¡No se dejen engañar! Es triste vivir en una época donde tratan de camelarnos a cada momento, donde continuamente nos llegan mensajes de “Has ganado un premio de diez mil euros, pincha aquí”, “Tienes un paquete en Correos esperando, pincha aquí”… donde hay que explicar a los niños que cada mensaje o persona que encuentran es un potencial ladrón y estafador (cuando no cosas peores); es triste, pero ya lo aceptamos.
Pero en ocasiones, seguimos “picando”. Por ejemplo, ante ciertas frases procedentes de las Administraciones públicas. Pese a su enorme desprestigio, todavía puede más en nosotros ese imaginario halo (eso sí que es “memoria histórica”) de ver algo benéfico y protector en una Administración pública; de creer que mientras más dinero tenga ésta, muy especialmente si se trata de un gobierno local, mejor nos va a ir a los ciudadanos.
Señores, ¡abran los ojos! Que no hace falta ni pensar: con abrir los ojos, en sentido físico y literal, con eso es suficiente para desengañarse. No sólo NO ganamos nada, los ciudadanos, con un Ayuntamiento rico; es que salimos perdiendo.
Abran los ojos y vean los millones de “parques infantiles” plasticosos multicolor que alfombran las placitas de todas y cada una de las localidades de España.
Abran los ojos y vean la multiplicación de obras públicas totalmente innecesarias, que sólo traen como efecto molestias para los ciudadanos, interrupción de los transportes públicos, horas y horas de la vida de las personas, sacrificadas a un capricho municipal de no saber qué hacer con el dinero.(Avenida San Francisco Javier. ¿Hay algún atisbo de proporcionalidad entre el daño hecho a miles de personas durante años, y el hipotético beneficio que perseguía esta obra, obra “faraónica” sólo en el gasto y molestia que no en la grandeza?)
Los Ayuntamientos son como niños malcriados a los que les regalaran mil euros diarios, eso sí, con la condición de gastárselos cada día. ¿Qué haría un niño con eso? Con juguetes y cosas así no podría gastar tal cifra. Empezaría entonces a comprar aleatoriamente, a comprar lavadoras y lavavajillas, que renovaría cada semana, a hacer obras, a acumular basuras… Sería una molestia gigantesca para sus vecinos. No sólo supondría algo inmoral y absurdo, es que objetivamente la calidad de vida de los que rodean a ese niño malcriado perdería muchísimo.
Pues así actúan los modernos Ayuntamientos.
En el hermoso y pintoresco palacio de la calle Alfonso XII ya vemos rutinariamente una toalla de baño colocada en sus balcones, así negligentemente. Lo que a los españoles no se les permite ni en un hotel de playa (cuando en la playa, y siendo toallas de ídem, podía no ser tan descabellado), en los apartamentos turísticos hay barra libre, todo es sonrisa benevolente.
A velocidad supersónica vemos cómo desaparece el alma de la ciudad, que en las casas ya no quedan familias… No nos da tiempo ni a asimilarlo, la realidad va demasiado rápido. En el barrio de Santa Cruz, al menos esto ha sido un proceso paulatino, que comenzó hace muchísimos años ya, tiene como su “justificación” natural; puede aceptarse. Pero ahora tenemos la ciudad entera, a ambos lados del río, que ya apenas es ciudad, es un puro apartamento turístico.
¿Y cuál es la reacción del Ayuntamiento? ¿Se les ocurre alguna medida para evitar la muerte de su ciudad? Pues no. Pero “como el fenómeno es ya inevitable, pues vamos a rentabilizarlo con la tasa turística”.
Ahí es donde el ciudadano medio “pica”, cae en la trampa. Le suena bien eso de que su ciudad “lo rentabilice”. (Claro, la primera vez que le llegó el mensaje de “Enhorabuena, has ganado un premio, pincha aquí para cobrarlo” a lo mejor le sonó bien también. ¡Oh!, ¿cómo desengañaremos a este ciudadano ingenuo?).
Si lo ingresado por “tasa turística” se empleara en rebajar los impuestos municipales, pues sí, el ciudadano de Sevilla habría ganado algo (aunque esto tampoco compensaría de haber perdido el alma de la ciudad). Si lo recaudado en esta tasa lo rebajara en IBIs, podría haber una cierta ventaja para el sevillano desplazado, el que ve las toallas colgando de los palacios… Pero no es esto lo que sucederá.
Si el Ayuntamiento de repente adquiere otro lote de dinero, viviremos peor. Habrá más avenidas cortadas sine die; más líneas de autobuses desviadas. Otra vez tirarán a la basura la totalidad de los semáforos existentes para sustituirlos por otros nuevos y peores. Impondrán más rotondas mastodónticas. En Semana Santa, en vez de los catorce letreros gigantescos que pone “Plan Especial de Semana Santa” en cada callejuela, pues tendremos veinticinco (es decir, más obstáculos visuales). Atiborrarán de “paneles informativos” o de aún más “parques infantiles” los pocos metros cuadrados que quedan libres de ellos. Viviremos peor.
Se impondrá la tasa, qué duda cabe, por la sola razón de que “es lo que se hace ya en todo el mundo”; el único argumento que se da ya para todo.





