Hoy me van a permitir que les hable de alguien que no es única, ya que, por desgracia, hay miles de personas como ella.
La llamaré Paquita y, verán cómo, a medida que vayan leyendo las siguientes letras, identificarán a Paquita en conocidos o familiares.
Después de toda una vida de sacrificios se quedó viuda hace unos años y le quedó una pensión ínfima, ridícula y absurda de 468 euros. Por suerte tiene el piso en propiedad, pero, una vez quitados los gastos de agua, luz, ibi, comunidad y gas, le quedan para alimentarse y vestirse unos 120 euros.
Para reducir en los gastos, por ejemplo, de luz, Paquita sólo utiliza un frigorífico y un televisor muy antiguo que es el único que le hace compañía en su eterna soledad. Se ilumina con velas, se calienta con mantas. – No puedo hacer derroches-, dice. Y se lamenta preguntándose el por qué a ella la amenazan con cortarle la luz si no paga una pequeña factura y al ayuntamiento de su pueblo que debe más de dos millones a la compañía no se la cortan.
La pequeña vela que tiene en el centro de la mesa de camilla le ayudará a leer la carta que ha recibido del ministerio indicándole que le han subido la pensión un 2,8%, algo que ella no entiende, -Unos trece euros más o menos, Paquita-, -¡Vaya!, – contesta- se acabó la miseria, un huevo frito para siete.-…y pierde su mirada en el tintineo de la llama.
Y todo se reduce a la luz de una vela.
A la luz de una vela, todos los políticos celebrarán la subida de sus sueldos con los cientos o miles de euros mensuales que les corresponden en dietas para «sus gastillos».
A la luz de una vela golpistas delincuentes y fugitivos degustarán, por qué no, langosta y buen champán, sublimando su narcisismo a costa del erario público, es decir, a expensas de las espaldas de gente como Paquita, gracias a los buenismos del Estado en general y de la permisividad del narcotizado pueblo en particular.
A la luz de una vela se montarán performances donde se gritarán consignas del tipo “ni un pobre más dormirá en la calle!” o “hermana yo sí te creo”, para, una vez finalizado el falaz espectáculo, a la luz de lujosas velas disfrutar de suntuosos ágapes, con polvos blancos y meretrices, cuyo precio se puede acercar perfectamente a cientos de veces la pensión de Paquita.
A la luz de una vela disfrutarán de vacaciones más de dos meses al año los defensores del pueblo llano y trabajador, emulando como dicen, a la normalidad de hacer algo que hacen todos los españoles. (En verdad les digo que, si lo normal de todos los españoles es tener más de dos meses de vacaciones al año y un sueldo de miles de euros sin doblarla, tengo un problema, soy más pobre de lo que yo pensaba.)
A la luz de una vela seguirán felicitándose por conseguir día a día que la gente siga siendo el rebaño servil, inculto y sin capacidad de decisión que les permite continuar viviendo del cuento.
Y, a la luz de una vela, cada vez más corta, los recuerdos se agolpan en la mente de Paquita mientras aprieta un poco más contra su cuerpo la manta, que ya ha cumplido varios inviernos, para intentar aliviar su frío. Las promesas que llegan en cada campaña electoral desaparecen entre las ténebres sombras reflejadas en las paredes de la sombría habitación. Paquita ya no espera más que el momento de su marcha…
Es nuestra responsabilidad evitar ser Paquita en el ocaso de nuestras vidas. Somos nosotros los que estamos aún a tiempo de revertir la casi certera posibilidad de que, el día de mañana, tengamos como reflejo de nuestro pasado y nuestro fracaso, una pequeña vela encendida en el centro de una mesa, y, somos nosotros, los que de una vez por todas debemos apagar las velas de tanto miserable que vive día a día en “su estado del bienestar y la opulencia” gracias al esfuerzo, la sangre, el sudor y las lágrimas de todos y cada uno de nosotros.
Si llega el momento en el que nos veamos reflejados, con la mirada perdida, en el tembloroso tintineo de la llama de una pequeña vela ya será tarde para hacer absolutamente nada…





