bautismal se bautizó el poeta el 28 de julio de 1875. En la misma pila de mármoles romanos se bautizaría años más tarde otro poeta: Fernando Villalón.
Antonio vivió pocos años en Sevilla. Sólo parte de su niñez y algunas visitas, esporádicas, en la juventud y en la madurez. Concretamente, el poeta vivió en Sevilla 8 años. Años que le marcaron –como marcan a cualquier ser humano- por tratarse la época en la que la persona se forma en un primer estadio. En Sevilla, Antonio comenzó a marcar su carácter al imitar, como todos los niños, el carácter de sus mayores.
Antonio recibe sus primeras clases en la escuela de Don Antonio Sánchez Morales, en un viejo caserón que había ocupado el convento de la Concepción, en la Plaza de las Monjas, actual calle Menjíbar.
Servidor ha pergeñado estas páginas desde esta calle, estrecha y tranquila. En un breve paseo desde el palacio de las Dueñas hasta donde Antonio aprendió sus primeras letras, sus primeros números, en unos tiempos en los que el castigo era el pan nuestro de cada día en las aulas españolas. Y es que nuestra vida es la infancia. Y es que Antonio Machado, en Sevilla, es el color de la edad dorada de cuando se cree en todo.
“Te tuve muy presente al pasear los viejos barrios:
Callejuelas, adarves, tañidos de campanas,
la plaza y los naranjos encendidos
y la luz de Sevilla.”
Fernando Ortiz. Homenaje a Antonio Machado.





